domingo, 22 de septiembre de 2013

Contrarréplicas reales e imaginadas.

Bullían el otro día las redes sociales (o quizás fuera sólo mi TL, o quizás fuera yo el que bullía y mi TL no tuviera culpa de nada) con un interesante debate sobre los límites de la ciencia. Los antecedentes son estos: Steven Pinker publicó un estupendo ensayo breve en The New Republic, "La ciencia no es tu enemiga", sobre la necesidad de las humanidades de abrirse a la ciencia. El ensayo fue respondido en la misma revista por el crítico literario Leon Wieseltier, y me lancé a leer con avidez su respuesta al saber por el twitter de Edge que la contrarréplica de Pinker "aparecería en cualquier momento". Lo hice porque tenía tiempo libre y porque tengo la manía de intentar formarme mi propia opinión sobre cualquier asunto de mi interés si las circunstancias lo permiten, aunque sea para tirarla poco después a la papelera (cosa que ocurre a menudo y que previsiblemente ocurriría al leer lo que tuviera que responder Pinker a Wieseltier).

El prolijo texto de Wieseltier resultó tan indigesto como presagiaba el título (de dudoso gusto), "Crímenes contra las humanidades": la vieja cantinela de que hay ciertas cosas que la ciencia no puede explicar, sin entrar a discutir algo tan importante como la propia noción de explicar. El esfuerzo y las prisas, además, resultaron aparentemente inútiles porque la contrarréplica de Pinker no apareció (por motivos que desconozco). Pero finalmente sí que sirvieron de algo, porque poco después apareció en Jot Down un artículo de Cristian Campos sobre esta polémica y pude leerlo con la ventaja de haber reflexionado previamente sobre el tema. Una pieza cuyo título, también, anticipa el contenido: "El dinosaurio de las letras ya tiene su meteorito". Campos, lector apasionado de Pinker, defiende con vehemencia y profusión de argumentos (su estilo y su cadencia soltando galletas dialécticas rivaliza con la de su maestro, Espada) su cientifismo, por el cual
...tanto la religión como la filosofía, la economía o la política son prescindibles. Pura cháchara académica cuya relación con la verdad es en el mejor de los casos anecdótica. Pan y circo. Ornamentos de colores para currículums perezosos. 
Mientras leía a Cristian Campos (como siempre con una sonrisa, como siempre discrepando de él) no pude evitar recordar algunas de estas frases: 
...Como escribió Madison: "¿Qué es el gobierno en sí mismo sino la mayor de todas las reflexiones sobre la naturaleza humana?" (...) Los cerebros tras la Revolución Americana heredaron la visión trágica de pensadores como Hobbes y Hume (...) su teoría de la naturaleza humana podría haber salido directamente de la moderna psicología evolutiva (...) John Adams escribió: "El deseo de ser estimado por los otros es un deseo tan natural como el hambre. Es el principal fin del gobierno regular esta pasión". Alexander Hamilton escribió: "El amor por la fama es la pasión rectora de las mentes más nobles". James Madison escribió "Si los hombres  fueran ángeles, ningún gobierno sería necesario. Si los ángeles gobernaran a los hombres, ningún control externo ni interno sería necesario"...

...frases que he sacado precisamente de un capítulo de La tabla rasa de Pinker, donde lanza la interesante hipótesis de que los inigualados éxitos de la democracia americana (y en general de las democracias liberales) se deben a que sus diseñadores idearon un sistema de contrapesos basado en una visión bastante acertada de la naturaleza humana, capaz de prever algunas de nuestras limitaciones innatas (en el mismo capítulo también argumenta que sus fallos, que los han tenido y graves, pueden deberse a la incapacidad de los fundadores para prever otras). Una visión que, naturalmente no se basaba en la ciencia sino en una reflexión profunda sobre la sociedad y la Historia.

Así pues, creo que este fragmento permite aventurar las líneas que habría seguido la contrarréplica de Pinker, que especulo sería más moderada que la de Campos (aunque luego entendí que el meteorito del que hablaba era más reformista que aniquilador). Imagino que Pinker habría podido decir que, como muestra el ejemplo de los padres fundadores de Estados Unidos, las reflexiones de la ciencia política sí tienen un valor indudable y no es razonable pedir su demolición, sino su reforma. Una reforma que pasaría, donde fuera posible, por incorporar tanto los hallazgos recientes de la ciencia como su metodología, que es quizás donde han logrado expresarse más plenamente los ideales de rigor y honestidad intelectual que se requieren para acercarse a la verdad (que existe, sí): los mismos ideales que probablemente guiaron a Hamilton, Madison o Adams (entre otros) en sus reflexiones. Y que lo mismo puede decirse de la economía, de la historia...

Esa hipotética contrarréplica tiene una cualidad muy apreciable desde mi punto de vista y es que (¡curiosamente!) coincide plenamente con mi opinión al respecto. Y creo que la coincidencia persistirá hasta que finalmente llegue el momento anunciado por Edge, Pinker dé su contrarréplica a Wieseltier y previsiblemente esto que acabo de escribir deje de ser mi opinión y acabe en la papelera.


lunes, 12 de agosto de 2013

Turquía (y III): conexiones y desconexiones playeras.


Una de las ventajas de ir al mar en Turquía fue que resultaba realmente difícil encontrarse con un español o con un italiano. La necesidad de este doble descanso me convence de que ando cada vez más cerca de la doble nacionalidad. Pero esta es una necesidad natural en vacaciones, cuando uno necesita descansar de muchas cosas, empezando por uno mismo y ...¿qué criaturas de Dios hay que nos recuerden más a nosotros mismos que nuestros propios compatriotas? Les cuento esto porque al leer en la playa esta desconcertante columna de Enric González en la que, harto (suponemos) de sus compatriotas, se declara a favor del referéndum en Cataluña, en el que votaría por la opción unionista pese a preferir la victoria de la opción independentista (!), pensé que debía haberla escrito animado por un sentimiento similar. Así pues, creo que sólo puedo desearle a Enric unas felices vacaciones y, sobre todo, el descanso que a buen seguro necesita. Propongo como destino Turquía. 

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También desde Turquía estuve atento a lo que decía Rajoy, que al final cedió a mis presiones (y la de tantos otros tuiteros de peso)  y se decidió a comparecer para hablar de Bárcenas. De las noticias que leí entendí que hizo lo esperable: proclamar su inocencia y reconocer que en algo se equivocó depositar su confianza en el ex-tesorero. A la vuelta, sin embargo, vi que su discurso era calificado como una obra maestra por Arcadi Espada (no se pierdan la aguda lectura de Espada que hace Montano) y decidí leérmelo íntegramente.

Debo decir que el juicio de Arcadi me parece de una benevolencia sorprendente. Es comprensible hasta cierto punto que en estos tiempos justicieros una defensa de los principios del Estado de Derecho  y una cita de Bertrand Russell ("la calumnia es siempre sencilla y verosímil") puedan parecernos política de altos vuelos. Pero me parece llamativo que el autor de "Contra Catalunya" no tuviera nada que decir sobre el modo en el que Rajoy interpretó las (torpes) reclamaciones de comparecencia por parte de la oposición como amenazas irresponsables a la estabilidad nacional: como si no fuera razonable pedir al presidente del Gobierno que se pronuncie ante las graves acusaciones que ha hecho nada más y nada menos que el ex-tesorero de su partido. Y en cuanto al uso de citas pasadas de dirigentes socialistas que hizo Rajoy, citas en las que se pedía prudencia y respeto a la justicia (para casos en los que estaban involucrados socialistas, claro), a mí me sirvieron como triste recordatorio de los tiempos en los que el PP necesitaba que le recordaran ciertas cosas, y más en general de que en España el respeto por el Estado de Derecho va por rachas y por barrios. Y todo esto sin aclarar nada sobre hechos probados y controvertidos, como la extraña vinculación contractual de Bárcenas con el PP. En definitiva, fue un discurso decepcionante políticamente (como la columna de Espada) y que me hace creer menos en la inocencia de Rajoy que hace unos meses.

Qué decir de los otros. Rubalcaba insistió en el irritante error de El País y El Mundo de tomar como hechos probados lo que sólo son indicios, invalidando así sus argumentos. Rosa Díez, por su parte, por lo menos tuvo el acierto de afearle a Rajoy su "Contra España", si bien no puedo evitar caer en el mismo error que Rubalcaba unas cuantas veces: esa pulsión populista es lo que más me irrita de UPD. Las de PP, PSOE y UPD fueron las únicas intervenciones que leí: a buen seguro las intervenciones de los nacionalistas y de los ecosocialistas me habrían deparado momentos aún más inolvidables, pero el verano es corto y las lecturas pendientes, muchas.

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Habrá quien tema que ni en las playas turcas he logrado desconectar. Se equivocan, por suerte. Para desconectar me bastaba con coger mis cutregafas de nadador (las aletas y los equipos de submarinismo las dejo para los que tengan pretensiones anfibias) y echarme al agua. Hay veces que me gusta nadar buscando peces, cerca de las rocas: siempre me sorpende cómo aparecen, como materializándose exclusivamente para mí, para que yo los vea. Pero otras veces simplemente me gusta nadar hasta donde no se ve el fondo y ahí, solo, bucear y bucear hasta donde los pulmones y los oídos aguanten, un esfuerzo que no sirve más que para verse más y más envuelto en el silencioso azul: el tipo de esfuerzos inútiles que a mí me gustan.

lunes, 5 de agosto de 2013

Turquía (II): Romanos, griegos y un paréntesis aparente


Como decía un tanto elípticamente, el libro de Pamuk ha resultado una lectura un tanto indigesta, pero hay que reconocerle algunos pasajes interesantes (¡qué menos podemos esperarnos de la matraca estambulí de todo un Nobel!). En un capítulo cita al historiador del arte Ruskin, que en un tratado (¡tratado que Pamuk se ha leído!¡estos detalles son los que valen un Nobel!) intenta describir la belleza “pintoresca” frente a la belleza “clásica”, planeada: la primera es casual y aperece alrededor de las ruinas, resultado de su fusión con todo lo que la Historia ha hecho surgir a su alrededor. Pamuk creo que lo menciona a propósito de la imponente muralla de Teodosio, por la que nosotros también paseamos admirando el pintoresco espectáculo resultado de la fusión de tan imponente estructura, que acaso por su legendaria robustez las autoridades locales han decidido dejar que se defienda sola, con las desastrosas casas circundantes, algunas casi chabolas. Metiéndonos por unas callejuelas, intentando seguir el trazado de la muralla, acabamos en una zona con casas de cuatro tablones donde unos simpáticos zagales nos reciben como procede: con extrañeza por la inusual visita, con simpatía (nos presentamos educadamente dándonos la mano) y, al ver que éramos inofensivos, con ganas de tomarnos un poco el pelo. Para neutralizarlos me basta usar dos palabras mágicas: “Real Madrid”. Pero uno de ellos no se aguanta y me replica con una enorme sonrisa: “¡Barcelona!”.

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Hablando de belleza pintoresca o casual, difícilmente podrá superarse la del cielo azul de un día caluroso, de furioso ruido de cigarras, a través de las ventanas de la fachada de la Biblioteca de Celso, en Éfeso. Lo mismo puede decirse del espectáculo que ofrecen las ruinas de Priene, Afrodisia o Mileto. Viajando por la costa turca nos vamos acostumbrando a la fisionomía de los dos tipos de ciudades con las que nos encontramos, las griegas y las turcas. Unas con su acrópolis, su anfiteatro, su ágora (donde, como sabemos, los antiguos practicaban la democracia real ya) pero también con su bouleuterion (que era donde debían de practicar el lo llaman democracia y no lo es); las otras con su descuidado urbanismo de construcciones agolpadas, las efigies de Atatürk y, por supuesto, las mezquitas con sus minaretes (que apuntan al cielo como bayonetas, como bien decían los versos por los que entrullaron a Erdogan). Lo que resulta llamativo es la falta de continuidad entre ambos tipos de ciudad. Es como si en estas tierras la Historia discurrida entre los tiempos de las colonias griegas y romanas y la Turquía moderna se hubiera esforzado en no dejar huellas, a diferencia de lo que vimos en Estambul donde (¡sí, Pamuk, sí!) no se advierte ese paréntesis. Ignoramos su origen o si simplemente se debe a que no somos unos observadores lo suficientemente perspicaces.

lunes, 29 de julio de 2013

Turquía (I): Estambul


Llegada de noche a Estambul, al tradicional barrio de Sultanahmet, que esperamos encontrar tranquilo. Tendríamos razón, claro, si no fuera porque estamos en pleno Ramadán, con el consiguiente jaleo que sigue a la puesta de sol un sábado de julio como éste. Tras movernos con fatiga entre los ríos de gente, logramos dejar las maletas y darnos una vuelta alrededor de la Mezquita Azul. F. dice que el ambiente le recuerda a la Pradera de San Isidro en fiestas, y no le falta razón: vendedores ambulantes de roscas (que no sabemos si son listas o tontas), niños jugando con piedras y familias tranquilamente reunidas sobre grandes mantas, tomando el fresco con una sonrisa. Con el mérito adicional, eso sí, de aguantarse mutuamente sin una gota de alcohol.
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Primero Santa Sofía y después la Mezquita Azul. Imponentes ambas, pero viéndolas en ese orden resulta más evidente la falta de armonía de la primera, resultado de sus superposiciones cristianas y musulmanas y de la mano laica occidentalizadora que decidió que el templo se convirtiera en un museo y resultaran visibles ambas. Otro punto a favor de la Mezquita Azul es que no es un museo: hay simplemente un lugar habilitado para los visitantes, como en tantas mezquitas de la ciudad, en el que simplemente compartimos espacio en silencio con los que allí se reúnen para orar o para recostarse en un rincón fresco y sombrío. En Santa Sofía, sin embargo, todo es un ir y venir de turistas absortos en la audioguía, la lonely y el esmarfón - a la vez, en no pocas ocasiones. Refugiados del frenesí turístico mientras admiramos los espectaculares azulejos de la Mezquita, que a mí me recuerdan a los de casa de mi abuela, se entiende algo más a los religiosos. Y me pregunto si las monumentales inscripciones en árabe que admiramos, y que a nuestros ojos resultan simplemente decorativas, resultarán estridentes para algunos de los que sepan entenderlas.
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Cuando viajas, aquello que crees saber sobre un lugar adquiere una claridad nueva, unos contornos más precisos. Ahí esta la gracia de los viajes, claro. Por ejemplo viajando a Estambul uno entiende por qué llaman así al Cuerno de Oro, y lo entiende cuando se acerca el atardecer y la ciudad es bañada por una luz dorada como yo no he visto nunca en ningún sitio, una luz francamente única e inexplicable (¿qué fue de Rayleigh?). Paseando por Estambul uno se encuentra también con decenas de perros, como advierte Pamuk en su Estambul, ciudad y recuerdos, donde descubro que entre los esfuerzos modernizadores y nacionalistas de la joven República estuvo deshacerse de ellos – sin éxito, a la vista está. La sorpresa, sin embargo, es encontrarse también con gatos por todas partes. Contra el tópico, perros y gatos callejeros parecen llevar una pacífica coexistencia, que parece basarse simplemente en ignorarse mutuamente. Con es actitud quizás estén dando ejemplo a los religiosos y a los laicos de Estambul que contribuyen (cada uno a su modo) con su frenética actividad al bullicio de la ciudad sin prestarse mutuamente demasiada atención. Un frenesí, por cierto, el de la Estambul actual (en cuya silueta compiten las grúas con los minaretes) que no parece dejar lugar para esa melancolía estambuliana de la que tan insistentemente (incluso demasiado insistentemente) habla Pamuk.

sábado, 22 de junio de 2013

Una lección sobre la muchedumbre, por Juan Belmonte.




"...los públicos empezaban a cansarse de nosotros precisamente por la sensación de seguridad, de dominio y de eliminación del riesgo que habíamos conseguido dar. Esto, como digo, era todavía más grave para Joselito que para mí, porque daba aún más que yo la sensación de que toreaba impunemente (...). La gente veía que una y otra vez, y veinte, y ciento llenábamos las plazas, y como ni a Joselito ni a mí nos mataba un toro, empezó a considerarse defraudada, hiciésemos lo que hiciésemos (...)
El 15 de mayo de 1920 Joselito, Sánchez Mejía y yo toreábamos en Madrid una corrida de Murube (...) Los toros eran chicos, y los aficionados protestaban violentamente cuando aún no había empezado la lidia (...) Estábamos aquelas tarde en el patio de caballos esperando que comenzara la corrida, cuando vimos llegar a un grupo de espectadores furiosos, que, agitando en el aire sus entradas, gritaba:
-¡Ladrones! ¡Estafadores!
El grupo de los que protestaban creció y se produjo un gran tumulto, los toreros nos vimos acorralados por aquellos energúmenos que nos injuriaban (...). A Joselito, aquella agresión, aquel furioso ataque de los aficionados que le gritaban desaforadamente le produjo una gran impresión. Se quedó cabizbajo durante un largo rato, luego me llamó y me dijo:
- Oye, Juan, hace tiempo que quería hablarte de esto, y creo que ha llegado la ocasión: El público está furioso contra nosotros , y va a llegar un día en el que no podamos salir a la plaza. (...) Creo que lo mejor es que dejemos de torear en Madrid una temporada larga (...).
-Si esto sigue así, no vamos a tener más remedio (...)
- Sí, hay que irse, es lo mejor.
Estas fueron las últimas palabras que cruzamos. Al día siguiente tenía Joselito que torear otra vez en Madrid. Rompió el contrato y se fue a torear a Talavera de la Reina. Allí le tenía citado la muerte (...)
...estuve repitiéndome mil veces aquellas palabras que me golpeaban en el cráneo como martillazos:"¡A Joselito le ha matado un toro! ¡A Joselito le ha matado un toro!"(...)
¿Quién ha dicho que la muchedumbre no tiene conciencia? A raíz de la muerte de Joselito, el público fue víctima de un curioso fenómeno de remordimiento colectivo (...). El público tenía más miedo que el torero (...) Parecía como si aquellos hombres que el día antes de la tragedia de Talavera nos agredían furiosos pidiéndonos que nos dejáramos matar o poco menos, se considerasen íntimamente culpables de aquella desgracia. (...)
En el mes de septiembre dejé de torear. La falta de Joselito hacía que recayese sobre mí todo el peso de las corridas, y empezaba a sentirme agotado. Los que tan enconadamente habían disputado sobre nuestra rivalidad, no sabían hasta qué punto nos completábamos y nos necesitábamos el uno al otro. (...)"

Manuel Chaves Nogales. "Juan Belmonte, matador de toros".

sábado, 15 de junio de 2013

Pues anda que no hay cajones, Enric

La verdad es que cada día me cuesta más estar de acuerdo con lo que dice Enric González en sus columnas. No es de extrañar: cada vez e cuesta más estar de acuerdo con alguien (así, en general) y creo que seguiré por este camino hasta el glorioso día en que no estaré de acuerdo ni conmigo mismo. Esto viene a cuento de una columna suya que enlazaba el otro día Melò en Twitter. La columna empieza muy bien, constantando cómo el presunto fraude fiscal de Messi había aparecido en las portadas de todo los diarios nacionales mientras que hace exactamente un año la noticia del fraude fiscal de los Botín (bastante más abultado por cierto) fue relegada a las páginas interiores en el mejor de los casos (salvo en El Mundo). Un ejemplo de la reticencia de los periódicos a morder la mano que les da da de comer, para leerlos con escepticismo.

Pero luego González encuadra el caso en el contexto de la situación general de España y Europa, con sus problemas financieros y su incapacidad para meter en vereda a los bancos. Y vuelta al viejo mantra: "El dinero sólo manda cuando se ausenta la política". Para demostrar que la política es capaz de embridar a la banca cuando se los propone, Enric nos cita los ejemplos de Andrew Jackson, Franklin Roosevelt, e incluso Hitler y Stalin: personajes que probablemente mirarán con envidia desde el Infierno los poderes absolutos de Durao Barroso.  Habrá quien diga que esto es trampa, que a quien mirarán con envidia es a la Merkel: a esos ingenuos les recomiendo que lean el análisis de Xavier Vidal-Folch sobre cómo la canciller está lidiando con el Bundesbank, que considera su programa de austeridad demasiado laxo.

Lo considera demasiado laxo porque cree que los alemanes están poniendo demasiada pasta en los rescates, o lo que es lo mismo: que la pasta que ponen no está lo suficientemente fiscalizada. La opinión del Buba es discutible, pero revela claramente dónde está el compromiso: solidaridad interterritorial a cambio de pérdida de soberanía. Si queremos lo primero, hay que ceder en lo segundo. Desde luego tengo claro que en las próximas elecciones europeas pienso votar a quien esté dispuesto a ceder más soberanía a Europa, porque sólo así podremos construir un poder político que realmente pueda poner en orden el sistema financiero y llevar hasta donde sea preciso la solidaridad interterritorial europea: un poder político digno de acabar en el Infierno, vamos. A eso aspiran también el PP y el PSOE cuando pactan una posición conjunta ante Europa,  aunque les cueste admitirlo. 

La conformación de ese poder político depende de multitud de factores (repásenlos mentalmente, por favor) y por eso el proceso está siendo exasperantemente lento, y quén sabe si terminará algún día o si antes la UE se irá al garete. Pero respecto a la última preocupación de Enric González:
"Algún día, alguien con una idea y una voluntad poderosa subirá a un cajón (o a una red social) y empezará a hablar. En poco tiempo seremos suyos."
Puedo decir que llevamos muchos años con peña subida a sus cajones de las redes sociales y hablando sin cesar. Y de momento, por lo que veo, nadie escucha a nadie. Así que vamos tirando.

sábado, 8 de junio de 2013

Muñoz Molina

Le han dado el premio Príncipe de Asturias de las Letras a Antonio Muñoz Molina. Ya saben cómo funciona esto de los premios culturales: un grupo de sabios cuya amplitud de miras abarca el amplio panorama de las Letras un día se reúnen y deciden: a éste. Yo, que a lo más que llego es a curiosear el mundo de las Letras por una mirilla, no estoy en posición de discutir la decisión de tan notable jurado. Pero este año el premio le ha caído a un escritor que conozco y al que además he leído. Y, probablemente por esa infrecuente coincidencia, me alegro.

El caso es que Muñoz Molina me acompaña desde hace muchos años. La primera novela suya que leí fue El Jinete Polaco. Apenas recuerdo nada de ella, pero sí algunas impresiones que me dejó. Recuerdo que fue una de las primeras novelas que leí con la conciencia de leer una novela adulta. Recuerdo también que me impresionó su compleja construcción y quizás por eso durante un tiempo sólo me parecían novelas adultas las que escondían un complejo engranaje - un error, claro. Y recuerdo que me parecieron particularmente conmovedores unos pasajes sobre los campos de Jaén, en los que Muñoz Molina seguramente mostraba su particular calidez y sensibilidad para hablar de colores y texturas, quizás su cualidad más admirable.

También me acompañó durante esos años en los que leía religiosamente El País Semanal. Escribía unas columnas muy serias y muy responsables en las que hablaba de ciudadanía y de democracia, dos conceptos importantes en esos años donde pesaba tanto el terrorismo vasco. Yo, así de cretino era, me tomaba con algo de sorna tanta seriedad. De hecho, cuando Elvira Lindo empezó a escribir artículos en El País en un tono bastante más serio que el de sus simpáticas crónicas veraniegas, recuerdo haber comentado jocosamente con Aviermen que qué bien le estaban quedando las columnas de Lindo a su santo (un santo que es mi personaje de Elvira Lindo preferido, todo hay que decirlo). Sin embargo algo debieron calar las palabras del escritor; recuerdo que una de mis lecturas en París fue la de Sefarad, una de las mejores descripciones que he leído de lo que es ser un perseguido: creo que fue entonces cuando terminé de entender el sentido de aquellas columnas de Muñoz Molina. 

En los años alegres del zapaterismo le perdí la pista: fueron los años en los que dejé de leer El País en papel y resultaba más difícil encontrárselo. Sin embargo últimamente es difícil que se me escapen los posts de su blog o sus columnas de los sábados: su particular sensibilidad brilla cuando escribe sobre el cambio de estaciones en Nueva York (punzada de envidia), sobre pintura y sobre literatura. También sigue escribiendo sobre política y siempre merece la pena sopesar su opinión, siempre bien razonada y de una independencia infrecuente en España. Aunque a veces, con esto de las crisis, no puedo evitar leer con algo de sorna sus bienintencionados alegatos socialdemócratas, que encuentro a veces algo faltos de consistencia. No es descartable que de nuevo necesite unos cuantos años para terminar de entender el sentido de sus palabras.

domingo, 2 de junio de 2013

De equilibrio inestable en equilibrio inestable: un balance mourinhista

Yo sostengo que todo se jodió en enero, con la lesión de Casillas. Para explicarlo he de hablar de tensiones y equilibrios inestables, y para eso debo dar un par de saltos atrás en el tiempo.

El primero nos lleva al inicio de la temporada. Recordemos que el Madrid empezó flojeando, con algunos jugadores quizás excesivamente relajados tras el esfuerzo de la Liga de los cien puntos frente aquel Barça de Guardiola, un rodillo no tanto por el manido tikitaka sino por su modo de presionar en campo contrario y del que Messi, el jugador donde más cerca han estado de aunarse el talento de Maradona y la tozudez de Raúl, era la quintaesencia. En lugar de poner a los mismos once cabrones cada domingo, como diría Toshack, Mourinho (¡inaudita actitud!) fue sentando en el banquillo a pesos pesados que encontraba sobrados de kilos: Ramos, Di Maria, Cristiano. La tensión crecía en el vestuario, a decir de la prensa deportiva y de las sorprendentemente detalladas crónicas de vestuario de Diego Torres, a quien casi podíamos imaginar escuchando los diálogos de las duchas del Bernabéu con el arrobo del calvo de La Vida de los Otros. Mourinho sabía que el Madrid no es la RDA y por eso sospechaba que había un topo en el equipo, y el famoso comentario de la Carbonero sobre el mal ambiente en la plantilla acabó de convencerle de que la información confidencial fluía por el canal más evidente. Así pues, decidió sentar en el banquillo al capitán, que tampoco andaba fino, por motivos predominantemente extradeportivos: para Mou, había dejado de ser fiable.

Pero Casillas volvió a la titularidad, y eso pudo recomponer el ambiente del equipo. Es difícil saber lo que pasó: si Mou consideró suficiente el toque disciplinario o si encontró que Adán no estaba a la altura. Mi conjetura es que de seguir así podríamos haber acabado la temporada de modo más o menos exitoso. Pero todo se fue al garete con la lesión de Casillas, que obligó a fichar a un portero solvente y que condenó al capitán a la suplencia para el resto de la temporada. Ahora había motivos deportivos, porque López se manejó con gran solvencia y cambiarlo en abril no parecía la mejor idea del mundo, pero pesaban aún los extradeportivos: Mou no podía resistirse a la tentación de llevar la contraria a la prensa deportiva de Madrid (prensa de cromos, como vemos cada verano), que no tragaba su radical independencia y que con la suplencia de Casillas estaba desaforada. Esa suplencia fue la perturbación que marcó los dos tropiezos que acabaron de estropear la temporada. Y para explicar por qué, he de dar mi segundo salto en el tiempo.

Mi segundo salto en el tiempo es a la primera temporada de Mourinho, el día del 5-0 contra el Barcelona. El Madrid había empezado como una locomotora gracias a la mayor virtud de Mou: su capacidad para crear tensión (¡la famosa tensión competitiva!) en el equipo. Pero toda tensión implica un equilibrio inestable y esa noche los jugadores, de tensos, salieron al campo bloqueados y recibieron un sopapo que sólo nos sacudiríamos varios meses después con aquel apolíneo gol de cabeza de Cristiano, gol que supuso el primer trofeo del Madrid de Mourinho. Esa victoria creó un nuevo equilibrio, pero se trataba de un equilibrio positivo que nos llevó a ganar una Liga frenética y a rozar con los dedos la décima, que siempre pensaré que se nos escapó con aquel penalty fallado por Kakà (la cumbre de su incompetente carrera en el Madrid). Pero al estar edificado sobre la misma tensión, era de nuevo un equilibrio inestable; mi hipótesis es que la suplencia de Casillas (con todo lo que la rodeó) bastó para sacarnos de él. Un par de fluctuaciones estocásticas más, que mandaron al palo sendos tiros de Özil (dos goles que habrían podido cambiarlo todo) hicieron el resto: tropezamos contra el Dortmund y contra el Atlético.

Y así se cierra la temporada y, con ella, la etapa de Mou en el Madrid. Mou ha sido un entrenador que ha cometido errores, como aquel dedazo a Vilanova (aunque nuestro lado gamberro se descojonara cuando le llamó Pito) o sus excesivas críticas a los árbitros. Pero ha sido lo más parecido a un entrenador meritocrático y racional que recuerdo en el Madrid, capaz de lograr una regularidad en el juego del equipo (piensen en Pellegrini, en Luxemburgo, en Queiroz) que parecía imposible. Y nos ha dejado una enseñanza clara: acabar con los vicios del equipo pasa por enfrentarse con la prensa deportiva. Por eso yo, como Florentino, quería que siguiera. Pero se va, dejando un equipo con una columna vertebral sólida pero con jugadores convencidos de que no hay entrenador cuya autoridad no puedan doblegar. Una peligrosa herencia que requerirá mucha mano izquierda. Es quizás por eso por lo que Florentino parece haber decidido buscar sustituto en tierra de papables y (naturalmente) de maquiavelos.

martes, 21 de mayo de 2013

Salto transatlántico


Las dos diminutas señoras que se cuelan con calculada indiferencia en la gigantesca cola que se ha montado en el control de seguridad de Linate, famoso en el mundo entero por su lentitud. La señora irlandesa que engulle con resignación una pizza en la zona de embarque y me cuenta su viaje por enclaves medievales de la Europa continental y lo aburrida que ha acabado de esos dichosos monjes copistas, que muy creativos no debían de ser. El caballero africano de aristocrático porte con el que coincido en la conexión entre terminales, con sus gafas y su sombrero cilíndrico y su túnica blanca y plateada, como el vello de sus nudillos. La oronda india de clarísima piel cobriza y manos decoradas con henna que me hace preguntas sobre mi trabajo en el control de seguridad de Heathrow y que me dice que ha estado en Madrid, a lo que no sé qué contestar porque no sé si está aplicando el procedimiento estándar para averiguar si soy un terrorista o si está coqueteando conmigo. Las personas con las que coincido en el gigantesco salón de espera y que me ayudan a matar el tiempo intentando adivinar si compartirán salto transatlántico conmigo o no (acerté con una cuantas: el uso de chándal o de chanclas resulta ser un criterio bastante eficaz). El oficial de inmigración que pese a mi pasaporte me toma por italiano y me dice que su familia es de origen siciliano y que las playas de Sicilia son pésimas, no como las que hay cerca de Pisa (!)....

De todos ellos me habría olvidado ya si no los hubiera puesto aquí por escrito.  

domingo, 28 de abril de 2013

Félix Ovejero, la propiedad privada y el papel de las abuelas siliconadas

Por más que el capitalismo lo esté poniendo más fácil de lo normal últimamente, hay que reconocer que el nivel medio de nuestros anticapitalistas (del columnista contrastado al tuitstar emergente) es penoso. En mi caso, tanto griterío tiene un efecto contraproducente (para sus promotores); cada exabrupto antiilustrado de estos revolucionarios 3.0 me convence de que la Ilustración (¡que es donde quiero estar!) está lejos de lo que propugnan y cada tuit con soluciones milagrosas me hace un poco más indulgente con el sistema. Por eso la existencia de voces capaces de articular de un modo inteligente una crítica al actual sistema económico es tan preciosa: porque estas voces son muy escasas, y porque permiten sacudirnos nuestra indulgencia, que en general es una pésima compañera. Una de esas escasas voces es la de Félix Ovejero. Como prueba del algodón de la calidad de su pensamiento, basta notar que este profesor es de los pocos progresistas que ha sabido entender (y explicar) que desde un punto de vista de izquierdas es imposible ser comprensivo con el nacionalismo (catalán), una reflexión aparentemente fuera del alcance de muchos de nuestros anticapitalistas.  Por ese motivo sigo con bastante atención sus artículos. Incluso hace poco leí un libro suyo "Proceso Abierto: el socialismo después del socialismo", un buen análisis del núcleo esencial de las ideas socialistas (de lo que queda de ellas después de su fracaso) de la vigencia de estas ideas y de bajo qué forma pueden volver a entrar en la agenda política, con propuestas como la renta básica. Sin embargo, como se imaginarán, el libro no me acabó de convencer del todo. Sobre esto quise escribir aquí algo pero, como me ocurre habitualmente, no sabía muy bien por dónde empezar. Por suerte, el profesor Ovejero ha publicado recientemente un artículo en El País que merece un par de comentarios que van en la línea de los que habría querido hacer a propósito de su libro. Allá voy, pues.

En su artículo "¿Confiscaciones bolivarianas?" Ovejero habla de la reciente Ley Antideshaucios aprobada por la Junta de Andalucía, y de cómo ciertos opinadores conservadores se han lanzado contra ellas por las expropiaciones que prevé. Para Ovejero
..lo único claro de la reacción era su tono fanatizado. La invocación a los derechos de propiedad no se demoraba en argumentos.
Yo no sé casi nada de esta ley, ahora bien: sé que algunos opinadores no tan conservadores no han cuestionado la ley por esto, sino por su deficiente fundamentación legal, que es algo que sí debería preocuparnos. Pero esto es lo de menos. Más interesantes son sus consideraciones generales sobre la propiedad.
Los derechos de propiedad no están escritos en las tablas de la ley (...) Los derechos de propiedad no son anteriores a una estructura jurídica, a un diseño institucional, dentro del cual cobran sentido.
En esto estoy de acuerdo con Ovejero: aunque creo que los derechos de propiedad sí pudieron ser instrumentales para la libertad política (poder decir al soberano: esto es mío) y sospecho que sin aquellos ésta es imposible, creo que no están exentos de discusión dentro de un sistema democrático. Pero avanzando, ay, empiezan mis discrepancias:

Los derechos de propiedad no son otra cosa que una estructura de autorizaciones y de prohibiciones. (...)  Ser propietario de un bien supone asegurarse de que los demás no pueden usarlo.
Discrepo porque los derechos de propiedad son algo más: son el armazón de una estructura de incentivos, sobre la que se sustenta el funcionamiento del mercado. Mi derecho de propiedad sobre mi Ferrari no sólo me autoriza a utilizarlo y a usted no, sino que crea una serie de incentivos: a mí, para comprarme el coche (porque nadie lo usará sin mi permiso);  a usted, para que trabaje duro si quiere tener un coche como el mío; a los constructores de coches, porque habrá gente dispuesta a pagar por sus productos. Crea, en definitiva, las reglas del juego que determinan el funcionamiento del sistema productivo. Es de esta visión limitada de los derechos de propiedad de donde se deriva (creo) la visión de Ovejero sobre algunos defensores del mercado:
"...la pregunta es qué juego de autorizaciones y prohibiciones está justificado (...) El mercado, según algunos, cumple esa función. Las preferencias de las personas nos mostrarían lo que juzgan valioso y lo que no. Los ingresos de Belén Esteban, Pilar Rahola, Cristiano o Messi no harían más que reflejar, a través de las demandas de consumo, lo que la sociedad aprecia. (...) Si los ingresos de estas personas son cien o mil veces superiores a los de un maestro o de una enfermera es porque la sociedad valora cien o mil veces más sus talentos. (...)" 
Desde luego, yo no soy uno de esos defensores del mercado. Lo que yo piense sobre los merecimientos de Messi y Cristiano es irrelevante: para mí sus sueldos son una consecuencia del funcionamiento del mercado, que es el mecanismo que esencialmente regula la actividad productiva. La pregunta que tenemos que hacernos es: ¿si interviniésemos en el mercado para que sueldos como el de Messi y Cristiano no fueran posibles, cómo afectaría al sistema de incentivos que lo sustenta? ¿Aumentaría o disminuiría la producción de bienes? ¿Podríamos pagar los médicos y las enfermeras que tenemos? ¿Más? ¿Menos? Del mismo modo, es posible cuestionar las expropiaciones de la Junta de Andalucía centrándonos sólo en cómo modifican los incentivos existentes: si dificultará a la larga el acceso al crédito, a la vivienda, cómo afectará al desarrollo económico de la región... O hablando de la renta básica, proyecto del que Ovejero es defensor, cabe preguntarse si la modificación de incentivos que conllevaría una sociedad con un salario mínimo para todos los ciudadanos daría lugar a una sociedad más o menos próspera que la nuestra.

Este punto de vista es el que en mi opinión que hay que adoptar al abordar cualquier cuestión económica:  dudar de la inteligencia del Mercado o de la del Estado como dudamos de la existencia de los dioses. No abordar estas cuestiones como estériles debates de principio, sino intentar entender que el sistema económico no es sino un medio para lograr ciertos fines, por lo que sólo cabe preguntarse qué modificaciones de sus equilibrios maximizan aquello que consideramos deseable. Y estar lo suficientemente libres de prejuicios como para entender que la respuestas a estas preguntas puede contradecir nuestras intuiciones. Si como dice Le Clézio
“En el mundo actual, se está invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y siliconas para mujeres, que en la cura del Alzheimer. De aquí a algunos años, tendremos viejas de tetas grandes y viejos con pene duro, pero ninguno de ellos se acordará para que sirven”
La pregunta que hemos de hacernos no es cómo conseguir que se invierta menos en silicona y viagra, sino más en la cura del Alzheimer. No es descartable que ello pase por tener una sociedad donde también se invierta más dinero en tener abuelas de neumática delantera acosadas por priápicos ancianitos.

Si hay algo que me desespera de la izquierda es su reticencia a pisar este terreno, una reticencia confirmada en parte por esta pieza de Ovejero. Pero empiezo a sospechar que en el campo progresista algo está cambiando.