jueves, 27 de septiembre de 2012

Qué facil es decir A.C.A.B., sobre todo haciendo trampas

Es obligatorio ver por lo menos los tres primeros minutos. Desde le principio está claro que la cosa va a acabar mal: vemos a la derecha a los policías en formación, y a la izquierda, a los manifestantes, bulliciosamente parapetados tras una pancarta. Éstos intentan alcanzar con un palitroque a un agente y a los pocos segundos empiezan los porrazos y los puntapiés: no son chispas lo que saltan, sino los flashes de un pasillo de periodistas que están ahí para nosotros, los mirones, para que podamos presenciar con el estómago encogido los porrazos, o  esa patada traidora en el minuto dos.

Viendo las imágenes me acordé de una película italiana que vi recientemente, A.C.A.B (All Cops Are Bastards). Una película realmente interesante, porque estamos acostumbrados a que nos hablen los que reciben los porrazos, pero realmente sabemos poco de cómo es la vida de los que están al otro lado de la porra. La película transmite muy bien la tensión que viven los celerini, para quienes una jornada laboral lo mismo consiste en intentar mantener a raya a una muchedumbre de tifosi que en intentar frenar a unos antisistema que pretenden reventar una reunión gubernamental en Génova, o en contener a una turba que pretende quemar un campamento 'rom'. Véanla: permite hacerse una idea maś completa del cuadro que presenciamos el 25S, o de otros que presenciaremos (lamentablemente) en el futuro, por lo que parece. Aunque dudo que la estrenen próximamente en España.



A propósito del 25S, faltó tiempo para que surgieran voces criticando la intervención policial, voces que más o menos pueden clasificarse en dos grupos. Primero están los que entran a valorar si la policía debió haber restringido más o menos su radio de "reparto de leña", algo que me parece lícito e incluso necesario. Pero hay un segundo grupo que consideran la intervención policial "injustificable". Pero lo dicen haciendo trampas, claro. Porque para criticar la intervención policial, o cualquier otra cosa, lo intelectualmente honesto es afrontar las alternativas posibles, y este es un punto cuidadosamente esquivado (¡qué cosas!) por estos críticos. Estaría bien que se tomaran la molestia de explicarnos su plan: ¿Habrían dejado a los diputados cercados toda la noche? ¿O es que habrían dejado entrar a los manifestantes al Congreso? ¿También les habría parecido lícito hacerlo si en lugar de ser unos muchachos con su Quechua y con su iPhone, hubieran sido unos camisas negras con brillantina en el pelo y cachiporras? ¿Y ya una vez dentro, qué se supone que deberían haber ocurrido: que montaran un wiki y redactaran una nueva Constitución con un ojo en los Trending Topic? Y después ¿qué?

Por supuesto todo lo ocurrido tiene su un origen en la inaudita iniciativa de los manifestantes de rodear el Congreso ("hasta conseguir la dimisión del gobierno actual, la disolución de las Cortes y de la Jefatura del Estado"), que en el fondo es la continuación lógica de la actitud del 15M durante la jornada de reflexión de las elecciones de mayo. Por eso me pasé la noche siguiendo los acontecimientos por twitter y por la radio, intentando escuchar una crítica contundente a la manifestación desde la izquierda democrática. Algún tertuliano de la SER lo hizo, ya entrada la noche.  Lo mismo había hecho El País en un impecable editorial del mismo 25-S. Pero donde no he encontrado más que críticas tibias, y a veces ni eso, es en el PSOE. Rubalcaba no criticó la actuación policial (cosas de ex-jefe-majo) pero eludió condenar la manifestación y prefirió centrar sus críticas en el Gobierno. Así que si asumimos que esa es la postura oficial del PSOE y sumamos a los de Izquierda Unida y algunos más por ahí, tenemos que aproximadamente el 50% de los parlamentarios han sido incapaces de criticar un intento de asalto a la sede parlamentaria. La amenaza implícita de esta crisis, pues, se manifiesta una vez más: es posible que al final acabemos teniendo lo que nos merecemos.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Una renuncia inexplicable

A estas alturas debe haber poca gente que no se haya enterado de que hace una semana tuvimos una manifestación independentista en Barcelona de lo más completita (hasta Pep mandó un saludo). El acontecimiento, cómo no, generó un tsunami de comentarios y artículos de opinión en el que me zambullí guiado por un impulso masoquista, porque sólo así se explica que no me canse de volver periódicamente sobre un tema del que generalmente salgo exasperado. Saltando con alegría de aquí para allá acabé en un interesante artículo de la muy recomendable web Politikon. Allí hice algunos comentarios que resumen mi posición sobre este tema (convenientemente pulida gracias a las réplicas de otros comentaristas) así que mi intención es darles aquí algo de forma (dando así algo de vidilla al blog, que falta le hace).

Al hilo de ese artículo comentaba yo que nunca he logrado entender la renuncia de los progresistas españoles contrarios a la independencia catalana a establecer un debate de principios con los nacionalistas. Especialmente porque creo que sus posiciones políticas ofrecen una línea de ataque clara al discurso independentista. Quizás convenga esbozarla: Dado que las opciones políticas consisten en la búsqueda de ciertos compromisos, sea entre ideales y la realidad (como creen los utópicos) o entre los propios ideales, cuando éstos colisionan (libertad/igualdad, libertad/seguridad...como creen los pragmáticos),  un progresista creo que podría ser definido como aquél que favorecerá compromisos que aseguren la existencia de mecanismos de redistribución de la riqueza. De ahí que me resulte incomprensible que alguien que se tenga por progresista esté al mismo tiempo a favor de la creación de un nuevo Estado que, de facto, supondría limitar los mecanismos de solidaridad existentes en esa porción del mundo a la que cariñosamente llamamos España. Creo que este podría ser el argumento central de una crítica progresista al nacionalismo y, sin embargo, apenas se hace uso de él. 

Habrá quien argumente (lo sé por experiencia) que dado que el estado-nación es por definición excluyente, pues promueve a lo sumo la solidaridad entre los de dentro mientras que deja a la intemperie a los de fuera, no hay razones para preferir una Cataluña integrada en España a una independiente. Este argumento merece una respuesta obvia, y es que en cualquier caso los que quedan fuera del alcance de la solidaridad estatal, por una simple cuestión aritmética, serán más para un independentista que para un no-independentista. Eso me parece ya suficiente para preferir una opción a la otra desde un punto de vista progresista. En otras palabras: que los compromisos a nuestro alcance sean imperfectos (como imperfecto es el compromiso implícito en cualquier estado-nación) no quiere decir que todos sean equivalentes. Lo importante, como siempre, es intentar analizar cuál de las posibilidades de las que disponemos supone un mejor compromiso para los valores que consideramos importantes (en el caso del progresista, creo, la solidaridad). A mi argumento también habrá quien replique que en la cuestión catalana hay que considerar otros factores más allá de los económicos, como los lingüísticos, los culturales o (ejem) los étnicos, ante lo que sólo puedo decir que me parece aceptable pero, por favor, que estos reivindicadores de las esencias nacionales no nos vendan además la moto de que son progresistas.

No estoy diciendo que sólo desde una perspectiva progresista pueda criticarse al nacionalismo; simplemente estoy haciendo notar que puede criticarse, y que me llama la atención que este tipo de crítica de principios se eluda. No logro entender por qué nuestros independentistas se merecen el inmenso favor de recibir un trato mejor que el que la izquierda italiana dispensa a los secesionistas de la Lega Nord: si alguien puede darme un buen motivo, estaré encantado de oírlo.

Dicho queda, así que permanezcan atentos a sus pantallas: tengo fundadas esperanzas de que en breve aparecerá Rubalcaba ante los medios y que, inspirado por este post, dará a Artur Mas y a los suyos la réplica que llevan mereciéndose tanto tiempo.

sábado, 1 de septiembre de 2012

El optimista y los pesimistas

Si hay una idea que ha cambiado  mi modo de pensar en los últimos años es la de que nunca, repito, nunca, la Humanidad ha vivido tan bien como hoy. Es más: el progreso de nuestra singular especie en los últimos siglos no tiene precedentes en la Historia. Por eso, no es extraño que cuando leí a Arcadi Espada (al que habremos de responsabilizar también de inocularme esta peligrosa idea en la cabeza) elogiar el libro de Matt Ridley "El Optimista Racional", donde se da forma a esta idea, supe que acabaría leyéndomelo. Han bastado un par de carambolas aeroportuarias para que lo haga.

En su libro, Ridley no sólo argumenta convincentemente que los seres humanos vivimos en el siglo XXI mejor que nunca, sino que se atreve a aventurar que en el siglo XXII viviremos aún mejor. Ridley, como yo, considera que esta constatación no debe llevarnos a una suerte de autocomplacencia panglossiana, sino todo lo contrario: debe movernos a identificar y promover todo aquello que ha contribuido a este indudable progreso y a eliminar los obstáculos que se le presentan (o por lo menos a intentar no crear otros nuevos). Para Ridley, el combustible de la fenomenal mejora en nuestras condiciones de vida es el intercambio de bienes y de ideas. Leyendo el libro, se nota que Ridley es un tipo que claramente desconfía del gobierno y por eso creo que se queda corto a la hora de valorar el papel jugado por las instituciones, sin las que ese intercambio quizás no sería tan fluido y seguro. En algunos momentos también creo que se pasa de optimista, por ejemplo sobrevalorando la capacidad de adaptación de los ecosistemas al cambio climático (que no niega) o cuando considera (acertadamente) que el uso de OGM podría aliviar la falta de alimentos en el mundo, y que su uso dejaría los ecosistemas intactos (habría que verlo). Pero sus tesis, en lo esencial, me parecen acertadas.

El lector será consciente de que las tesis de Ridley son hoy en día poco populares. Y esto no es ninguna novedad histórica: el pesimismo siempre ha tenido más gancho que el optimismo. En el libro, de hecho, se hace un divertido repaso a la lista de catastrofismos y pesimismos de los últimos siglos (de la lluvia ácida al fin de los combustibles fósiles), que los años se han encargado de desmentir. El repaso incluye a Orwell, cuya oscura visión del futuro de la Humanidad está plasmada en 1984. Pero me resulta llamativo que Ridley, que tan agudo es en su análisis de los factores que han contribuido al progreso humano, no haya sabido ver que quizás los pesimistas como Orwell indirectamente han jugado un papel importante. Porque ¿quién sabe si una obra como 1984, escrita desde el pesimismo, no contribuyó a que esa pesadilla totalitaria no se materializase? O más en general: ¿no serán necesarias unas gotas de pesimismo para que la formidable maquinaria del progreso avance? Ésa es posiblemente la crítica más profunda que se merece "El Optimista Racional", un libro por lo demás muy recomendable: que Matt Ridley quizás ha infravalorado la importancia de que nos ronde un Ágorer.




sábado, 30 de junio de 2012

Ahora sí: el fin de una época

Escribía hace unas semanas que el partido Italia - España con el que empezaba nuestra Eurocopa bien podía suponer el fin de un época, y me equivocaba. Entonces pensé que España le metería un buen meneo a Italia y que con ello se rompería la llamativa asimetría por la cual los italianos generalmente sienten simpatía por la selección española, mientras que es difícil encontrar a un español de bien que sienta algo de simpatía por los azzurri.

Sin embargo llegó el partido y resultó un encuentro equilibrado entre dos  equipos estupendos, que me hizo temer que nos acabaríamos encontrando con los italianos en la final. Y así será. Por el camino han pasado unas cuantas cosas: España ha sacado adelante sus partidos con oficio, sin el brillo de anteriores citas, defendiéndose con la pelota y cimentada sobre una defensa que está jugando a un nivel altísimo. Italia por contra se ha reafirmado en el estilo de juego con el que afrontó su debut contra la Roja, con Pirlo demostrando (como ha hecho esta temporada en la Juve) que él solo vale por medio equipo, y ganando por el camino a Cassano y a Balotelli para la causa.

Así que tras unos cuantos partidos en los que España e Italia se han estado mirando desde la distancia con respeto, especialmente desde que se disiparon los temores del biscotto, nos veremos las caras mañana en Kiev. Será un partido igualado. Italia ha mostrado un nivel de juego más alto que España, superando a Inglaterra y destrozando a Alemania con suficiencia.  España ha ganado con un juego de menos revoluciones y parece haber dado lo mejor de sí sólo en los primeros veinte minutos contra Francia. Considerando la trayectoria de ambas en el campeonato parece que Italia está algo por delante, pero también creo que la Roja tiene todavía un partidazo en las piernas y que puede surgir en la final. Y me cuesta imaginar a Balotelli y a Cassano superando con tanta facilidad a Ramos y a Piqué como hicieron con los rígidos defensas alemanes.  Veremos qué pasa. Lo que está claro es que  pase lo que pase el partido de mañana supondrá, ahora sí, el fin de una época. Yo cuento con empezarla con buen pie y que esta foto anticipe el modo en que entraré en este tiempo nuevo que comienza con una nueva rivalidad futbolística destinada a convertirse en histórica: la de España e Italia.




domingo, 10 de junio de 2012

¿El fin de una época?





Aún a riesgo de provocar una oleada migratoria, he de decir que ser español en Italia es un chollo. De hecho, creo que es difícil encontrar un país que despierte aquí una simpatía más unánime: basta poco más que decir que eres español para que cualquier italiano, de un modo sincero y sorprendentemente ajustado al tópico, prorrumpa en elogios sobre nuestras ciudades, nuestras playas, nuestra vida nocturna, nuestras cañas y nuestras tapas. Pero no sólo nos admiran por cómo nos tomamos la vida: el mito de España como país “joven y dinámico” de la primera década del siglo, ese que llenó de jóvenes italianos las calles de Madrid y Barcelona, aún pervive (aunque muchos de esos jóvenes están ahora emprendiendo el viaje de vuelta con una historia muy distinta que contar). Tal es así que en Milán, una ciudad que se siente mucho más fea y gris de lo que realmente es, más de una vez me han preguntado que qué cable se me ha cruzado para instalarme aquí.

Tanto elogio es bastante llevadero porque no cuesta corresponder con otros: por ejemplo a mí me gusta decir a los italianos que el italiano medio es más culto, más educado y menos propenso al griterío que su admirado español medio. Pero hay un aspecto en el que esta reciprocidad se rompe de modo dramático: el deporte. Porque mientras que en Italia basta decir que eres del país de la Roja para que los italianos empiecen a cantar loas a la selección, al Madrid, al Barça y a Mourinho (sobre todo si hablamos con uno del Inter, que lo recuerda como a aquella primera novia), un español honesto como yo no tiene más remedio que reconocer ante ellos que, deportivamente hablando, les detestamos. A los italianos esta confesión suele causarles estupor, mientras que para un español esta asimetría tiene un origen tan evidente que no hay que esforzarse mucho en explicarla. Así, mientras que cualquiera de mi generación guarda un recuerdo lacerante del codazo de Tassotti a Luis Enrique en el Mundial del 94, para los italianos aquel partido no fue muy distinto de cualquiera de los disputados en las últimas fases finales de los grandes campeonatos internacionales. Y lo mismo podemos decir de aquella tanda de penaltys de infarto con la que les superamos en cuartos en 2008 (y que celebramos como si fuéramos ya campeones del mundo): para los italianos fue simplemente una derrota asumible ante un rival que en el fondo les caía simpático.... En definitiva, que las enemistades deportivas italianas van por otro lado y tienen más que ver con aquel gol de Trezeguet y con el cabezazo que le dio Zidane al povero Materazzi, y en nada tocan a sus admirados españoles.

Esta es más o menos la situación a día de hoy y me he decidido a ponerla por escrito porque, quién sabe, puede que dentro de poco sea el testimonio de un mundo que dejó de existir. Porque como quizás mis lectores sepan, esta tarde se juega un España-Italia y mi intuición -ya se sabe la humildad con la que los españoles afrontamos estas citas- es que les vamos a meter un buen meneo. Y si bien es verdad que hay ciertos mitos como el del país “joven y dinámico” que pueden perdurar incluso cuando ya poco tienen que ver con la realidad, creo que una victoria contundente puede convencer a mis queridos italianos de que hemos dejado de ser esa simpática selección que casi siempre tenía la delicadeza de no molestar más allá de cuartos. Veremos qué pasa.

sábado, 28 de abril de 2012

Mi bicicleta estática socialdemócrata

Pasan los años, la crisis sigue ahí y cada vez es más dificil prever qué ocurrirá en los próximos años. Pero hay algo de lo que podemos estar seguros,  y es que en El País seguirán apareciendo regularmente artículos en los que se habla de cómo la socialdemocracia debe renovarse para contribuir a sacarnos del hoyo. Contra este fatal destino (el de tener que aguantar esta tabarra, quiero decir) parecía rebelarse José María Ridao, afirmando con gracia que estos artículos sólo están logrando "forjar una inane lengua de madera, sin otra utilidad que dar cuenta de la crisis de la socialdemocracia".

Dicho lo cual el agudo Ridao, como es natural, aprovecha el espacio para darnos su visión de la crisis que, por lo demás, es de una impecable ortodoxia socialdemócrata. Sus argumentos son conocidos: Ridao sostiene que todo lo ocurrido es consecuencia del programa de una revolución conservadora  que ha acabado "generando los desequilibrios que han provocado la bancarrota del casino financiero y reducido a una situación de semiesclavitud a legiones de personas en los países más pobres y también en los más desarrollados; un programa que, para cerrar el círculo de la supuesta inexorabilidad, agitó el fantasma de la quiebra de los Estados de bienestar para terminar cuestionando la viabilidad de cualquier forma de Estado".

Los argumentos de Ridao son los mismos  que me vengo encontrando en la prensa socialdemócrata desde hace cuatro años, gracias a los cuales creo que podría optar a un sillón de la Academia de la Lengua de Madera. Y constato, con melancolía, que tras tantos artículos, tras tanta detallada exposición de motivos desde distintos ángulos, siguen sin convencerme. Por supuesto algo iba mal en el sistema financiero cuando en 2008 estuvo a punto de irse al garete, y sólo la intervención decidida de los gobiernos pudo mantenerlo a flote. Hasta ahí, estamos de acuerdo. Pero decir que en los últimos treinta años se ha reducido a la semiesclavitud millones de personas es de una inexactitud flagrante si analizamos la evolución de China, de la India, de Brasil, e incluso del continente africano en su conjunto. De hecho, sólo considerando la evolución de estas economías (porque todos somos internacionalistas ¿no?) podremos ponderar mejor dónde nos ha llevado realmente ese programa desregulador, y entender si lo que necesitamos son unos ajustes o reconstruir el sistema desde los mismos cimientos. Y centrándonos en cuestiones locales, veo que en el análisis de las políticas de ajuste incluso el agudo Ridao no puede evitar caer en la falacia post hoc: que nos estemos enfrentando ahora a políticas de ajuste no quiere decir que éstas se deban sólo a los desaguisados financieros en los que nos metieron. De hecho,  todavía no he encontrado en los últimos años ni un argumento claro que me convenza de que en Europa, con una población que es el 10% de la población mundial y que envejece rápidamente y pierde competitividad a pasos agigantados, realmente podemos pagar el nivel de vida que llevamos...

En fin, que al artículo de Ridao, que se deja leer, le pondría los mismos reparos que a muchos de esos artículos de los que habla en los últimos años. Ya ven: ando subido en una especie de bicicleta estática socialdemócrata, pedaleando afanosamente, leyendo muchos artículos de El País, sin avanzar en mis perplejidades. Pero qué más da: si va todo como nos dicen que irá, ganará Hollande y pronto podremos ver si recetas como las que propone Ridao nos sirven realmente para salir de la crisis.

domingo, 22 de abril de 2012

Sobre Piazza Fontana y dos discursos paralelos.

Milán, 1968. En un aula abarrotada de la Università Statale, el multimillonario Giangiacomo Feltrinelli -camisa de cuadros, gafas de gruesa montura negra, poblado bigote y revuelta la escasa cabellera-  se dirige a una entregada audiencia que mayoritariamente, como él, fuma: "El inminente golpe de estado en Italia seguirá un patrón similar al del golpe de estado en Grecia... será necesario recurrir a la resistencia armada...".

Segrate, 1972: la policía identifica los restos de la víctima de una explosión. Se trata de Feltrinelli. Las investigaciones mostrarán que murió manipulando un explosivo con el que pretendía volar una de los cables de alta tensión que abastecen Milán. Una  acción revolucionaria más que culmina una larga y rocambolesca lista que incluyó numerosas visitas a barbudos varios por Latinoamérica, así como su participación en el asesinato del cónsul de Bolivia en Hamburgo como venganza por el asesinato del Che Guevara.


 
Las dos escenas anteriores son de Romanzo di una Strage, la última película de Marco Tulio Giordana (el de La Meglio Gioventù), que nos habla sobre el misterioso atentado de Piazza Fontana. Una historia triste que contiene muchas historias tristes, como la conocida historia del anarquista Pinelli y la menos conocida historia del comisario Calabresi, que fue sobre quien quise escribir en un principio hasta que decubrí que otro madrileño que pasó por Milán ya lo había hecho, y bien, en Jot Down. Pero esta película no es sólo interesante por cómo desmenuza uno de los episodios más controvertidos de la reciente historia italiana, sino por el efectivo retrato que hace de la irrespirable atmósfera política de la Italia de aquellos años, denominados con insuperable precisión los años de plomo. Unos años en los que marxistas, filofascistas y miembros de las fuerzas de seguridad del Estado estaban atrapados en un endiablado mecanismo de acción y reacción, cada uno alimentado por una fatal convicción: los extremistas marxistas estaban fatalmente convencidos de que sólo una insurrección armada podría prevenir el inminente golpe autoritario que se acercaba; los filofascistas estaban fatalmente convencidos de que sólo un golpe autoritario podría frenar la inminente insurrección popular que acabaría de barrer los restos que quedaban del rígido orden social que añoraban; los que manejaban  los hilos de la seguridad del Estado estaban fatalmente convencidos de que sólo manipulando sin escrúpulos a unos y a otros lograrían evitar el hundimiento del Estado, o su caída en la órbita de la URSS. Convicciones fatales que se alimentaban de una más elemental, común a todos los actores: la de ser los destinados a salvarnos de la barbarie, esa convicción fatal última por la que se reunían en habitaciones en penumbra para idear estrategias que alteraran el curso de la Historia, ese fin superior por el que valía la pena sacrificar algunos peones.

De todo esto  me acordé hace exactamente una semana, en Barcelona, cuando (como mandan los cánones) ojeaba El País Semanal  mientras tomaba el sol en una terraza eficientemente gestionada por unos chinos. Y ahí, junto a las últimas reflexiones de Rihanna, me encontré con un artículo de Juan José Millás - gafas de gruesa montura negra- quien, a cuenta de la famosa foto de Juncker y de Guindos se dirige a una audiencia que, como él, no fuma: "La gobernanza europea está llena ahora mismo de políticos ansiosos por aplicarnos la eutanasia ... Bruselas está llena de enfermeros psicópatas, de doctores Muerte .. los cadáveres somos nosotros, usted y yo ... Claro que las manos que lo aprietan tampoco son, pese a las apariencias, las del presidente del Eurogrupo, sino las de los nuevos golpistas, generales y coroneles del mundo financiero a cuyas órdenes trabajan los dos señores de la imagen...". Un discurso digno de Feltrinelli, es decir, un discurso digno de los años de plomo. Ignoro qué quiere decir que un artículo así aparezca en un diario como El País y que, por fortuna, el mundo siga su curso como si nada. Lo que sí que sé es que es el artículo de Millás sólo sirve para profundizar en nuestra ignorancia y en nuestra intransigencia; para acercarnos, en definitiva, al espíritu de los años en los que transcurre Romazo di una strage.

lunes, 9 de abril de 2012

El cuaderno cumple un año

Acordarse de los aniversarios con unos días de retraso tiene un punto de pimienta adicional: el que da la sorpresa, sólo alcanzable cuando ya se había perdido la esperanza. La excusa no es demasiado buena (apúntensela por si acaso) pero viene a cuento, porque entre unas otras cosas y otras se me había pasado el aniversario de este cuaderno. Para celebrarlo en plan cuantitativo he decidido meter lo escrito en uno de esos contadores de palabras y el resultado es el que pueden ver aquí:
  El lugar destacado del "si" confirma mis esfuerzos  por hacer esa cosa tan demodé de partir de unas premisas e intentar derivar las consecuencias lógicas sin contradecirme.  Pero también tenemos una buena dosis de "parece", porque tampoco es que esté muy seguro de probar teoremas con mis entradas. Veo que Milán e Italia está tan bien representados como Madrid y España, aunque creo que es engañoso: hablé bastante de Milán al principio, en esos días en los que te estás habituando a una ciudad y caminas por las calles sin saber dónde está el norte, pero bastaron unas semanas de viajes en metro y en tranvía rodeado de rumanos y cingaleses para volver a sentirme como en casa y hablar de España, de lo que se cocía en Sol y de un tema del que tengo tan poco idea como es la economía. Como si escribiera este cuaderno desde Madrid, vamos.

Para ser un blog que no tiene más objetivo que satisfacer mi impulso ocasional de escribir, he escrito más de lo que esperaba: 44 entradas, casi una semanal. Veremos si sigue así, porque mientras tanto se ha cruzado en mi camino twitter, que permite una satisfacción rápida, fácil y casi sin esfuerzo del mismo impulso, y me paro deliberadamente antes de que la metáfora se me vaya de las manos.  Pero este blog, aunque cueste creerlo, también pretende ser un ejercicio de eso tan difícil que es escribir con ligereza, como imagino que debe de escribir Severgnini: como si tocara el piano, pulsando poco la tecla de borrado. Esta misma entrada me confirma que estoy aún lejos de conseguirlo, así que creo que el cuaderno seguirá abierto durante bastante tiempo.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Grieguerías

El trabajo ofrece posibilidades interesantes como que, de un día para otro, se una al grupo un griego. O que poco después aparezca entre nosotros una joven iraní. Vamos, que estamos cerca de crear un microcosmos que reproduzca los puntos calientes de la actualidad global. Como comprenderán, esto es una mina para alguien que se supone interesado en casi cualquier asunto de la actualidad planetaria, como el que escribe este blog.

De momento sólo he tenido tiempo de dar la brasa al griego (entenderán que para llegar a Ahmadinejad hay que proceder con más tacto). Tras los circunloquios de rigor (y tú de quién eres, etc...) entré directamente en materia: amigo, qué me cuentas de Grecia. Y como suele ocurrir, acudir a las fuentes tiene su interés. Nuestro griego me dijo que los problemas de su país se deben esencialmente a que sus políticos les han robado: tras escucharle, y con lo que sé de los países que tengo más a mano, puedo hacer un informe parcial del descrédito de la clase política en los países GIPSIs y decir que en España, siendo alto, es menor que en Italia, pero en ambos casos parece menor que en Grecia. También me comentó mi paciente interlocutor que parte de los problemas económicos de Grecia, en su opinión, se deben al desmantelamiento de buena parte de su industria por la competencia con productos alemanes que siguió al ingreso en el mercado común europeo, y con los chinos después. Ya saben, el libre comercio, con sus pros y sus contras: uno de esos debates a los que sin duda se presta menos atención de la que merece.

Pero nuestro griego parecía optimista, y convencido de que las cosas irán a mejor. De hecho me comentó que estaba razonablemente satisfecho con el pacto que había logrado el gobierno griego con sus acreedores. No es para menos: he escuchado varias veces últimamente decir que con Grecia, como víctima de los despiadados mercados, lo único justo sería hacer borrón y cuenta nueva, y seguramente él era de la misma opinión. No seré yo quien lo niegue, pero sí que tengo claro algo: dar a los prestamistas menos de la mitad de lo que se les debe no equivale a volver a la casilla inicial, pero desde luego se le parece.

sábado, 3 de marzo de 2012

La ficción y yo

...adolecía de falta absoluta de experiencia de la vida...siempre fue poco comunicativo y no leyó nunca novelas.
Stendhal.

Me está pasando eso que algunos dicen que pasa con los años: cada vez me cuesta más engancharme a las novelas. O mejor: últimamente (y lo digo entusiasmado por el inicio de The Blank Slate de Pinker) disfruto mucho más con los ensayos. Paralelamente, he advertido que mi interés por el cine está también decayendo, o sea que usaremos la palabra de nuestro tiempo y diré que para mí la ficción está claramente en crisis. Y me parece una mala noticia, porque recuerdo haber disfrutado mucho leyendo novelas y viendo películas y no está la vida como para andar perdiendo goces o para que éstos se vuelvan más infrecuentes. Pero el proceso parece imparable.

El caso es que creo haber entendido los motivos. Hace tiempo que creo que lo fundamental para que una ficción nos atrape -esté ésta ambientada en la actualidad o hace mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana- es que sus integrantes respeten ciertas reglas (paradójicamente) no escritas sobre el comportamiento humano. El respeto a estas reglas afecta tanto a la verosimilitud del argumento como a nuestra capacidad de creernos a los personajes. Estas reglas probablemente las vamos elaborando poco a poco a fuerza de observar lo que ocurre a nuestro alrededor, ya saben, el espectáculo de las pasiones humanas: nos da igual que el Halcón Milenario haga un improbable estruendo al dar sus no menos improbables saltos a la velocidad de la Luz, pero nos resultaría intolerablemente inverosímil que Luke no se turbara al saber que Leia es su hermana. Con los años vamos refinando nuestro personal conjunto de reglas y, paralelamente, vamos creyendo (justificadamente o no) que nuestras reglas son las buenas, porque nos sirven para entender algo mejor los comportamientos de los que nos rodean. De modo que no es extraño nos volvamos gradualmente intolerantes con las ficciones que no las respetan, y así el número de las que logran pasar nuestros filtros de verosimilitud decrezca paulatinamente.

Por supuesto, un escritor de talento es capaz de llevar las reglas al límite y lograr que la cosa funcione. Hace no mucho Josepepe señalaba con su gracia y concisión habituales que en “Los Enamoramientos” de Marías el argumento no acababa de cuadrar, pese a que historias similares pero más inverosímiles (propias del Almodóvar actual) podían encontrarse en la prensa. En este caso hemos de decir que estamos ante una ocasión perdida por el escritor, máxime cuando él mismo fue capaz de hacerme tolerable durante muchas (muchísimas) páginas la existencia de una división del MI5 encargada de hacer predicciones sobre personas basadas en el escrutinio de sus rostros...

Pero insisto, todo lo anterior se refiere a lo que necesita una ficción para atraparme, para poder alcanzar ese gozoso ensimismamiento tras el que uno, al salir del cine, podía decir aquello de “me he metido en la película”, y que se ha vuelto tan infrecuente. Por suerte, creo que aún me queda la capacidad de disfrutar con otros elementos de una ficción: lo que nos enseña su decorado histórico, político o social, con una descripción precisa de un sentimiento o de una idea, con una reflexión acertada sobre lo que se está contando, con las muestras de ingenio o con una sabia administración de la ironía. Pero son estos placeres de un orden inferior. Quizá añorar lo otro, ese modo total de disfrutar con una novela o con una película, no sea más que añorar la infancia y la capacidad de sentir un escalofrío cuando aquel tipo vestido de plástico negro (con la voz de Constantino Romero) le dijo al héroe aquello de: “yo soy tu padre”.