La lectura del año ha sido The Blank Slate, de Steven Pinker. Tan bueno es, que debería empezar este texto imitando lo que decía Cercas a propósito de Bolaño y, si no lo han leído, decirles que dejen inmediatamente de leerme y salgan corriendo hasta la librería más cercana y que se hagan con dos ejemplares ahora mismo (uno para su inmediata lectura y uno de reserva, por si las moscas). El libro de Pinker esencialmente cuenta cómo la ciencia está cambiando nuestra visión de la naturaleza humana y el mensaje fundamental es el siguiente: no somos una tabula rasa, sino una mezcla de nature (genes, o, actualizándolo a 2012, genes y DNA no codificante) y nurture (nuestro entorno, la educación). El resultado es que nuestra naturaleza es tozudamente imperfecta, y la consecuencia política es clara: en muchas ocasiones no tendremos más remedio que encontrar compromisos entre valores, por ejemplo entre libertad e igualdad, porque nunca podremos ser como el Hombre Nuevo que anhelan los totalitarios. Y es en ese terreno donde debería situarse el debate político racional, en la búsqueda del compromiso más razonable. Pinker sostiene además que el éxito del capitalismo o de nuestros Estados de Derecho se debe a que son sistemas que tienen en cuenta nuestras imperfecciones, como nuestros impulsos egoístas o vengativos, y por eso logran compromisos mejorables, pero razonables, que los han hecho exitosos. Hasta que se nos ocurra algo mejor, o hasta que logremos entender en toda su profundidad las soluciones mágicas que nos proponen insistentemente los gurús pero que de momento - ay- nos parecen intolerablemente romas, no tenemos nada mejor para ir tirando.
Pensaba ayer en Pinker (como creo que me ocurrirá muchas veces en el futuro) mientras volvía a casa leyendo El Sueño de Celta, en concreto la parte donde se describen las atrocidades cometidas a inicios del siglo XX en la amazonia del Perú por la industria cauchera. Episodios todos ellos espeluznantes, quizás más por la credibilidad que le doy a Vargas Llosa (¿quién más creíble que un férreo defensor del libre comercio para explicarnos sus abusos?). Los relatos del terrible sufrimiento infligido a los indígenas son ejemplos de cómo se puede desenvolver el animal humano allá donde no llega la ley, o mejor, allá donde no hay contrapesos que puedan frenar nuestros peores impulsos... pues bien, en esto pensaba yo hasta que llegué a casa y abrí con indolencia de viernes la web del periódico y me encontré con que un tipo de Connecticut había matado a veinte niños, uno detrás de otro. Siete adultos, sí, pero también veinte niños. Uno detrás de otro. Ante noticias así, pensé, da igual lo aprendido leyendo a un agudo profesor de Harvard, o haber sabido gracias a un hábil novelista de las atrocidades cometidas contra los indígenas del Putumayo. Yo, al menos, no doy más que para una reflexión: Joder con la naturaleza humana.