Tenía ganas de decir algo sobre La enormidad, un artículo de Javier Cercas, escritor al que aprecio y al que considero capaz de escribir buenos artículos, como el de hoy (debo ser el único español que lee regularmente a Javier Cercas y a su archienemigo Arcadi Espada). En el artículo del que hablamos el extremeño se adhiere a aquello de que "quien gobierna en Europa no son los Gobiernos, sino los mercados", para acabar acudiendo a Ramoneda (probablemente el analista más sobrevalorado de la izquierda española) y decir que "cuando el poder económico se impone al político (...) el fascismo acaba llamando a la puerta". El artículo de Cercas se apoya en una cita de un artículo de Giuliano Amato y Guy Verhofstadt publicado en el Corriere: "Europa ha perdido la guerra entre los Gobiernos electos y las agencias de calificación no electas. Los Gobiernos intentan gobernar, pero las agencias de calificación dictan las reglas."
Releyendo a Cercas veo que lo del fascismo es un tanto ambiguo, así que prefiero centrarme en el razonamiento de que "gobiernan los mercados", algo que se ha convertido en un "mantra". Si no me equivoco, el razonamiento es como sigue: los gobiernos piden dinero prestado en los mercados internacionales; las agencias de calificación se dedican a evaluar si un Estado podrá devolver lo prestado y eso determina las condiciones del préstamo; para mejorar esas condiciones los Estados toman medidas para mejorar su calificación a ojos de las agencias (y sobre todo de los prestamistas) ergo quienes deciden al final son los mercados (agencias de calificación y prestamistas), y no los gobiernos democráticos. Y de este ninguneo a la democracia al fascismo, infiero, habría un paso.
El razonamiento, en mi opinión, parte de una confusión esencial: pensar que es posible algo así como el control democrático del funcionamiento esencial del mercado (de qué, de cuánto y de cuándo se presta, se compra y se vende, y a qué precio). Si se ejerciera dicho control, dejaría de ser un mercado, o dejaría de funcionar como tal. Los gobiernos, conscientes de ello, toman medidas que intentan alterar la percepción que tiene el mercado de los Estados. Y eso lo hacen porque consideran preferible seguir pidiendo dinero a los mercados internacionales, que la alternativa: dejar de hacerlo, o dejar de pagar lo que debemos (a la Debtocracy), algo que sin duda nos evitaría estar expuestos a los caprichos de los prestamistas pero que también, ojo, nos dejaría sin sus préstamos. A los disconformes con lo que parece ser la opción preferida por la mayoría de los gobiernos europeos, les diría que pronto tendremos en España la ocasión de votar a partidos que consideren preferibles las otras opciones (por ejemplo, IU). Así se funciona en una democracia.
De hecho, volviendo al artículo de Amato, tal y como está citado por Cercas, parecería que poco menos que denuncia este sistema y propone una revisión de cabo a rabo. Nada de eso: leyéndolo vemos que en él se pide una política fiscal común en la UE que simplemente deje más margen de maniobra a los gobiernos frente a las percepciones del mercado. Un enfoque esencialmente keynesiano que en ningún momento propone una revisión de lo fundamental del sistema: la posibilidad de pedir prestado dinero a los mercados (un enfoque que, visto desde lejos, parece estar imponiéndose en Europa - afortunadamente en mi opinión).
Creo haber esbozado lo esencial de mi discrepancia. Nada me gustaría más que ver que un artículo de Javier Cercas, cuyo tono explicativo siempre he agradecido mucho como lector, explicándome dónde reside mi error. Ni que decir tiene que lo mismo es aplicable a mis lectores.
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domingo, 21 de agosto de 2011
sábado, 2 de julio de 2011
Un artista y dos hipótesis

Leía ayer que se estrena en España la última película de Mateo Gil, Blackthorn. La verdad es que tiene muy buena pinta; espero sólo encontrar el modo de verla en Milán. Porque uno de los peores defectos de esta ciudad es la dificultad de encontrar películas en versión original: sólo algunos cines las programan dos o tres días a la semana. Por supuesto los italianos dicen que ir al cine en V.O. no sólo es un insufrible rasgo de cultureta por mi parte, sino algo innecesario, dado que la escuela de dobladores italianos goza de renombre internacional. Ante esto sólo cabe replicar que lo mismo se dice en España sobre los dobladores españoles, e inferir que lo mismo dirán en Polonia sobre los dobladores polacos. Para mí, ver las películas dobladas en español tiene un pase, pero verlas en italiano es ya otro cantar: prueben a imaginarse a John Wayne diciendo maledetto traditore y sabrán de qué estoy hablando.
Curioseando entre los reportajes y las críticas descubro que está protagonizada por Sam Shepard quien, nos dicen, es "una leyenda", a la que por supuesto yo no conocía. Echando un vistazo a su biografía descubro que este señor, aparte de ser un actor de éxito consagrado, ha tocado con Dylan, ha ganado un Pulitzer y desde hace tres décadas comparte lecho con Jessica Lange, que tampoco es mala cosa. Así que decido leer la entrevista que le hacen en El Cultural, que empieza fuerte: "Vivimos una era apocalíptica, en todos los sentidos". Yo no sé cómo se ven las cosas desde las doradas colinas de California, pero la última vez que me asomé al mundo (ayer, en la metropolitana di Milano) no vi al personal demasiado temeroso ante lo que se avecina. La entrevista (es mucho decir) contiene perlas similares, como la de que "El mundo entero está con pánico. Ahora mismo Arizona está en llamas", ante lo cual sólo cabe aconsejar al señor Shepard que no se le ocurra veranear en Galicia. Y no puede faltar la frasecita de rigor sobre la crisis: "Creo que no puedes ser un artista honesto si no reaccionas ante lo que está ocurriendo, ante la crisis global, que no es sólo económica, sino sobre todo de carácter ético".
Sólo se me ocurren dos hipótesis que expliquen el desconcertante hecho de que un respetado y polifacético artista suelte frases que denotan una (digámoslo así) percepción de la realidad manifiestamente mejorable. La primera es una hipótesis artística, a saber: que sólo desde ese estado espiritual (que, quizás, deba ser cultivado por el propio artista, por ejemplo leyendo sólo las noticias de incendios en los periódicos) puede uno ir a un set de rodaje y poner cara de guerrero crepuscular sin que los presentes se partan de risa en tu cara. La segunda es una hipótesis cínica, por la cual el artista sabe que soltando frasecitas de este corte -que probablemente no se cree- logrará proyectar una imagen de sensibilidad ante la situación actual que resultará atractiva para esos potenciales espectadores (la mayoría de los que pueblan las salas de cine en V. O.) que consideran esa sensibilidad una condición indispensable para alcanzar un elevado nivel artístico.
Son estas hipótesis cuya veracidad podría determinar discutiéndolas directamente con uno de estos artistas. Lástima que estemos hablando un experimento irrealizable, porque el día que me presenten a un artista le estrecharé la mano y ambos nos volatilizaremos, dejando sólo energía, ante el asombro de los presentes.
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