Escribía hace unas semanas que el partido Italia - España con el que empezaba nuestra Eurocopa bien podía suponer el fin de un época, y me equivocaba. Entonces pensé que España le metería un buen meneo a Italia y que con ello se rompería la llamativa asimetría por la cual los italianos generalmente sienten simpatía por la selección española, mientras que es difícil encontrar a un español de bien que sienta algo de simpatía por los azzurri.
Sin embargo llegó el partido y resultó un encuentro equilibrado entre dos equipos estupendos, que me hizo temer que nos acabaríamos encontrando con los italianos en la final. Y así será. Por el camino han pasado unas cuantas cosas: España ha sacado adelante sus partidos con oficio, sin el brillo de anteriores citas, defendiéndose con la pelota y cimentada sobre una defensa que está jugando a un nivel altísimo. Italia por contra se ha reafirmado en el estilo de juego con el que afrontó su debut contra la Roja, con Pirlo demostrando (como ha hecho esta temporada en la Juve) que él solo vale por medio equipo, y ganando por el camino a Cassano y a Balotelli para la causa.
Así que tras unos cuantos partidos en los que España e Italia se han estado mirando desde la distancia con respeto, especialmente desde que se disiparon los temores del biscotto, nos veremos las caras mañana en Kiev. Será un partido igualado. Italia ha mostrado un nivel de juego más alto que España, superando a Inglaterra y destrozando a Alemania con suficiencia. España ha ganado con un juego de menos revoluciones y parece haber dado lo mejor de sí sólo en los primeros veinte minutos contra Francia. Considerando la trayectoria de ambas en el campeonato parece que Italia está algo por delante, pero también creo que la Roja tiene todavía un partidazo en las piernas y que puede surgir en la final. Y me cuesta imaginar a Balotelli y a Cassano superando con tanta facilidad a Ramos y a Piqué como hicieron con los rígidos defensas alemanes. Veremos qué pasa. Lo que está claro es que pase lo que pase el partido de mañana supondrá, ahora sí, el fin de una época. Yo cuento con empezarla con buen pie y que esta foto anticipe el modo en que entraré en este tiempo nuevo que comienza con una nueva rivalidad futbolística destinada a convertirse en histórica: la de España e Italia.
sábado, 30 de junio de 2012
domingo, 10 de junio de 2012
¿El fin de una época?
Aún a riesgo de provocar una oleada
migratoria, he de decir que ser español en Italia es un chollo. De
hecho, creo que es difícil encontrar un país que despierte aquí
una simpatía más unánime: basta poco más que decir que eres español para que
cualquier italiano, de un modo sincero y sorprendentemente ajustado al tópico, prorrumpa en elogios sobre nuestras ciudades,
nuestras playas, nuestra vida nocturna, nuestras cañas y nuestras
tapas.
Pero no sólo nos admiran por cómo nos tomamos la vida: el mito de
España como país “joven y dinámico” de la primera década del
siglo, ese que llenó de jóvenes italianos las calles de Madrid y
Barcelona, aún pervive (aunque muchos de esos jóvenes están ahora
emprendiendo el viaje de vuelta con una historia muy distinta que
contar). Tal es así que en Milán, una ciudad que se siente mucho
más fea y gris de lo que realmente es, más de una vez me han
preguntado que qué cable se me ha cruzado para instalarme aquí.
Tanto elogio es bastante llevadero
porque no cuesta corresponder con otros: por ejemplo a mí me gusta
decir a los italianos que el italiano medio es más culto, más
educado y menos propenso al griterío que su admirado español medio.
Pero hay un aspecto en el que esta reciprocidad se rompe de modo
dramático: el deporte. Porque mientras que en Italia basta decir que
eres del país de la Roja para que los italianos empiecen a cantar
loas a la selección, al Madrid, al Barça y a Mourinho (sobre todo
si hablamos con uno del Inter, que lo recuerda como a aquella primera
novia), un español honesto como yo no tiene más remedio que
reconocer ante ellos que, deportivamente hablando, les detestamos.
A los italianos esta confesión suele causarles estupor, mientras que para un español esta asimetría tiene un origen tan evidente que no
hay que esforzarse mucho en explicarla. Así, mientras que cualquiera
de mi generación guarda un recuerdo lacerante del codazo de Tassotti
a Luis Enrique en el Mundial del 94, para los italianos aquel partido
no fue muy distinto de cualquiera de los disputados en las últimas
fases finales de los grandes campeonatos internacionales. Y lo mismo
podemos decir de aquella tanda de penaltys de infarto con la que les
superamos en cuartos en 2008 (y que celebramos como si fuéramos ya
campeones del mundo): para los italianos fue simplemente una derrota
asumible ante un rival que en el fondo les caía simpático.... En
definitiva, que las enemistades deportivas italianas van por
otro lado y tienen más que ver con aquel gol de Trezeguet y con el
cabezazo que le dio Zidane al povero Materazzi, y en nada
tocan a sus admirados españoles.
Esta es más o menos la situación a
día de hoy y me he decidido a ponerla por escrito porque, quién
sabe, puede que dentro de poco sea el testimonio de un mundo que
dejó de existir. Porque como quizás mis lectores sepan, esta tarde
se juega un España-Italia y mi intuición -ya se sabe la humildad
con la que los españoles afrontamos estas citas- es que les
vamos a meter un buen meneo. Y si bien es verdad que hay ciertos mitos
como el del país “joven y dinámico” que pueden perdurar incluso
cuando ya poco tienen que ver con la realidad, creo que una victoria
contundente puede convencer a mis queridos italianos de que hemos
dejado de ser esa simpática selección que casi siempre tenía la
delicadeza de no molestar más allá de cuartos. Veremos qué pasa.
sábado, 28 de abril de 2012
Mi bicicleta estática socialdemócrata
Pasan los años, la crisis sigue ahí y cada vez es más dificil prever qué ocurrirá en los próximos años. Pero hay algo de lo que podemos estar seguros, y es que en El País seguirán apareciendo regularmente artículos en los que se habla de cómo la socialdemocracia debe renovarse para contribuir a sacarnos del hoyo. Contra este fatal destino (el de tener que aguantar esta tabarra, quiero decir) parecía rebelarse José María Ridao, afirmando con gracia que estos artículos sólo están logrando "forjar una inane lengua de madera, sin otra utilidad que dar cuenta de la crisis de la socialdemocracia".
Dicho lo cual el agudo Ridao, como es natural, aprovecha el espacio para darnos su visión de la crisis que, por lo demás, es de una impecable ortodoxia socialdemócrata. Sus argumentos son conocidos: Ridao sostiene que todo lo ocurrido es consecuencia del programa de una revolución conservadora que ha acabado "generando los desequilibrios que han provocado la bancarrota del casino financiero y reducido a una situación de semiesclavitud a legiones de personas en los países más pobres y también en los más desarrollados; un programa que, para cerrar el círculo de la supuesta inexorabilidad, agitó el fantasma de la quiebra de los Estados de bienestar para terminar cuestionando la viabilidad de cualquier forma de Estado".
Los argumentos de Ridao son los mismos que me vengo encontrando en la prensa socialdemócrata desde hace cuatro años, gracias a los cuales creo que podría optar a un sillón de la Academia de la Lengua de Madera. Y constato, con melancolía, que tras tantos artículos, tras tanta detallada exposición de motivos desde distintos ángulos, siguen sin convencerme. Por supuesto algo iba mal en el sistema financiero cuando en 2008 estuvo a punto de irse al garete, y sólo la intervención decidida de los gobiernos pudo mantenerlo a flote. Hasta ahí, estamos de acuerdo. Pero decir que en los últimos treinta años se ha reducido a la semiesclavitud millones de personas es de una inexactitud flagrante si analizamos la evolución de China, de la India, de Brasil, e incluso del continente africano en su conjunto. De hecho, sólo considerando la evolución de estas economías (porque todos somos internacionalistas ¿no?) podremos ponderar mejor dónde nos ha llevado realmente ese programa desregulador, y entender si lo que necesitamos son unos ajustes o reconstruir el sistema desde los mismos cimientos. Y centrándonos en cuestiones locales, veo que en el análisis de las políticas de ajuste incluso el agudo Ridao no puede evitar caer en la falacia post hoc: que nos estemos enfrentando ahora a políticas de ajuste no quiere decir que éstas se deban sólo a los desaguisados financieros en los que nos metieron. De hecho, todavía no he encontrado en los últimos años ni un argumento claro que me convenza de que en Europa, con una población que es el 10% de la población mundial y que envejece rápidamente y pierde competitividad a pasos agigantados, realmente podemos pagar el nivel de vida que llevamos...
En fin, que al artículo de Ridao, que se deja leer, le pondría los mismos reparos que a muchos de esos artículos de los que habla en los últimos años. Ya ven: ando subido en una especie de bicicleta estática socialdemócrata, pedaleando afanosamente, leyendo muchos artículos de El País, sin avanzar en mis perplejidades. Pero qué más da: si va todo como nos dicen que irá, ganará Hollande y pronto podremos ver si recetas como las que propone Ridao nos sirven realmente para salir de la crisis.
Dicho lo cual el agudo Ridao, como es natural, aprovecha el espacio para darnos su visión de la crisis que, por lo demás, es de una impecable ortodoxia socialdemócrata. Sus argumentos son conocidos: Ridao sostiene que todo lo ocurrido es consecuencia del programa de una revolución conservadora que ha acabado "generando los desequilibrios que han provocado la bancarrota del casino financiero y reducido a una situación de semiesclavitud a legiones de personas en los países más pobres y también en los más desarrollados; un programa que, para cerrar el círculo de la supuesta inexorabilidad, agitó el fantasma de la quiebra de los Estados de bienestar para terminar cuestionando la viabilidad de cualquier forma de Estado".
Los argumentos de Ridao son los mismos que me vengo encontrando en la prensa socialdemócrata desde hace cuatro años, gracias a los cuales creo que podría optar a un sillón de la Academia de la Lengua de Madera. Y constato, con melancolía, que tras tantos artículos, tras tanta detallada exposición de motivos desde distintos ángulos, siguen sin convencerme. Por supuesto algo iba mal en el sistema financiero cuando en 2008 estuvo a punto de irse al garete, y sólo la intervención decidida de los gobiernos pudo mantenerlo a flote. Hasta ahí, estamos de acuerdo. Pero decir que en los últimos treinta años se ha reducido a la semiesclavitud millones de personas es de una inexactitud flagrante si analizamos la evolución de China, de la India, de Brasil, e incluso del continente africano en su conjunto. De hecho, sólo considerando la evolución de estas economías (porque todos somos internacionalistas ¿no?) podremos ponderar mejor dónde nos ha llevado realmente ese programa desregulador, y entender si lo que necesitamos son unos ajustes o reconstruir el sistema desde los mismos cimientos. Y centrándonos en cuestiones locales, veo que en el análisis de las políticas de ajuste incluso el agudo Ridao no puede evitar caer en la falacia post hoc: que nos estemos enfrentando ahora a políticas de ajuste no quiere decir que éstas se deban sólo a los desaguisados financieros en los que nos metieron. De hecho, todavía no he encontrado en los últimos años ni un argumento claro que me convenza de que en Europa, con una población que es el 10% de la población mundial y que envejece rápidamente y pierde competitividad a pasos agigantados, realmente podemos pagar el nivel de vida que llevamos...
En fin, que al artículo de Ridao, que se deja leer, le pondría los mismos reparos que a muchos de esos artículos de los que habla en los últimos años. Ya ven: ando subido en una especie de bicicleta estática socialdemócrata, pedaleando afanosamente, leyendo muchos artículos de El País, sin avanzar en mis perplejidades. Pero qué más da: si va todo como nos dicen que irá, ganará Hollande y pronto podremos ver si recetas como las que propone Ridao nos sirven realmente para salir de la crisis.
domingo, 22 de abril de 2012
Sobre Piazza Fontana y dos discursos paralelos.
Milán, 1968. En un aula abarrotada de la Università Statale, el multimillonario Giangiacomo Feltrinelli -camisa de cuadros, gafas de
gruesa montura negra, poblado bigote y revuelta la escasa cabellera- se
dirige a una entregada audiencia que mayoritariamente, como él, fuma: "El inminente golpe de estado en Italia seguirá un patrón
similar al del golpe de estado en Grecia... será necesario recurrir a la resistencia armada...".
Segrate, 1972: la policía identifica los restos de la víctima de una explosión. Se trata de Feltrinelli. Las investigaciones mostrarán que murió manipulando un explosivo con el que pretendía volar una de los cables de alta tensión que abastecen Milán. Una acción revolucionaria más que culmina una larga y rocambolesca lista que incluyó numerosas visitas a barbudos varios por Latinoamérica, así como su participación en el asesinato del cónsul de Bolivia en Hamburgo como venganza por el asesinato del Che Guevara.
Las dos escenas anteriores son de Romanzo di una Strage, la última película de Marco Tulio Giordana (el de La Meglio Gioventù), que nos habla sobre el misterioso atentado de Piazza Fontana. Una historia triste que contiene muchas historias tristes, como la conocida historia del anarquista Pinelli y la menos conocida historia del comisario Calabresi, que fue sobre quien quise escribir en un principio hasta que decubrí que otro madrileño que pasó por Milán ya lo había hecho, y bien, en Jot Down. Pero esta película no es sólo interesante por cómo desmenuza uno de los episodios más controvertidos de la reciente historia italiana, sino por el efectivo retrato que hace de la irrespirable atmósfera política de la Italia de aquellos años, denominados con insuperable precisión los años de plomo. Unos años en los que marxistas, filofascistas y miembros de las fuerzas de seguridad del Estado estaban atrapados en un endiablado mecanismo de acción y reacción, cada uno alimentado por una fatal convicción: los extremistas marxistas estaban fatalmente convencidos de que sólo una insurrección armada podría prevenir el inminente golpe autoritario que se acercaba; los filofascistas estaban fatalmente convencidos de que sólo un golpe autoritario podría frenar la inminente insurrección popular que acabaría de barrer los restos que quedaban del rígido orden social que añoraban; los que manejaban los hilos de la seguridad del Estado estaban fatalmente convencidos de que sólo manipulando sin escrúpulos a unos y a otros lograrían evitar el hundimiento del Estado, o su caída en la órbita de la URSS. Convicciones fatales que se alimentaban de una más elemental, común a todos los actores: la de ser los destinados a salvarnos de la barbarie, esa convicción fatal última por la que se reunían en habitaciones en penumbra para idear estrategias que alteraran el curso de la Historia, ese fin superior por el que valía la pena sacrificar algunos peones.
De todo esto me acordé hace exactamente una semana, en Barcelona, cuando (como mandan los cánones) ojeaba El País Semanal mientras tomaba el sol en una terraza eficientemente gestionada por unos chinos. Y ahí, junto a las últimas reflexiones de Rihanna, me encontré con un artículo de Juan José Millás - gafas de gruesa montura negra- quien, a cuenta de la famosa foto de Juncker y de Guindos se dirige a una audiencia que, como él, no fuma: "La gobernanza europea está llena ahora mismo de políticos ansiosos por aplicarnos la eutanasia ... Bruselas está llena de enfermeros psicópatas, de doctores Muerte .. los cadáveres somos nosotros, usted y yo ... Claro que las manos que lo aprietan tampoco son, pese a las apariencias, las del presidente del Eurogrupo, sino las de los nuevos golpistas, generales y coroneles del mundo financiero a cuyas órdenes trabajan los dos señores de la imagen...". Un discurso digno de Feltrinelli, es decir, un discurso digno de los años de plomo. Ignoro qué quiere decir que un artículo así aparezca en un diario como El País y que, por fortuna, el mundo siga su curso como si nada. Lo que sí que sé es que es el artículo de Millás sólo sirve para profundizar en nuestra ignorancia y en nuestra intransigencia; para acercarnos, en definitiva, al espíritu de los años en los que transcurre Romazo di una strage.
Segrate, 1972: la policía identifica los restos de la víctima de una explosión. Se trata de Feltrinelli. Las investigaciones mostrarán que murió manipulando un explosivo con el que pretendía volar una de los cables de alta tensión que abastecen Milán. Una acción revolucionaria más que culmina una larga y rocambolesca lista que incluyó numerosas visitas a barbudos varios por Latinoamérica, así como su participación en el asesinato del cónsul de Bolivia en Hamburgo como venganza por el asesinato del Che Guevara.
Las dos escenas anteriores son de Romanzo di una Strage, la última película de Marco Tulio Giordana (el de La Meglio Gioventù), que nos habla sobre el misterioso atentado de Piazza Fontana. Una historia triste que contiene muchas historias tristes, como la conocida historia del anarquista Pinelli y la menos conocida historia del comisario Calabresi, que fue sobre quien quise escribir en un principio hasta que decubrí que otro madrileño que pasó por Milán ya lo había hecho, y bien, en Jot Down. Pero esta película no es sólo interesante por cómo desmenuza uno de los episodios más controvertidos de la reciente historia italiana, sino por el efectivo retrato que hace de la irrespirable atmósfera política de la Italia de aquellos años, denominados con insuperable precisión los años de plomo. Unos años en los que marxistas, filofascistas y miembros de las fuerzas de seguridad del Estado estaban atrapados en un endiablado mecanismo de acción y reacción, cada uno alimentado por una fatal convicción: los extremistas marxistas estaban fatalmente convencidos de que sólo una insurrección armada podría prevenir el inminente golpe autoritario que se acercaba; los filofascistas estaban fatalmente convencidos de que sólo un golpe autoritario podría frenar la inminente insurrección popular que acabaría de barrer los restos que quedaban del rígido orden social que añoraban; los que manejaban los hilos de la seguridad del Estado estaban fatalmente convencidos de que sólo manipulando sin escrúpulos a unos y a otros lograrían evitar el hundimiento del Estado, o su caída en la órbita de la URSS. Convicciones fatales que se alimentaban de una más elemental, común a todos los actores: la de ser los destinados a salvarnos de la barbarie, esa convicción fatal última por la que se reunían en habitaciones en penumbra para idear estrategias que alteraran el curso de la Historia, ese fin superior por el que valía la pena sacrificar algunos peones.
De todo esto me acordé hace exactamente una semana, en Barcelona, cuando (como mandan los cánones) ojeaba El País Semanal mientras tomaba el sol en una terraza eficientemente gestionada por unos chinos. Y ahí, junto a las últimas reflexiones de Rihanna, me encontré con un artículo de Juan José Millás - gafas de gruesa montura negra- quien, a cuenta de la famosa foto de Juncker y de Guindos se dirige a una audiencia que, como él, no fuma: "La gobernanza europea está llena ahora mismo de políticos ansiosos por aplicarnos la eutanasia ... Bruselas está llena de enfermeros psicópatas, de doctores Muerte .. los cadáveres somos nosotros, usted y yo ... Claro que las manos que lo aprietan tampoco son, pese a las apariencias, las del presidente del Eurogrupo, sino las de los nuevos golpistas, generales y coroneles del mundo financiero a cuyas órdenes trabajan los dos señores de la imagen...". Un discurso digno de Feltrinelli, es decir, un discurso digno de los años de plomo. Ignoro qué quiere decir que un artículo así aparezca en un diario como El País y que, por fortuna, el mundo siga su curso como si nada. Lo que sí que sé es que es el artículo de Millás sólo sirve para profundizar en nuestra ignorancia y en nuestra intransigencia; para acercarnos, en definitiva, al espíritu de los años en los que transcurre Romazo di una strage.
lunes, 9 de abril de 2012
El cuaderno cumple un año
Acordarse de los aniversarios con unos días de retraso tiene un punto de pimienta adicional: el que da la sorpresa, sólo alcanzable cuando ya se había perdido la esperanza. La excusa no es demasiado buena (apúntensela por si acaso) pero viene a cuento, porque entre unas otras cosas y otras se me había pasado el aniversario de este cuaderno. Para celebrarlo en plan cuantitativo he decidido meter lo escrito en uno de esos contadores de palabras y el resultado es el que pueden ver aquí:
El lugar destacado del "si" confirma mis esfuerzos por hacer esa cosa tan demodé de partir de unas premisas e intentar derivar las consecuencias lógicas sin contradecirme. Pero también tenemos una buena dosis de "parece", porque tampoco es que esté muy seguro de probar teoremas con mis entradas. Veo que Milán e Italia está tan bien representados como Madrid y España, aunque creo que es engañoso: hablé bastante de Milán al principio, en esos días en los que te estás habituando a una ciudad y caminas por las calles sin saber dónde está el norte, pero bastaron unas semanas de viajes en metro y en tranvía rodeado de rumanos y cingaleses para volver a sentirme como en casa y hablar de España, de lo que se cocía en Sol y de un tema del que tengo tan poco idea como es la economía. Como si escribiera este cuaderno desde Madrid, vamos.
Para ser un blog que no tiene más objetivo que satisfacer mi impulso ocasional de escribir, he escrito más de lo que esperaba: 44 entradas, casi una semanal. Veremos si sigue así, porque mientras tanto se ha cruzado en mi camino twitter, que permite una satisfacción rápida, fácil y casi sin esfuerzo del mismo impulso, y me paro deliberadamente antes de que la metáfora se me vaya de las manos. Pero este blog, aunque cueste creerlo, también pretende ser un ejercicio de eso tan difícil que es escribir con ligereza, como imagino que debe de escribir Severgnini: como si tocara el piano, pulsando poco la tecla de borrado. Esta misma entrada me confirma que estoy aún lejos de conseguirlo, así que creo que el cuaderno seguirá abierto durante bastante tiempo.
miércoles, 21 de marzo de 2012
Grieguerías
El trabajo ofrece posibilidades interesantes como que, de un día para otro, se una al grupo un griego. O que poco después aparezca entre nosotros una joven iraní. Vamos, que estamos cerca de crear un microcosmos que reproduzca los puntos calientes de la actualidad global. Como comprenderán, esto es una mina para alguien que se supone interesado en casi cualquier asunto de la actualidad planetaria, como el que escribe este blog.De momento sólo he tenido tiempo de dar la brasa al griego (entenderán que para llegar a Ahmadinejad hay que proceder con más tacto). Tras los circunloquios de rigor (y tú de quién eres, etc...) entré directamente en materia: amigo, qué me cuentas de Grecia. Y como suele ocurrir, acudir a las fuentes tiene su interés. Nuestro griego me dijo que los problemas de su país se deben esencialmente a que sus políticos les han robado: tras escucharle, y con lo que sé de los países que tengo más a mano, puedo hacer un informe parcial del descrédito de la clase política en los países GIPSIs y decir que en España, siendo alto, es menor que en Italia, pero en ambos casos parece menor que en Grecia. También me comentó mi paciente interlocutor que parte de los problemas económicos de Grecia, en su opinión, se deben al desmantelamiento de buena parte de su industria por la competencia con productos alemanes que siguió al ingreso en el mercado común europeo, y con los chinos después. Ya saben, el libre comercio, con sus pros y sus contras: uno de esos debates a los que sin duda se presta menos atención de la que merece.
Pero nuestro griego parecía optimista, y convencido de que las cosas irán a mejor. De hecho me comentó que estaba razonablemente satisfecho con el pacto que había logrado el gobierno griego con sus acreedores. No es para menos: he escuchado varias veces últimamente decir que con Grecia, como víctima de los despiadados mercados, lo único justo sería hacer borrón y cuenta nueva, y seguramente él era de la misma opinión. No seré yo quien lo niegue, pero sí que tengo claro algo: dar a los prestamistas menos de la mitad de lo que se les debe no equivale a volver a la casilla inicial, pero desde luego se le parece.
sábado, 3 de marzo de 2012
La ficción y yo
...adolecía de falta absoluta de experiencia de la vida...siempre fue poco comunicativo y no leyó nunca novelas.
Stendhal.
Stendhal.
Me está pasando eso que algunos dicen que pasa con los años: cada vez me cuesta más engancharme a las novelas. O mejor: últimamente (y lo digo entusiasmado por el inicio de The Blank Slate de Pinker) disfruto mucho más con los ensayos. Paralelamente, he advertido que mi interés por el cine está también decayendo, o sea que usaremos la palabra de nuestro tiempo y diré que para mí la ficción está claramente en crisis. Y me parece una mala noticia, porque recuerdo haber disfrutado mucho leyendo novelas y viendo películas y no está la vida como para andar perdiendo goces o para que éstos se vuelvan más infrecuentes. Pero el proceso parece imparable.
El caso es que creo haber entendido los motivos. Hace tiempo que creo que lo fundamental para que una ficción nos atrape -esté ésta ambientada en la actualidad o hace mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana- es que sus integrantes respeten ciertas reglas (paradójicamente) no escritas sobre el comportamiento humano. El respeto a estas reglas afecta tanto a la verosimilitud del argumento como a nuestra capacidad de creernos a los personajes. Estas reglas probablemente las vamos elaborando poco a poco a fuerza de observar lo que ocurre a nuestro alrededor, ya saben, el espectáculo de las pasiones humanas: nos da igual que el Halcón Milenario haga un improbable estruendo al dar sus no menos improbables saltos a la velocidad de la Luz, pero nos resultaría intolerablemente inverosímil que Luke no se turbara al saber que Leia es su hermana. Con los años vamos refinando nuestro personal conjunto de reglas y, paralelamente, vamos creyendo (justificadamente o no) que nuestras reglas son las buenas, porque nos sirven para entender algo mejor los comportamientos de los que nos rodean. De modo que no es extraño nos volvamos gradualmente intolerantes con las ficciones que no las respetan, y así el número de las que logran pasar nuestros filtros de verosimilitud decrezca paulatinamente.
Por supuesto, un escritor de talento es capaz de llevar las reglas al límite y lograr que la cosa funcione. Hace no mucho Josepepe señalaba con su gracia y concisión habituales que en “Los Enamoramientos” de Marías el argumento no acababa de cuadrar, pese a que historias similares pero más inverosímiles (propias del Almodóvar actual) podían encontrarse en la prensa. En este caso hemos de decir que estamos ante una ocasión perdida por el escritor, máxime cuando él mismo fue capaz de hacerme tolerable durante muchas (muchísimas) páginas la existencia de una división del MI5 encargada de hacer predicciones sobre personas basadas en el escrutinio de sus rostros...
Pero insisto, todo lo anterior se refiere a lo que necesita una ficción para atraparme, para poder alcanzar ese gozoso ensimismamiento tras el que uno, al salir del cine, podía decir aquello de “me he metido en la película”, y que se ha vuelto tan infrecuente. Por suerte, creo que aún me queda la capacidad de disfrutar con otros elementos de una ficción: lo que nos enseña su decorado histórico, político o social, con una descripción precisa de un sentimiento o de una idea, con una reflexión acertada sobre lo que se está contando, con las muestras de ingenio o con una sabia administración de la ironía. Pero son estos placeres de un orden inferior. Quizá añorar lo otro, ese modo total de disfrutar con una novela o con una película, no sea más que añorar la infancia y la capacidad de sentir un escalofrío cuando aquel tipo vestido de plástico negro (con la voz de Constantino Romero) le dijo al héroe aquello de: “yo soy tu padre”.
viernes, 10 de febrero de 2012
Hipótesis sobre un silencio

Leo en la prensa española que Roberto Saviano ha pasado estos días por España. Y cuando escribo estas líneas, parece que aún no ha dicho nada sobre la condena a Garzón. Seguro que oportunidades no le han faltado: ¡incluso ha estado a tiro de Gabilondo! Esto podría resultar llamativo a primera vista, pues Roberto Saviano es lo que podríamos llamar un tipo de izquierdas: recordemos, por ejemplo, que en su muy recomendable "Gomorra" nos dice más o menos implícitamente que la degeneración del crimen organizado es poco menos que un corolario del capitalismo; o que hace no mucho estuvo en Nueva York y habló para los jóvenes de Occupy Wall Street. Sin embargo, no ha dicho nada sobre esa condena que ha soliviantado a buena parte de la izquierda española, y mi apuesta es que no lo hará. Y tengo una hipótesis al respecto.
Debo decir que a Roberto Saviano le conozco mejor desde que estoy en Italia, entre otras cosas porque es fácil econtrarse con él en televisión: sin duda es uno de los intelectuales más mediáticos de la Italia actual. Y muy merecidamente, en mi opinión. No sólo porque es -digámoslo sin ambages- un héroe cívico desde que, siendo un chaval de veintitantos años, escribió "Gomorra", colocando así bajo los focos de la opinión pública a la criminalidad organizada que parasita las energías del sur de Italia; un libro que le ha condenado a vivir con cinco carabinieri que le siguen allá donde va para evitar que acabe como Falcone o Borsellino. Es además un excelente orador, que se expresa con una precisión y una contundencia admirables y que, con el aplomo de los valientes y con su inconfundible gesto serio dibujado bajo un imponente cráneo (un cráneo-de-intelectual, sin duda) aprovecha cada ocasión que tiene para darnos un detallado parte de la interminable guerra contra esa compleja enfermedad de las sociedades modernas que es el crimen organizado.
Por suerte tanto para los que le seguimos como para él mismo, Saviano no ocupa todas sus energías en la disección de las mafias. Hace dos semanas habló de los poemas de Wislava Szymborska, haciendo que sus libros se vendieran como rosquillas. Y, cómo no, también se ha convertido en una voz autorizada que se pronuncia con contundencia e inteligencia sobre la política italiana e internacional. Por ejemplo, pude ver hace poco cómo evitaba cuidadosamente cualquier guiño demagógico y reconocía el valor de las reformas del Gobierno Monti, subrayando de paso su legitimidad. Porque en Saviano siempre encontramos a un defensor acérrimo de las instituciones, que nos habla de la importancia capital de fortalecer el Estado de Derecho: es la actitud lógica de un hombre que ha sido testigo de cómo allá donde el imperio de la ley no llega, quedamos a merced de los bárbaros. Cabe decir, además, que la actitud de Saviano no es minoritaria en la izquierda italiana, entre otras cosas porque durante años ésta ha padecido al tóxico Berlusconi, un tipo que se mofaba abiertamente de las leyes y de los que las respetaban.
Así que imagino que Saviano, al saber que el más alto tribunal español había sancionado (con razón, creo yo) al mediático juez Garzón (al que sin duda conoce), se le habrán pasado por la cabeza varias cosas, pero de ningún modo habrá contemplado la posibilidad de unirse al coro que ha decidido poner en duda la legitimidad del tribunal y de la sentencia. Porque sabe que eso equivale a dar armas al enemigo con el que lucha desde hace años. Y de ahí su silencio.
Ojalá Saviano se decida a poner algo por escrito sobre este asunto. Aunque sea para que yo sepa si mi aventurada hipótesis tiene algo de cierto.
jueves, 2 de febrero de 2012
Centro de gravedad
Un hombre atraviesa las calles de la ciudad arrastrando los pies sobre la nieve - si así puede llamarse a lo que ésta queda reducida tras ser pisoteada implacablemente durante una larga jornada- y entra en una pizzería. "Due pizze da portar via", dice, y se sienta a esperar que el pedido esté listo. Está demasiado cansado como para fijar su atención en un pensamiento concreto, de modo que deja que ideas fugaces, ecos de los días recientes, se sucedan aleatoriamente mientras juega con las miguitas que hay sobre la mesa: Piensa que un gobierno puede dar muestras pavorosas de meapilismo y al mismo tiempo tener el coraje de meter mano a los caciques locales. Piensa que en algo hemos retrocedido cuando un arribista como Julien Sorel hoy no sería posible. Piensa que buenas razones hay para que las naciones gasten más y buenas razones hay para que las naciones gasten menos . Piensa en las desigualdades y en qué deberíamos hacer con los extremadamente ricos. Piensa en cómo esa prodigiosa criatura multicefálica que es la Ciencia no siempre sabe ser generosa con los valientes...así hasta que, quizá por casualidad, el hilo musical de la pizzería logra colarse entre tanto fogonazo. Y entonces, muchos años y muchas coñas después, una canción cobra sentido.
sábado, 14 de enero de 2012
Teología playera
Hay varios motivos por los que vale la pena seguir a Arcadi Espada, pero uno de ellos es las pistas sobre las que coloca a sus lectores. Por ejemplo, hace unos días colgaba en su blog un texto sobre el libre albedrío del biólogo Jerry A. Coyne. El artículo, aun siendo interesante, flojeaba a varios niveles, como mostró minuciosamente Tsevan Rabtan en JotDown. Mi impresión, además, es que lo del libre albedrío es una de esas cuestiones tan grandes que aún no hemos sabido formular adecuadamente, si bien no descarto que sea posible hacerlo: quizás sólo tengamos que esperar que aparezca un Gödel capaz de ponerle el cascabel a este gato. Lo más llamativo para mí del texto fue que Coyne, un biólogo del s. XXI (¡con casi un siglo de Física Cuántica a nuestras espaldas!) tenga una visión puramente determinista de la Física, y ya sabemos lo probable que es acabar diciendo chorradas partiendo de fundamentos endebles. Pero, ojo, también es posible acabar desvariando partiendo de bases más sólidas. Y lo digo porque todo este debate me ha traído a la cabeza una idea que me vino un día de playa mientras jugueteaba con unas piedrecitas, que es en realidad sobre lo que me apetecía escribir.
Era probablemente uno de esos días en los que de tanto darte el sol en la cabeza puedes acabar creyéndote Borges, por lo que consideras que un buen pasatiempo es pensar en la idea de Dios y en el Universo, y acabas -como yo- ideando una estrafalaria teología. Su fundamento es la idea del efecto mariposa o la "dependencia sensible en las condiciones iniciales", ya saben: eso de que un aleteo de mariposa en Almería puede provocar un Huracán en Hong Kong. Pues bien, el Dios de esta teología (al que podemos imaginarnos tranquilamente como un tipo con barba blanca), hecho de la misma materia que el Universo, se dedicaría a aplicar aquí y allá frenéticamente las pequeñas perturbaciones (esos aleteos de mariposa) que necesariamente acaban desembocando en los grandes eventos que condicionan las vidas de todos y cada uno de nosotros, ante los que nuestra capacidad de decidir es nula, como que nos pille un trolebús o que nos crucemos con Mila Jovovich por la calle y nos encuentre súbitamente irresistibles. Este Dios mínimamente intervencionista (quizá por ello del gusto del Tea Party) podría elegir perturbaciones que nunca pudieran ser detectables para los humanos, al lado de las cuales un neutrino es un tranvía: seríamos marionetas incapaces de ver los hilos que nos manejan. Obviamente el instrumental requerido para la tarea de controlar el destino de todos los terrícolas estaría escondido en un rincón del Universo inalcanzable para criaturillas como nosotros.
Creo que la moraleja de esta teología, que siendo materialista se ventila el problema de la sustancia de Dios, y que hace irrelevante el problema del libre albedrío, está clara: cuando vayan a la playa, procuren llevarse una sombrilla.
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