sábado, 15 de diciembre de 2012

Joder con la naturaleza humana

La lectura del año ha sido The Blank Slate, de Steven Pinker. Tan bueno es, que debería empezar este texto imitando lo que decía Cercas a propósito de Bolaño y, si no lo han leído, decirles que dejen inmediatamente de leerme y salgan corriendo hasta la librería más cercana y que se hagan con dos ejemplares ahora mismo (uno para su inmediata lectura y uno de reserva, por si las moscas). El libro de Pinker esencialmente cuenta cómo la ciencia está cambiando nuestra visión de la naturaleza humana y el mensaje fundamental es el siguiente: no somos una tabula rasa, sino una mezcla de nature (genes, o, actualizándolo a 2012, genes y DNA no codificante) y nurture (nuestro entorno, la educación). El resultado es que nuestra naturaleza es tozudamente imperfecta, y la consecuencia política es clara: en muchas ocasiones no tendremos más remedio que encontrar compromisos entre valores, por ejemplo entre libertad e igualdad, porque nunca podremos ser como el Hombre Nuevo que anhelan los totalitarios. Y es en ese terreno donde debería situarse el debate político racional, en la búsqueda del compromiso más razonable. Pinker sostiene además que el éxito del capitalismo o de nuestros Estados de Derecho se debe a que son sistemas que tienen en cuenta nuestras imperfecciones, como nuestros impulsos egoístas o vengativos, y por eso logran compromisos mejorables, pero razonables, que los han hecho exitosos. Hasta que se nos ocurra algo mejor, o hasta que logremos entender en toda su profundidad las soluciones mágicas que nos proponen insistentemente los gurús pero que de momento - ay- nos parecen intolerablemente romas, no tenemos nada mejor para ir tirando.

Pensaba ayer en Pinker (como creo que me ocurrirá muchas veces en el futuro) mientras volvía a casa leyendo El Sueño de Celta, en concreto la parte donde se describen las atrocidades cometidas a inicios del siglo XX en la amazonia del Perú por la industria cauchera. Episodios todos ellos espeluznantes, quizás más por la credibilidad que le doy a Vargas Llosa (¿quién más creíble que un férreo defensor del libre comercio para explicarnos sus abusos?). Los relatos del terrible sufrimiento infligido a los indígenas son ejemplos de cómo se puede desenvolver el animal humano allá donde no llega la ley, o mejor, allá donde no hay contrapesos que puedan frenar nuestros peores impulsos... pues bien, en esto pensaba yo hasta que llegué a casa y abrí con indolencia de viernes la web del periódico y me encontré con que un tipo de Connecticut había matado a veinte niños, uno detrás de otro. Siete adultos, sí, pero también veinte niños. Uno detrás de otro. Ante noticias así, pensé, da igual lo aprendido leyendo a un agudo profesor de Harvard, o haber sabido gracias a un hábil novelista de las atrocidades cometidas contra los indígenas del Putumayo. Yo, al menos, no doy más que para una reflexión: Joder con la naturaleza humana.

sábado, 8 de diciembre de 2012

La página de El País siempre abierta

Concluida la reunión salimos a tomar el fresco A. y yo con N., un viejo amigo mío al que hemos ido a visitar a Lausanne. Hablamos entre otras cosas del impresionante edificio Rolex,  que según N. es una gigantesca broma de los arquitectos japoneses que decidieron darle forma de loncha de queso Emmental. Y le pregunto cómo es su vida a caballo (o más bien, en ferry) entre dos países, porque N. vive en Francia, al otro lado del lago. Me dice que en verdad está más informado de lo que pasa en España que de lo que ocurre en sus países de acogida, y le contesto que a mí me pasa exactamente lo mismo. "Como Sámuel, siempre con la página de El País abierta", interviene A., y hago notar jocosamente a N. que ha dicho El País y no El Mundo, acaso en contra de lo que pudiera pensar un silencioso lector de este blog como él (aprovecho para mandar un saludo a esa - apabullante, lo sé- mayoría silenciosa). 

Porque sigo leyendo El País, claro. Por ejemplo para cabrearme con Millás, que sigue escribiendo esas columnas campanudas suyas en las que equipara al Estado con las mafias y que está pidiendo a gritos que le organicen un encuentro con Saviano para que le explique la diferencia. O para cabrearme con un Editorial que invierte un párrafo entero en criticar el mejorable intento de Wert de corregir el absurdo lingüístico en los colegios catalanes,  olvidándose de la intolerable actitud de los partidos nacionalistas que están dispuestos a saltarse la ley con tal de mantener en pie ese absurdo (como llevan haciendo años con las sentencias del Supremo).  Pero no todo son cabreos, gracias en parte a sospechosos habituales como Savater quien, con esa combinación insuperable de ironía y ligereza suya, nos advirtió hace poco del imparable ascenso de los mentecatistas (buen nombre para una secta). O gracias a Félix Ovejero, probablemente la voz más atendible de la izquierda española (y que en Cataluña, naturalmente, apoya a Ciutadans), que hace poco recordaba razonadamente cuál es el sentido de una huelga general. En definitiva, merece la pena tener la página de El País siempre abierta, aunque sea para poder aprovechar la ocasión de comentar lo leído con N. tomando un vin chaud.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Bersani - Renzi a vuelapluma

Ayer vi el Bersani-Renzi. Difícil decidirse aunque para qué, si yo no voto (de momento). Ganará Bersani porque es el hombre del partido y tiene virtudes importantes, como su amplia gestión, su indudable temple y su sentido de la responsabilidad, del que ha dado prueba apoyando a Napolitano y a Monti. Lo que menos me gustó fue su insistencia en la necesidad de abrirse a la izquierda (Vendola) y al centro católico (con el veleta Cassini), los dos flancos por los que fueron derribados los dos últimos gobiernos de Prodi.

De Renzi me gusta su rotundidad y su claridad, cualidad que suele ir de la mano (ay) con que las almas blancas te consideren de derechas. Pero detecto en él una tendencia al eslogan que me rechina. De nuevo usó la palabra startup y hubo un momento impagable en que sacó una portada del Economist de 2005 en la que se decía que Italia ya era entonces un problema (para argumentar, como él suele hacer, que en Italia las cosas se han hecho mal los últimos años y el centro-izquierda tiene algo que ver). Pero vamos, será primer ministro de Italia en el futuro, una vez que pase la década de líderes de perfil bajo que necesita este país para curarse del berlusconismo (como poco). 

Los dos hablaron de unos futuros "Estados Unidos de Europa". Ninguno habló de los derechos de las parejas homosexuales.

Actualización: Argh, esto me pasa por escribir a vuelapluma: Me comenta un colega (al que el tema le afecta directamente) que los candidatos dedicaron al tema gay los últimos instantes: Bersani, a favor de una ley a la alemana; Renzi, más derechos sí, pero de la palabra matrimonio o de adopción ni hablamos. El joven renovador en el fondo todavía es un scout: la maldición de Italia.

martes, 27 de noviembre de 2012

Un domingo, dos elecciones.

Este blog va al ritmo que va por varios motivos, pero por uno principal: para escribir una entrada generalmente no necesito un tema, sino dos (por lo menos), y lo que escribo básicamente plasma mi "proceso-de-dejarme-los-cuernos" para intentar hilvanar una conexión decente. Últimamente me han pasado por delante de las narices temas razonablemente hilvanables, pero lo que me ha faltado es tiempo para ponerme con ello. Sin embargo,  anteayer leí a Juan Goytisolo en El País y me dije: ¿por qué no emularle y escribir una entrada picoteando varios temas? Las ventajas son múltiples: puedes dar rienda suelta a la ironía e incluso ponerte metafórico, el género te evita tener que entrar en engorrosas profundidades  y, aprovechando la confusión, puedes dejar caer de rondón alguna pequeña miseria como que no te cae del todo mal el tirano El Asad, ese dique antioccidental, y seguramente nadie te lo reprochará.  Todo son ventajas. Pero quizás sea mejor dejar estos batiburrillos a especialistas como el propio Goytisolo o Manuel Rivas y hacer lo de siempre. Hablemos, pues, de las dos elecciones de ayer, intentando hilvanar el asunto un poco.

De las elecciones catalanas extraemos una conclusión principal: que el Padre Fundador Mas no tiene toda la fuerza que se requieren para abrazarse con su pueblo, con lo que tiene que cansar eso (ya cuenta el Rey que pasarse la tarde apretando manos es extenuante, así que imagínense). El tema resulta tan coñazo que yo ya he optado por dar rienda suelta a mi verborrea en los foros de la prensa internacional y así, por lo menos, pulo mi inglés. Y haciéndolo creo que he descubierto por qué tantos catalanes quieren separarse de España, porque pocas cosas me han convencido más de que  Catalonia is different que la proporción tan alta de partidarios de la secesión que encontré en los comentarios del Economist. Pero no nos engañemos: aunque uno se vaya por ahí, al final se repiten los patrones de siempre: por un lado están los convencidos de ser un pueblo oprimido, con los que sólo puede uno intentar razonar si tiene mucho tiempo libre, y luego están los que critican la "contraproducente" cerrazón mental de los que no se pliegan a las exigencias nacionalistas, sin ver que tan contraproducente es no dedicar ni un segundo a criticar la cerrazón de los que plantean exigencias a las que otros hemos de plegarnos. Pasado el 25N, en fin, queda claro que frente al coñazo nacionalista no hay milagros y no queda más remedio que aplicarse a un tarea igual de coñazo: la de desmontar la provinciana, egoísta y reaccionaria fábula nacionalista.

También fue ayer día de elecciones en Italia, donde se elegía al candidato del Partito Democratico a las elecciones, que por extensión será un candidato claro a liderar la Italia post-Monti. Eso será si en el post-montismo no está el propio Monti, porque cuando se le pregunta últimamente por el tema al primer ministro se le pone tono de oráculo que, naturalmente, hace que cualquier predicción sobre este asunto resulte poco fiable. Ganó el Secretario General (con mayúsculas de excomunista) Bersani, que es tan chispeante como Monti si al excomisario europeo le quitamos la ironía British, y quedó segundo el alcalde de Florencia Renzi, que si no fuera porque es un boy scout resultaría casi creíble con su discurso startup. Se medirán en la segunda vuelta el próximo domingo, y he leído por ahí que al primero lo votarán los que prestan atención a las instrucciones de seguridad en los vuelos, y al segundo lo votarán los que aplauden cuando el avión ha tocado tierra.  Lo que necesita Italia, vamos: veremos qué pasa. Lo que está claro es que aunque en ocasiones, como este domingo, los líderes quizás no estén a la altura de lo que les exige la Historia, no hemos de perder la esperanza en la capacidad de los pueblos - del catalán, del italiano, del padano o de cualquier otro de los pueblos de Europa- para superar las mediocres circunstancias políticas y las rigideces  normativas del sistema, encontrando resquicios a través de los que poder dar salida a su creatividad.


sábado, 10 de noviembre de 2012

Obama y las zonas de sombra


Al final ganó Obama, seguramente gracias a tanto ilustre endorsement, aunque hay quien sostiene que el que inclinó la balanza fue el mío (lanzado al Universo poco antes de entrar en mi apacible invierno tuitero). Podría decir que mi endorsement está basado en los logros del presidente demócrata en distintos campos, pero en realidad se debe fundamentalmente a uno: que Obama no sólo ha escrito varios libros, sino que ha conseguido que me lea uno de ellos, The Audacity of Hope. Recuerdo que lo compré en un aeropuerto de EEUU en 2009, cuando la obamamanía empezaba a declinar (yo, como siempre en la cresta de la ola). Lo leí en un santiamén, y esto es lo que dejé en mi diario de lecturas al respecto (ojo a lo campanudo que me pongo cuando me dirijo a mí mismo):

"...de esta obra autobiográfica emerge la figura de un hombre dispuesto a afrontar los problemas con honestidad, capaz de ver las debilidades de sus propios argumentos y la fortaleza de los que usan aquellos con los que  habitualmente discrepa, que tiene un inequívoco afán por basar sus decisiones en el sentido común (y en argumentos cuantitativos si es posible) porque entiende que éste es el único modo de afrontar los problemas de un mundo tan complejo como el nuestro. Un racionalista, vaya..."

¡Un racionalista en la Casa Blanca! No se trata sólo de que sea un hombre cultivado, como señala Arcadi (a quien le asoma por las costuras el socialdemócrata que lleva dentro cada vez que habla del amigo Barack Hussein): creo que uno puede saberse los clásicos grecolatinos al dedillo y sin embargo ser totalmente incapaz de mantener un debate medianamente racional sobre cualquier argumento. Del mismo modo (poniendo un ejemplo provinciano) uno puede saber un porrón de la Guerra Civil española, de la preguerra y de la posguerra  y al mismo tiempo ser incapaz de entender que se le pregunte a un aseado parlamentario izquierdista de una de las regiones más ricas de España por su apoyo a un posible proceso de secesión y no tanto por los recortes, cuando esa secesión necesariamente provocaría más recortes o cosas peores. Basta seguir de cerca a estos opinadores profesionales para convencerse de que la capacidad de argumentar siguiendo los principios de la Lógica, siendo coherente con las propias premisas y reconociendo que los propios razonamientos tienen zonas de sombra que nos obligan a considerar otros puntos de vista, no está tan extendida.  

Cómo se entrena esa capacidad, si es que puede entrenarse, no lo sé. Quizás el mejor entrenamiento es enfrentarse a opiniones inteligentes distintas a las nuestras, como sostiene el amigo Tsevanrabtan. En cualquier caso es una cualidad deseable, especialmente para alguien que debe tomar decisiones de las que dependen las vidas de millones de personas. Y yo, desde que leí The Audacity of Hope, creo que Obama sí la posee. Y creo que para convencerse de ello no hace falta leer su libro: basta escuchar alguno de sus discursos y notar que  siempre suelta algún mensaje que parece pillar con el paso cambiado a su audiencia. Ahí está implícito el valioso reconocimiento de que sus propias ideas son mejorables, de que en ellas existen zonas de sombra.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Derby d'Italia

De entre los innumerables derbys que hay en Italia, que acaso son reflejo de aquella Italia de pequeñas guerra intestinas de la que habló Maquiavelo, sólo uno es el derby de Italia y es el Juve- Inter. O dicho de otro modo, i gobbi contra i bauscia. Merece la pena detenerse en estos motes. Al parecer los de la Juve son gobbi por unas camisetas que lucieron  hace décadas y que al correr se abombaban por la espalda, dando a los jugadores apariencia de jorobados. La historia no me convence. Mi teoría es que el mote ha calado porque la chepa, como sabemos desde Andreotti (o sea, desde hace siglos), es rasgo de conspiradores,  y si de algo tienen fama la Juve (desde mucho antes de Moggi) es de ser tratada sospechosamente bien por los árbitros. Los del Inter, por contra, son bauscia por ser milaneses: el bauscia es ese hombre hecho a sí mismo típicamente milanés, que inevitablemente es un tanto bocas. Bauscia es el tiffoso, no así el principesco Moratti, con sus melenita (¡ligera pero estática!) de aristócrata y su piñata robusta y blanca como el mármol de Carrara, un hombre que hacía equipos de playstation cuando la playstaton aún no existía y que tuvo la idea genial de fichar a Mourinho para que cumpliera su destino manifiesto y nos evitara la afrenta de ver al Barça levantar una Champions en el Bernabeu.


Por Moratti, pues,  somos del Inter. Y por eso me alegré de la victoria de ayer, la primera importante tras una larga depresión postmourinho. La Juve llegaba con cuatro puntos de ventaja tras 49 partidos imbatida: una temporada y pico avasallando con su juego, que consiste en que Pirlo mande pases milimétricos hacia los que siempre corre alguien. El Inter es un equipo a medio hacer, con algunos jugadores jóvenes y con un Cassano cada día más currorromero pero, amigos, se plantó ayer en Turín con su columna vertebral argentina intacta: mi tocayo el rocoso Samuel, el mítico Zanetti con sus pantalones cortos de jugador de otra época (que es exactamente lo que es), el pícaro Cambiasso y "el príncipe" Milito, junto a la nueva adquisición, Palacio, un argentino con trencita. Así que, tras el primer gol de la Juve, que partía de un clarísimo fuera de juego que a alguien le habrá costado una chepa, y superada la zozobra inicial, empezaron a tomar el control del partido de un modo admirable, dando una lección de fútbol canchero, con ese punto competitivo de los argentinos que uno siente cuando ve a Milito celebrar los goles cerrando los puños. Un doblete del incombustible goleador y la puntilla de Palacio sirvieron para abrir un scudetto que muchos consideraban visto para sentencia. Garantizando, de paso, que esta temporada todavía nos queda por ver otro buen derby d'Italia.

domingo, 21 de octubre de 2012

Jesús Ferrero, once años después

Un domingo de octubre de hace once años mi padre me acompañó a tomar el tren Goya para París, adonde iba a estudiar por un año.  No sé muy bien quién era yo por entonces, pero sí recuerdo llevar conmigo una imagen mental de mi ídolo de juventud, Henry Miller, paseando en sombrero y gabardina por la orilla del Sena. Desconozco el origen de esa imagen, de hecho ni siquiera tengo claro que  Miller usara sombrero y gabardina ni que le gustara pasear, pero sí tenía claro que se había hinchado a follar en París, y quizás eso es lo que me había llevado a estar ese domingo en el andén del tren Goya.  Avanzando por el andén nos cruzamos con un tipo que vestía sombrero y gabardina negras, y mi padre me dijo que era Jesús Ferrero. La afirmación me resultó chocante (por eso la recuerdo) porque jamás me había hablado de él. De hecho, su nombre sólo me sonaba por un ejemplar de "Opium" que había visto en la librería de casa y que nunca me digné a abrir: por entonces era un joven airado que mantenía un severo veto a los autores españoles contemporáneos (quizás porque en sus libros no se follaba lo suficiente).

De todo esto me he acordado porque, aunque el veto caducó hace mucho, no había leído nada de Jesús Ferrero hasta ayer mismo, cuando me encontré con un artículo suyo en la prensa. Será porque el artículo no tiene nada que ver con la deprimente actualidad, pero el caso es que me ha gustado bastante. En él, Ferrero nos cuenta que los escritores se dividen en dos grupos. El primero es el de los que están en este mundo, que interactúan con la realidad e incluso aspiran a moldearla: el ejemplo extremo es el de Churchill (del que cuenta una simpática - y verosímil - anécdota falsa). El segundo es el de los que viven en su torre de marfil y que tienen una relación mucho más modesta con la realidad, conscientes de que no hay nada que hacer al respecto.  Yo creo que la distinción vale también para los que no somos escritores, aunque yo mismo no tengo muy claro en qué mundo vivo: quizás haya por ahí alguien que lo sepa, como (según Ferrero) lo sabe Carmen Balcells de los escritores a los que representa.  

Volviendo al tren Goya, no me crucé con Jesús Ferrero en todo el trayecto, aunque probablemente era lo que más me hubiera apetecido: para hablar de Miller, de París, de sombreros y de gabardinas. Me tocó compartir camarote con un prototípico señor de pueblo español, con el que conversé a ratos y del que sólo recuerdo que llevaba su maleta atada con una cuerda. De la conversación no recuerdo nada, probablemente porque no entendí nada de lo que me dijo: cómo iba a hacerlo, si eramos habitantes de dos mundos distintos. Y ya sabemos lo complicada que es la comunicación interplanetaria.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Qué facil es decir A.C.A.B., sobre todo haciendo trampas

Es obligatorio ver por lo menos los tres primeros minutos. Desde le principio está claro que la cosa va a acabar mal: vemos a la derecha a los policías en formación, y a la izquierda, a los manifestantes, bulliciosamente parapetados tras una pancarta. Éstos intentan alcanzar con un palitroque a un agente y a los pocos segundos empiezan los porrazos y los puntapiés: no son chispas lo que saltan, sino los flashes de un pasillo de periodistas que están ahí para nosotros, los mirones, para que podamos presenciar con el estómago encogido los porrazos, o  esa patada traidora en el minuto dos.

Viendo las imágenes me acordé de una película italiana que vi recientemente, A.C.A.B (All Cops Are Bastards). Una película realmente interesante, porque estamos acostumbrados a que nos hablen los que reciben los porrazos, pero realmente sabemos poco de cómo es la vida de los que están al otro lado de la porra. La película transmite muy bien la tensión que viven los celerini, para quienes una jornada laboral lo mismo consiste en intentar mantener a raya a una muchedumbre de tifosi que en intentar frenar a unos antisistema que pretenden reventar una reunión gubernamental en Génova, o en contener a una turba que pretende quemar un campamento 'rom'. Véanla: permite hacerse una idea maś completa del cuadro que presenciamos el 25S, o de otros que presenciaremos (lamentablemente) en el futuro, por lo que parece. Aunque dudo que la estrenen próximamente en España.



A propósito del 25S, faltó tiempo para que surgieran voces criticando la intervención policial, voces que más o menos pueden clasificarse en dos grupos. Primero están los que entran a valorar si la policía debió haber restringido más o menos su radio de "reparto de leña", algo que me parece lícito e incluso necesario. Pero hay un segundo grupo que consideran la intervención policial "injustificable". Pero lo dicen haciendo trampas, claro. Porque para criticar la intervención policial, o cualquier otra cosa, lo intelectualmente honesto es afrontar las alternativas posibles, y este es un punto cuidadosamente esquivado (¡qué cosas!) por estos críticos. Estaría bien que se tomaran la molestia de explicarnos su plan: ¿Habrían dejado a los diputados cercados toda la noche? ¿O es que habrían dejado entrar a los manifestantes al Congreso? ¿También les habría parecido lícito hacerlo si en lugar de ser unos muchachos con su Quechua y con su iPhone, hubieran sido unos camisas negras con brillantina en el pelo y cachiporras? ¿Y ya una vez dentro, qué se supone que deberían haber ocurrido: que montaran un wiki y redactaran una nueva Constitución con un ojo en los Trending Topic? Y después ¿qué?

Por supuesto todo lo ocurrido tiene su un origen en la inaudita iniciativa de los manifestantes de rodear el Congreso ("hasta conseguir la dimisión del gobierno actual, la disolución de las Cortes y de la Jefatura del Estado"), que en el fondo es la continuación lógica de la actitud del 15M durante la jornada de reflexión de las elecciones de mayo. Por eso me pasé la noche siguiendo los acontecimientos por twitter y por la radio, intentando escuchar una crítica contundente a la manifestación desde la izquierda democrática. Algún tertuliano de la SER lo hizo, ya entrada la noche.  Lo mismo había hecho El País en un impecable editorial del mismo 25-S. Pero donde no he encontrado más que críticas tibias, y a veces ni eso, es en el PSOE. Rubalcaba no criticó la actuación policial (cosas de ex-jefe-majo) pero eludió condenar la manifestación y prefirió centrar sus críticas en el Gobierno. Así que si asumimos que esa es la postura oficial del PSOE y sumamos a los de Izquierda Unida y algunos más por ahí, tenemos que aproximadamente el 50% de los parlamentarios han sido incapaces de criticar un intento de asalto a la sede parlamentaria. La amenaza implícita de esta crisis, pues, se manifiesta una vez más: es posible que al final acabemos teniendo lo que nos merecemos.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Una renuncia inexplicable

A estas alturas debe haber poca gente que no se haya enterado de que hace una semana tuvimos una manifestación independentista en Barcelona de lo más completita (hasta Pep mandó un saludo). El acontecimiento, cómo no, generó un tsunami de comentarios y artículos de opinión en el que me zambullí guiado por un impulso masoquista, porque sólo así se explica que no me canse de volver periódicamente sobre un tema del que generalmente salgo exasperado. Saltando con alegría de aquí para allá acabé en un interesante artículo de la muy recomendable web Politikon. Allí hice algunos comentarios que resumen mi posición sobre este tema (convenientemente pulida gracias a las réplicas de otros comentaristas) así que mi intención es darles aquí algo de forma (dando así algo de vidilla al blog, que falta le hace).

Al hilo de ese artículo comentaba yo que nunca he logrado entender la renuncia de los progresistas españoles contrarios a la independencia catalana a establecer un debate de principios con los nacionalistas. Especialmente porque creo que sus posiciones políticas ofrecen una línea de ataque clara al discurso independentista. Quizás convenga esbozarla: Dado que las opciones políticas consisten en la búsqueda de ciertos compromisos, sea entre ideales y la realidad (como creen los utópicos) o entre los propios ideales, cuando éstos colisionan (libertad/igualdad, libertad/seguridad...como creen los pragmáticos),  un progresista creo que podría ser definido como aquél que favorecerá compromisos que aseguren la existencia de mecanismos de redistribución de la riqueza. De ahí que me resulte incomprensible que alguien que se tenga por progresista esté al mismo tiempo a favor de la creación de un nuevo Estado que, de facto, supondría limitar los mecanismos de solidaridad existentes en esa porción del mundo a la que cariñosamente llamamos España. Creo que este podría ser el argumento central de una crítica progresista al nacionalismo y, sin embargo, apenas se hace uso de él. 

Habrá quien argumente (lo sé por experiencia) que dado que el estado-nación es por definición excluyente, pues promueve a lo sumo la solidaridad entre los de dentro mientras que deja a la intemperie a los de fuera, no hay razones para preferir una Cataluña integrada en España a una independiente. Este argumento merece una respuesta obvia, y es que en cualquier caso los que quedan fuera del alcance de la solidaridad estatal, por una simple cuestión aritmética, serán más para un independentista que para un no-independentista. Eso me parece ya suficiente para preferir una opción a la otra desde un punto de vista progresista. En otras palabras: que los compromisos a nuestro alcance sean imperfectos (como imperfecto es el compromiso implícito en cualquier estado-nación) no quiere decir que todos sean equivalentes. Lo importante, como siempre, es intentar analizar cuál de las posibilidades de las que disponemos supone un mejor compromiso para los valores que consideramos importantes (en el caso del progresista, creo, la solidaridad). A mi argumento también habrá quien replique que en la cuestión catalana hay que considerar otros factores más allá de los económicos, como los lingüísticos, los culturales o (ejem) los étnicos, ante lo que sólo puedo decir que me parece aceptable pero, por favor, que estos reivindicadores de las esencias nacionales no nos vendan además la moto de que son progresistas.

No estoy diciendo que sólo desde una perspectiva progresista pueda criticarse al nacionalismo; simplemente estoy haciendo notar que puede criticarse, y que me llama la atención que este tipo de crítica de principios se eluda. No logro entender por qué nuestros independentistas se merecen el inmenso favor de recibir un trato mejor que el que la izquierda italiana dispensa a los secesionistas de la Lega Nord: si alguien puede darme un buen motivo, estaré encantado de oírlo.

Dicho queda, así que permanezcan atentos a sus pantallas: tengo fundadas esperanzas de que en breve aparecerá Rubalcaba ante los medios y que, inspirado por este post, dará a Artur Mas y a los suyos la réplica que llevan mereciéndose tanto tiempo.

sábado, 1 de septiembre de 2012

El optimista y los pesimistas

Si hay una idea que ha cambiado  mi modo de pensar en los últimos años es la de que nunca, repito, nunca, la Humanidad ha vivido tan bien como hoy. Es más: el progreso de nuestra singular especie en los últimos siglos no tiene precedentes en la Historia. Por eso, no es extraño que cuando leí a Arcadi Espada (al que habremos de responsabilizar también de inocularme esta peligrosa idea en la cabeza) elogiar el libro de Matt Ridley "El Optimista Racional", donde se da forma a esta idea, supe que acabaría leyéndomelo. Han bastado un par de carambolas aeroportuarias para que lo haga.

En su libro, Ridley no sólo argumenta convincentemente que los seres humanos vivimos en el siglo XXI mejor que nunca, sino que se atreve a aventurar que en el siglo XXII viviremos aún mejor. Ridley, como yo, considera que esta constatación no debe llevarnos a una suerte de autocomplacencia panglossiana, sino todo lo contrario: debe movernos a identificar y promover todo aquello que ha contribuido a este indudable progreso y a eliminar los obstáculos que se le presentan (o por lo menos a intentar no crear otros nuevos). Para Ridley, el combustible de la fenomenal mejora en nuestras condiciones de vida es el intercambio de bienes y de ideas. Leyendo el libro, se nota que Ridley es un tipo que claramente desconfía del gobierno y por eso creo que se queda corto a la hora de valorar el papel jugado por las instituciones, sin las que ese intercambio quizás no sería tan fluido y seguro. En algunos momentos también creo que se pasa de optimista, por ejemplo sobrevalorando la capacidad de adaptación de los ecosistemas al cambio climático (que no niega) o cuando considera (acertadamente) que el uso de OGM podría aliviar la falta de alimentos en el mundo, y que su uso dejaría los ecosistemas intactos (habría que verlo). Pero sus tesis, en lo esencial, me parecen acertadas.

El lector será consciente de que las tesis de Ridley son hoy en día poco populares. Y esto no es ninguna novedad histórica: el pesimismo siempre ha tenido más gancho que el optimismo. En el libro, de hecho, se hace un divertido repaso a la lista de catastrofismos y pesimismos de los últimos siglos (de la lluvia ácida al fin de los combustibles fósiles), que los años se han encargado de desmentir. El repaso incluye a Orwell, cuya oscura visión del futuro de la Humanidad está plasmada en 1984. Pero me resulta llamativo que Ridley, que tan agudo es en su análisis de los factores que han contribuido al progreso humano, no haya sabido ver que quizás los pesimistas como Orwell indirectamente han jugado un papel importante. Porque ¿quién sabe si una obra como 1984, escrita desde el pesimismo, no contribuyó a que esa pesadilla totalitaria no se materializase? O más en general: ¿no serán necesarias unas gotas de pesimismo para que la formidable maquinaria del progreso avance? Ésa es posiblemente la crítica más profunda que se merece "El Optimista Racional", un libro por lo demás muy recomendable: que Matt Ridley quizás ha infravalorado la importancia de que nos ronde un Ágorer.