viernes, 28 de febrero de 2014

Saber y no saber del "Belvedere"


Qué ganas las mías (qué ganas las nuestras) de saber, de saberlo todo, cuando tan indispensable para el placer de saber, para obtener la satisfacción de saber, es no saber previamente; y cuando sólo no sabiendo (cuando no sabemos) podemos experimentar sensaciones que difícilmente podríamos experimentar sabiendo. Sé que la frase trae ecos de Marías: quizás porque estoy aún bajo los efectos de “Mañana en la batalla...”, o quizás porque me acuerdo (y me compadezco) de su inseparable Pérez – Reverte quien, inmortalizado por Muchachada Nui, decía aquello de “yo lo sé todo... hasta lo nuevo lo sé”. 





Pues bien, yo no sabía nada del torso del Belvedere cuando me lo encontré en el centro de una de las salas del Museo del Vaticano. Por eso, al verlo sentí una de esas punzadas que uno siente sólo ante un descubrimiento; una punzada casi de intimidación ante la imponente figura mutilada, que parece dispuesta a ponerse en marcha. Inmediatamente surge la duda de si no será la combinación de lo que vemos y de lo que le falta al coloso (de lo que sabemos y de lo que no sabemos de él) lo que le da esa potencia. Pienso entonces de nuevo en su nombre – el torso del Belvedere, de la bella vista (no sabía entonces a qué se debe ese nombre, sigo sin saberlo) - y entre los múltiples colosos sugeridos puedo imaginarme a un coloso jovial, encaramado en una tapia desde la que se divisan los tejados de Roma, dando patadas al aire como un niño. “El rotundo torso fue una fuente de inspiración para Miguel Ángel”, me informa asépticamente la voz de la audioguía. “Se estudia en todas las escuelas de arte”, me dice mi sabia acompañante.





Seguí recorriendo el museo experimentando asombros de otra índole, como en las estancias de Rafael (de las que ya sabía) llegando así a la Capilla Sistina. Y allí pienso que Miguel Ángel quizás sintio una punzada similar a la que sentí yo ante el torso del Belvedere y vio, entre los múltiples colosos sugeridos por el coloso, a uno implacable, capaz de impartir justicia el fin de los días. 



jueves, 13 de febrero de 2014

Sobre lo de Letta y Renzi, a vuelapluma

Llego un poco fundido a mis tareas de corresponsal, pero la actualidad apremia y yo me debo a mi público. Como sabrán, lo más probable es que mañana a estas horas Matteo Renzi esté formando gobierno, siguiendo las instrucciones de Giorgio Napolitano, mientras que Enrico Letta se despedirá -quizás para siempre- de Palazzo Chigi. Merece la pena decir unas cuantas cosas sobre todo esto.

Empecemos hablando de Letta. No puedo evitar que me caiga simpático un tipo que gozaba de la consideración de alguien tan juicioso como Giorgio Napolitano, que eligió como ministra a Cécyle Kyenge (sacando de quicio a los racistas que pululan por Italia, especialmente a la Lega Nord) y que dedicó esa carcajada y esa apreciación irónica -è un grande- a la penúltima contorsión política de Berlusconi, con la que daba su apoyo al gobierno (tras varias semanas amenazando con lo contrario):



Sin embargo, hay que señalar unas cuantas cosas. La primera es que su gobierno era tremendamente inestable, tanto que los trescientos días que (casi) ha durado parecen casi un milagro. La segunda es que Letta difícilmente puede considerarse como el guardián de las esencias izquierdistas del PD que ha sido derribado por el centrista Renzi: el todavía primer ministro provenía de la Margherita, un partido de ex-democristianos del que saldría uno de los candidatos más inoperantes que ha dado el centroizquierda italiano: il piacione Rutelli, quien últimamente ha visto la luz y suelta unos sermones que ríanse de nuestro Fernández Díaz. Fue precisamente el centrismo de Letta determinante para que Napolitano le confiara un gobierno de gran coalición.

Despachado Letta (también por mí), toca hablar de Renzi. Sin duda hoy Renzi ha conseguido lo que llevaba buscando desde que ganó las elecciones primarias. Hay quien considera peligroso a un tipo que ha llegado al poder haciendo uso de las nuevas tecnologías y de los medios. Conviene recordar que tanto twitter y tanto facebook fue inútil contra un político de la vieja escuela como Bersani, y que sólo la derrota del (este sí) ex-PCI le dio una segunda oportunidad para liderar el PD. Y tampoco está de más desempolvar los silogismos y decir que que todos los berlusconianos queden bien en la tele no implica que todos los que quedan bien en la tele sean berlusconianos.

El de Renzi es un gesto audaz y para mí difícil de entender, porque le coloca al frente del gobierno en una posición muy complicada, bastante más de la que tendría tras unas elecciones en las que (presumiblemente) habría ganado ampliamente -el escenario que todos preveíamos hasta ayer. Porque ahora mismo su única posibilidad de formar un gobierno estable pasa por llegar a acuerdos con un socio tan poco fiable (y tan erosionador de su base política) como Berlusconi. Puedo equivocarme, pero si Renzi no logra hacer un puñado de reformas convincentes y un gobierno más largo que el de Letta, su futuro político quedará seriamente dañado. Lo que es indudable es que ha dado un golpe de autoridad y que el Partito Democratico ha unido definitivamente (y quizás por primera vez en su breve historia) su suerte a la de su líder, y triunfará o se hundirá con él. Veremos qué pasa.

jueves, 23 de enero de 2014

Una carcajada con Montanelli (y con la actualidad política italiana)

"En una conferencia de prensa en Nueva Delhi, Henry Kissinger ha declarado que vendrá a Roma e irá a almorzar con el presidente Leone, pero que no hablará de política porque la política italiana es, para él, demasiado difícil de entender. Es la primera vez que Kissinger reconoce los límites de su propia inteligencia. Pero queremos tranquilizarle. Hay cincuenta y cinco millones de italianos que no entienden la política italiana, incluidos los que la hacen".

Al encontrarme con esta pieza de Montanelli el pasado domingo en la recopilación Il meglio di Controcorrente  (mi Montanelli de este año) no pude reprimir una carcajada. La retranca del maestro sin duda tuvo que ver, pero lo gracioso para mí es que este Controcorrente, escrito en 1974, suponía un colofón inmejorable a una jornada en la que había intentado entender el acuerdo que se estaba fraguando entre Renzi y Berlusconi para reformar la ley electoral italiana. Sin éxito, naturalmente.

A mi confusión contribuyeron varios factores, entre ellos que me intenté enterar de lo que pasaba a través de la Repubblica, que el domingo informaba de lo ocurrido en la reunión privada entre Renzi y Berlusconi con una profusión de detalles que tiendo a considerar sospechosa, salvo para un narrador omniscente o un Diego Torres. Desde entonces, por suerte, los protagonistas han hablado sobre el acuerdo y sabemos con certeza algunas cosas: para entender por dónde parece que irá la nueva ley, les recomiendo que lean lo que ha escrito Pablo Simón en Politikon (una lectura doblemente recomendable para los que consideran que la ley electoral española es la fuente de todos los males patrios). Ahí también encontrarán los motivos por los que no me acababa de creer la información de La Repubblica, en particular que se empeñaran en llamar "ley a la española" a la ley electoral en ciernes (cuando efectivamente se parecen como un huevo a una castaña) y que sorprendentemente la nueva ley mantenga los rasgos por los que la presente ley electoral (cariñosamente conocida como porcellum) fuera declarada inconstitucional, como la existencia de un "premio de mayoría" (diputados extra para la lista más votada, por la cara) y las listas cerradas y bloqueadas.

¿Cómo se explica entonces este acuerdo, que además da vida política al pernicioso Berlusconi? Se puede entender en parte. Con la ley electoral vigente declarada inconstitucional, era necesario aprobar otra; Monti y Letta lo intentaron sin éxito y Renzi, tras ser rechazado por los muchachos de Grillo (que siguen con su heroica tarea de señalar con el dedito sin descender a compromisos reales), ha tenido que dirigirse al que todavía hoy es el líder del mayor partido de centro derecha italiano. Por otro lado, si el centro izquierda aprobara una ley sin su apoyo habría cometido el mismo atropello que Berlusconi y los suyos cuando aprobaron el porcellum sin contar con la oposición (aunque también podría decirse ahora que dejar a los grillini fuera es dejar fuera a la oposición). Además parece que la nueva ley debería corregir el bicameralismo perfecto actual, culpable entre otras cosas de que Letta, pese a la mayoría de su partido (el PD) en el parlamento, tenga que gobernar con los berlusconianos-hasta-hace-dos-días-pero-ya-no-por-otras-carambolas, y eso es algo que al parecer agrada a Napolitano, al que siempre hay que escuchar. En definitiva, que Renzi ha tomado una decisión discutible, pero hay que reconocer que en esta mano no tenía muy buenas cartas. Y quizás la política, en el fondo, vaya de eso.

Ah, cuánto aprendemos con la política italiana. Aunque no entendamos nada, como decía Montanelli.

lunes, 6 de enero de 2014

Más comentarios arcadianos

Publicaba anteayer Arcadi Espada su habitual carta de los sábados y los arcadianos no tardamos en ponernos a comentarla de nuevo en Twitter (sin ponernos de acuerdo, naturalmente). Antes de seguir, procede aclarar lo de arcadianos, y lo de de nuevo. Por arcadianos entiendo a los que coincidimos en los comentarios del primer blog de Arcadi Espada, los famosos Diarios, de cuyo inicio hace ahora diez años (aunque yo tardé un tiempo en hacerme asiduo). Y lo de de nuevo se debe a que en estos diez años esos arcadianos no hemos dejado de discutir en torno a los temas que va proponiendo Espada: primero en los Diarios, después en otros blogs, ahora en Twitter. Como hicimos anteayer.

Y con esto vuelvo a la carta que mencionaba al principio. Trataba, como es habitual, del nacionalismo catalán, y en particular sobre las reacciones que ha suscitado otra carta, la de Mas: esa con la que el President intentaba explicar sus fabulosos planes a distintos líderes europeos. Espada parecía descontento con el tono general de las reacciones, en particular, se lamentaba de que ...

"..(l)a schulzeuropa quiere evitar el debate político y la injerencia. Es llamativa su tibieza moral y política ante el secesionismo de Mas..."

Algunos arcadianos discrepaban de Espada (ser arcadiano - aclaramos- no imposibilita la discrepancia, sino que casi la garantiza) y sostenían que la actitud europea es un sabio modo de evitar publicidad gratuita a la causa nacionalista. Otros, que esas reacciones casi burocráticas llegadas de Europa son las únicas procedentes ante los delirios de Mas. Alguno más sostenía que los líderes europeos deberían haber sido más explícitos sobre las perniciosas consecuencias que tendría para Cataluña constituirse como estado independiente...

Pero yo creo que el lamento de Espada no iba por ahí, sino que conecta con una de sus ideas clave, una de esas dos o tres ideas de las que ha logrado convencerme: la necesidad de establecer un debate de principios con el nacionalismo, sin complejos. Porque ese debate quizás habría frenado el ascenso de los nacionalismos, y cuanto más los retrasemos más difícil será deternerlo. Que Espada opina que esta es una tarea fundamental es algo que está implícito en su denuncia constante de la estupidez nacionalista (que bien puede entenderse como el intento de llenar un vacío) pero también está explícito en sus textos, como en esta frase que subrayaba el otro día el arcadiano Melò:

"Yo creo que al nacionalismo se le ha de dar lo que pide, que es su ridiculización incesante: buena parte de su éxito local se debe a que su carácter no ha sido sometido a una risa batiente, generalizada y demoledora."

En el campo progresista esto es evidente: salvo versos sueltos como Savater, Félix Ovejero y algún que otro bloguero friqui, pocos han dedicado líneas a explicar  que es contradictorio tenerse por progresista y ser nacionalista (o soberanista, o lo que sea): fue quizás por eso por lo que yo me interesé por Espada cuando escribía en El País. Del mismo modo, apuesto a que tampoco se han dedicado demasiados esfuerzos para mostrar la incompatibilidad del nacionalismo con los principios liberales e ilustrados. Para ello no sólo hay que estar libre de complejos cuyo origen ha sido ampliamente discutido, sino que es necesario creer que en el debate político, partiendo de unos principios y usando la lógica se puede mostrar (¡e incluso demostrar!) que determinadas ideas son contradictorias: reconozco que ahí late la creencia en que existe la verdad, sin duda atribuible también en parte a la perniciosa influencia de Espada.

Por eso, seguramente Arcadi Espada desearía que desde Europa se dijera sin rodeos que el nacionalismo es incompatible con el europeísmo, que en un momento en el que estamos intentando construir un espacio donde convivan varias identidades (o donde uno pueda librarse de la insufrible gimnasia identitaria) no tienen cabida nuevas fronteras,  o que ahora que se está intentando ampliar el alcance de la solidaridad en Europa no tiene sentido mutilar los espacios de solidaridad existentes. La reacción de Europa, sin embargo, ha sido la que ha sido. Conociendo a Espada, esto no le desanimirá y seguirá insistiendo cuanto sea preciso en su blog, en sus columnas y en sus cartas de los sábados. Y hace bien, porque puede acabar resultando convincente. Se lo garantizo.

domingo, 15 de diciembre de 2013

La mafia mata sólo en verano

Se escapaba 2013 y yo estaba perdiendo la fe en el cine. Quizás les parecerá un modo un tanto efectista de empezar una entrada, pero verán que no lo es tanto. Repasemos los últimos acontecimientos:

Hace unas semanas fui a ver la aclamada Gravity y qué quieren que les diga: no sé si sería por el doblaje (algún día hablaremos de las veces que he tenido que aguantar la murga de "pero si la escuela de dobladores italianos es famosa en el mundo entero") pero fui incapaz de creerme a la protagonista, Sandra Bullock, y por extensión de atisbar las profundas corrientes sentimentales que al parecer recorren la película. A lo más que llegué fue a apreciar algunos aspectos superficiales, como su espectacular inicio y lo bien que le sientan la ingravidez y los shorts a la Bullock. Esto habría podido ser suficiente en una temporada en la que la cosecha cinematográfica estaba siendo endeble, pero tratándose del fenómeno cinematográfico del año no pude evitar sentirme decepcionado. Pero el hecho que casi dio la puntilla a mi tambaleante fe en el séptimo arte fue saber que "La Grande Bellezza" había ganado el premio a la mejor película en los recientes premios del cine europeo. "La Grande Bellezza", hay que decirlo, es como "La Dolce Vita" si multiplicamos por diez sus (ya nada desdeñables) pretensiones intelectuales mientras la despojamos de todo su encanto, algo que casi se logra sustituyendo al insuperable Mastroianni por el insoportablemente virtuoso Tony Servillo, que no puede estar más pieno di se durante todo el metraje. El resultado es un mejunje francamente infumable, y la noticia me hizo temer seriamente por la salud del cine europeo en su conjunto.

En fin, que poco menos que estaba decretando solemnemente la muerte del noble arte de Kubrick en 2013 cuando ayer F. (¡a la que no elogiamos lo suficiente en este blog!) me sugirió que fuéramos a ver "La mafia uccide solo d'estate", de la que había leído buenas críticas, incluida una de Saviano. Y, amigos, saltó la liebre. Dirigida por Pierfrancesco Diliberto (que por motivos que escapan nuestra comprensión se hace llamar "Pif") nos cuenta la historia de amor entre dos jóvenes en Palermo a lo largo de los años 70-80 con un gran sentido del humor, algo que tiene un mérito indudable porque es una historia marcada (como la vida de tantos palermitanos) por el sangriento Totò Riina.

Viendo la película se operó además un curioso efecto. Últimamente estaba abrigando la sospecha de que una obra de ficción sólo podía atraparme si el autor había planificado todo con la minuciosidad suficiente como para que no sean visibles las costuras (pienso en "Amour" de Haneke; pienso en el epílogo de "Il Nome della Rosa", donde Eco explica la preparación de su estupenda novela). Sin embargo en esta película no sólo se ven las costuras, sino auténticos costurones (por ejemplo, el niño -¡cuidado con ellos, que diría Hitchcock!- protagonista no imita a Andreotti, sino a Toni Servillo interpretando a Andreotti). Y sin embargo, logró conmoverme, quizás por la simpatía de los actores, o por el encantador acento siciliano (¡el que le puso el doblador italiano a Lancaster en "Il Gattopardo"!), o por el fresco e ingenuo sentido del humor... o porque esta película, pese a su ligereza, supone un emocionado recuerdo de muchos de los que dieron su vida en Palermo defendiendo la Ley, esa imperfecta red invisible que nos protege de bárbaros como Riina (lo que a su vez me hizo pensar en lo que ha ocurrido y ocurre en España...). Pero bueno, mejor dejarlo aquí, que un blog como éste debería tener un entrada ligera de vez en cuando. Vayan a ver "La mafia uccide solo d'estate" cuando la pasen por sus pantallas, no se arrepentirán.



viernes, 6 de diciembre de 2013

Un buen día para recordar unas cuantas cosas

Creo que es deseable que los torturadores sean perseguidos por la Justicia y castigados, pero creo que en el caso de los torturadores de la época franquista hay motivos legales y políticos que lo hacen imposible. En otras palabras: para juzgar a los que torturaron en España en los años 60-70 deberíamos renunciar a valiosos principios jurídicos y traicionar un valioso legado político.

Si he empezado con este párrafo no ha sido sólo para dejar clara mi opinión desde el principio, que también, sino para tener una prueba directa de que es posible escribir algo así sin que te estalle la cabeza. Porque siguiendo por la prensa el caso de las peticiones de extradición de (presuntos) torturadores franquistas por parte de una juez argentina, empezaba a sospechar lo contrario. El relato  que muchos izquierdistas fetén elaboran aprovechando este caso, de un modo más o menos explícito (véanse por ejemplo los comentarios a esta noticia) es el siguiente: la democracia española es una democracia incompleta porque estas violaciones de los derechos humanos quedaron impunes y, si los torturadores finalmente no son extraditados (no lo serán) y puestos en manos de la Justicia argentina, se confirmarán las simpatías franquistas del PP y España estará violando la legalidad internacional. Yo creo que este relato se debe a la ignorancia, en el mejor de los casos, o a un interés irresponsable en deslegitimar  nuestras instituciones, en el peor. En lo que sigue explico por qué.

Mi argumento es el siguiente: esas torturas no pueden ser juzgadas porque son delitos que han prescrito y que además fueron amnistiados con la Ley de Amnistía de 1977.  Este sencillo argumento es atacado siguiendo dos líneas, una (digamos) jurídica y otra política.  La línea jurídica de ataque es que "las torturas franquistas son crímenes de lesa humanidad y como tales no pueden prescribir". Esta confusión, alimentada por juristas de más prestigio internacional que nacional, se apoya en el hecho de que algunos crímenes franquistas de la Guerra Civil y la inmediata posguerra encajan sin duda en la definición de crimen contra la humanidad (si bien, al ser crímenes anteriores a esa definición, no podemos aplicársela por el principio de irretroactividad - tan popular últimamente por la sentencia del TEDH sobre la doctrina Parot). Sin embargo, las torturas franquistas en los años 60-70 difícilmente son crímenes de una gravedad suficiente como para merecer esa consideración. Para entenderlo, basta pensar que en esos mismos años ocurrieron violaciones de los derechos humanos comparables en Portugal,  Sudáfrica o en los regímenes comunistas de la Europa del Este que nadie considera crímenes contra la humanidad (distinto es el caso de lo ocurrido en Chile y en Argentina en los 70, pero es que allí fueron a una escala mucho mayor). Esta línea, en definitiva, no se sostiene.

La segunda línea de ataque, la línea política, me parece aún más discutible. Para algunos, los torturadores han de ser juzgados porque la amnistía que les ampara fue una intolerable imposición del régimen anterior y debe ser derogada. Si dejamos de lado el hecho de que incluso si dicha ley fuese derogada esos crímenes habrían prescrito, de modo que para juzgarlos habría que recurrir a la aberración jurídica de aplicar retroactivamente una extensión de su plazo de prescripción (algo que permitría también, llevando la idea al absurdo, juzgar a algún valiente abuelo que hubiera plantado cara al régimen franquista tras la Guerra Civil), para hacer esta afirmación hay que ignorar las circunstancias en las que dicha ley fue aprobada. Pero basta leer la wikipedia para saber que la Ley de Amnistía fue aprobada con un amplio consenso y con el apoyo de la mayor parte de la izquierda parlamentaria incluyendo el PCE, en un ejemplo más de su ejemplar altura de miras durante la Transición (aunque sus herederos ahora no parezcan recordarlo).  El entusiasta discurso que pronunció Marcelino Camacho en las Cortes explicando el voto afirmativo del Partido Comunista  permite entender el ánimo con el que la ley fue acogida por gran parte de la militancia antifranquista.

Así pues, derogar la Ley de Amnistía no sólo sería un ejercicio inútil para el propósito de juzgar a esos torturadores: supondría además traicionar el acto de generosidad de hombres y mujeres que sufrieron torturas y persecución pero que prefirieron sacrificar sus (comprensibles) deseos de justicia a cambio de lograr la reconciliación nacional. Fue un acto de pragmatismo, una cualidad sólo accesible para aquellos que entienden que hay ocasiones en las que sólo podemos optar por una solución que satisfaga parcialmente algunos de nuestros anhelos: quizás aquellos antifranquistas sabían más de la vida que los nuevos antifranquistas del iPad. Y gracias a esa ley se pudo construir una democracia que puede que tenga defectos, como todas, pero es totalmente homologable con el resto de las democracias europeas (algo que, amigos de la matraca de la democracia formal, no es una mera formalidad: basta repasar la evolución de todos los indicadores de desarrollo de España en los últimos 35 años). Una democracia, en definitiva, en la que ya nadie es juzgado por el bando en el que pelearon sus padres o sus abuelos, a diferencia de lo que ocurría durante los grises años de Franco. Quizás sea hoy un buen día para recordarlo.




(Cuando terminé de escribir estas líneas, con la intención de que aparecieran hoy, supe de la muerte de Mandela. Ojalá algunos de los que elogiarán hoy su imponente legado político y su lucha por la reconciliación en Sudáfrica dediquen un rato a reflexionar sobre la historia reciente de España).

sábado, 23 de noviembre de 2013

Dallas, JFK y el Museo de la Sexta Planta (notas de un cuaderno azul)

Antes de hacerme mundialmente famoso con este cuaderno, tuve unos cuantos cuadernos azules en los que descargaba mis impulsos escritores  (por entonces no conocía alivios tan fáciles como tuíster). El caso es que recuerdo que un cuaderno azul me acompañó en un viaje que hice a Dallas allá por 2008 y, aprovechando la efeméride de estos días, he decidido volver a abrirlo para ver qué me contaba por entonces. Aquí va, sin estilizar apenas (el cierre cursi no deja lugar a dudas):

Dallas tiene un downtown bastante deprimente. Es sin embargo magnífico el Sixth Floor Museum, instalado en el edificio desde donde le volaron la cabeza al presidente. Todo bien explicado, desde los inicios del presidente hasta su muerte, controversias y conspiranoia incluida. Transparencia, tolerancia, apertura a la discusión: lo mejor de EEUU.
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Es imposible no sentir un escalofrío al asomarse a la ventana que da a Elm Street, desde donde disparó Oswald.
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Será el ambiente de las primarias, pero los paralelismos entre JFK y Obama son evidentes: jóvenes, guapos, brillantes y con handicap, al menos en teoría (católico el primero, negro el segundo). Y ambos con un mensaje de esperanza y renovación.
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Cena en un restaurante típico con una banda tocando country de fondo. Ambiente entrañable. La gente tararea distraídamente las canciones, una pareja de ancianos negros baila armoniosamente, niños con calcetines blancos corretean entre las mesas, hay abrazos intensos aquí y allá, celebrando un cumpleaños o qué sé yo. Son hermosos.

(Joder, qué majete era). 

domingo, 20 de octubre de 2013

Propósito y ejecución de mis diez líneas salvajes

Tengo una memoria pésima para mis lecturas. Por ejemplo, hace poco mi hermano me dijo que andaba leyendo "El amor en los tiempos del cólera" y yo sólo acerté a decir que recordaba dos cosas: que logró conmoverme, y que en ella aparece un loro. Menudo balance.

Mi desmemoria lectora es tal que he tenido que inventarme elaboradas excusas que darme para esos momentos de desánimo en los que pienso que en verdad leo sólo por vicio. Por ejemplo, me gusta pensar que quizás las lecturas nos moldean del mismo modo que el agua da forma al caudal de un río: quizás no deje rastros evidentes, pero sí abre nuevos espacios por los que nuestros pensamientos pueden discurrir. Así, aunque pasado el tiempo no recordemos cómo acababa la pareja protagonista de Suave es la noche o seamos incapaces de reconstruir el argumento del duendecillo malvado del Discurso del Método, quizás perdure en nosotros el efecto de esas lecturas y tengamos una pizca de la profundidad psicológica de Scott Fitzgerald o del ingenio de Descartes.

Pero estas excusas me satisfacen sólo parcialmente y tampoco sirven de gran cosa cuando alguien querido me pide mi opinión sobre un libro, así que hace ya bastante tiempo decidí que debía hacer algo para intentar retener algo más de mis lecturas. Como no conozco mejor modo de fijar una idea que hacer el esfuerzo de ponerla por escrito, desde hace más de diez años (!) intento escribir diez líneas, como máximo, sobre cada libro que leo. No parecerá gran cosa, pero visto el poso que me dejó el "El Amor..." (¡para la que no escribí esas diez líneas!) creo que puedo conformarme. Además el riguroso límite de las diez líneas es últil para alguien que encuentra mucho más difícil terminar un escrito que empezarlo, como es mi caso.

Y esto he venido haciendo hasta la última novela que ha pasado por mis manos, "Los Detectives Salvajes", de Bolaño. No sé si haber escrito las diez líneas de rigor habrá servido para algo, pero al menos en este caso puedo decir que me han dado una buena excusa para escribir una página más de este cuaderno y para dejar por escrito mi agradecimiento a Aviermen y a Josepepe, que me la recomendaron. Aquí van: 


… “LOS DETECTIVES SALVAJES” de Roberto Bolaño. Leído en Milán entre Septiembre y Octubre de 2013

Bolaño te habla en la primera página del grupo del “realismo visceral” y cuando te quieres dar cuenta estás devorando páginas y compartiendo vivencias con unos jóvenes que viven y veneran las letras con un fervor radical en Mexico DF. Se cierra la frenética primera parte y seguimos a través de varios testimonios la pista de los líderes del grupo, Lima y Belano, durante décadas: esta parte deja algo desorientado al lector, quizás porque ése es el signo de una edad adulta en la que ya no tenemos ni fervores que nos guíen, pero contra la que al menos nos queda la ironía, como muestra Bolaño. Concluye la novela en el Desierto de Sonora, con el episodio que marcó la transición entre juventud y madurez -entre el frenesí y el desorden- de los realistas viscerales, y se cierra con una ventana cuyo significado quizás no entendí, ni falta que hace: es una novela única.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Contrarréplicas reales e imaginadas.

Bullían el otro día las redes sociales (o quizás fuera sólo mi TL, o quizás fuera yo el que bullía y mi TL no tuviera culpa de nada) con un interesante debate sobre los límites de la ciencia. Los antecedentes son estos: Steven Pinker publicó un estupendo ensayo breve en The New Republic, "La ciencia no es tu enemiga", sobre la necesidad de las humanidades de abrirse a la ciencia. El ensayo fue respondido en la misma revista por el crítico literario Leon Wieseltier, y me lancé a leer con avidez su respuesta al saber por el twitter de Edge que la contrarréplica de Pinker "aparecería en cualquier momento". Lo hice porque tenía tiempo libre y porque tengo la manía de intentar formarme mi propia opinión sobre cualquier asunto de mi interés si las circunstancias lo permiten, aunque sea para tirarla poco después a la papelera (cosa que ocurre a menudo y que previsiblemente ocurriría al leer lo que tuviera que responder Pinker a Wieseltier).

El prolijo texto de Wieseltier resultó tan indigesto como presagiaba el título (de dudoso gusto), "Crímenes contra las humanidades": la vieja cantinela de que hay ciertas cosas que la ciencia no puede explicar, sin entrar a discutir algo tan importante como la propia noción de explicar. El esfuerzo y las prisas, además, resultaron aparentemente inútiles porque la contrarréplica de Pinker no apareció (por motivos que desconozco). Pero finalmente sí que sirvieron de algo, porque poco después apareció en Jot Down un artículo de Cristian Campos sobre esta polémica y pude leerlo con la ventaja de haber reflexionado previamente sobre el tema. Una pieza cuyo título, también, anticipa el contenido: "El dinosaurio de las letras ya tiene su meteorito". Campos, lector apasionado de Pinker, defiende con vehemencia y profusión de argumentos (su estilo y su cadencia soltando galletas dialécticas rivaliza con la de su maestro, Espada) su cientifismo, por el cual
...tanto la religión como la filosofía, la economía o la política son prescindibles. Pura cháchara académica cuya relación con la verdad es en el mejor de los casos anecdótica. Pan y circo. Ornamentos de colores para currículums perezosos. 
Mientras leía a Cristian Campos (como siempre con una sonrisa, como siempre discrepando de él) no pude evitar recordar algunas de estas frases: 
...Como escribió Madison: "¿Qué es el gobierno en sí mismo sino la mayor de todas las reflexiones sobre la naturaleza humana?" (...) Los cerebros tras la Revolución Americana heredaron la visión trágica de pensadores como Hobbes y Hume (...) su teoría de la naturaleza humana podría haber salido directamente de la moderna psicología evolutiva (...) John Adams escribió: "El deseo de ser estimado por los otros es un deseo tan natural como el hambre. Es el principal fin del gobierno regular esta pasión". Alexander Hamilton escribió: "El amor por la fama es la pasión rectora de las mentes más nobles". James Madison escribió "Si los hombres  fueran ángeles, ningún gobierno sería necesario. Si los ángeles gobernaran a los hombres, ningún control externo ni interno sería necesario"...

...frases que he sacado precisamente de un capítulo de La tabla rasa de Pinker, donde lanza la interesante hipótesis de que los inigualados éxitos de la democracia americana (y en general de las democracias liberales) se deben a que sus diseñadores idearon un sistema de contrapesos basado en una visión bastante acertada de la naturaleza humana, capaz de prever algunas de nuestras limitaciones innatas (en el mismo capítulo también argumenta que sus fallos, que los han tenido y graves, pueden deberse a la incapacidad de los fundadores para prever otras). Una visión que, naturalmente no se basaba en la ciencia sino en una reflexión profunda sobre la sociedad y la Historia.

Así pues, creo que este fragmento permite aventurar las líneas que habría seguido la contrarréplica de Pinker, que especulo sería más moderada que la de Campos (aunque luego entendí que el meteorito del que hablaba era más reformista que aniquilador). Imagino que Pinker habría podido decir que, como muestra el ejemplo de los padres fundadores de Estados Unidos, las reflexiones de la ciencia política sí tienen un valor indudable y no es razonable pedir su demolición, sino su reforma. Una reforma que pasaría, donde fuera posible, por incorporar tanto los hallazgos recientes de la ciencia como su metodología, que es quizás donde han logrado expresarse más plenamente los ideales de rigor y honestidad intelectual que se requieren para acercarse a la verdad (que existe, sí): los mismos ideales que probablemente guiaron a Hamilton, Madison o Adams (entre otros) en sus reflexiones. Y que lo mismo puede decirse de la economía, de la historia...

Esa hipotética contrarréplica tiene una cualidad muy apreciable desde mi punto de vista y es que (¡curiosamente!) coincide plenamente con mi opinión al respecto. Y creo que la coincidencia persistirá hasta que finalmente llegue el momento anunciado por Edge, Pinker dé su contrarréplica a Wieseltier y previsiblemente esto que acabo de escribir deje de ser mi opinión y acabe en la papelera.


lunes, 12 de agosto de 2013

Turquía (y III): conexiones y desconexiones playeras.


Una de las ventajas de ir al mar en Turquía fue que resultaba realmente difícil encontrarse con un español o con un italiano. La necesidad de este doble descanso me convence de que ando cada vez más cerca de la doble nacionalidad. Pero esta es una necesidad natural en vacaciones, cuando uno necesita descansar de muchas cosas, empezando por uno mismo y ...¿qué criaturas de Dios hay que nos recuerden más a nosotros mismos que nuestros propios compatriotas? Les cuento esto porque al leer en la playa esta desconcertante columna de Enric González en la que, harto (suponemos) de sus compatriotas, se declara a favor del referéndum en Cataluña, en el que votaría por la opción unionista pese a preferir la victoria de la opción independentista (!), pensé que debía haberla escrito animado por un sentimiento similar. Así pues, creo que sólo puedo desearle a Enric unas felices vacaciones y, sobre todo, el descanso que a buen seguro necesita. Propongo como destino Turquía. 

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También desde Turquía estuve atento a lo que decía Rajoy, que al final cedió a mis presiones (y la de tantos otros tuiteros de peso)  y se decidió a comparecer para hablar de Bárcenas. De las noticias que leí entendí que hizo lo esperable: proclamar su inocencia y reconocer que en algo se equivocó depositar su confianza en el ex-tesorero. A la vuelta, sin embargo, vi que su discurso era calificado como una obra maestra por Arcadi Espada (no se pierdan la aguda lectura de Espada que hace Montano) y decidí leérmelo íntegramente.

Debo decir que el juicio de Arcadi me parece de una benevolencia sorprendente. Es comprensible hasta cierto punto que en estos tiempos justicieros una defensa de los principios del Estado de Derecho  y una cita de Bertrand Russell ("la calumnia es siempre sencilla y verosímil") puedan parecernos política de altos vuelos. Pero me parece llamativo que el autor de "Contra Catalunya" no tuviera nada que decir sobre el modo en el que Rajoy interpretó las (torpes) reclamaciones de comparecencia por parte de la oposición como amenazas irresponsables a la estabilidad nacional: como si no fuera razonable pedir al presidente del Gobierno que se pronuncie ante las graves acusaciones que ha hecho nada más y nada menos que el ex-tesorero de su partido. Y en cuanto al uso de citas pasadas de dirigentes socialistas que hizo Rajoy, citas en las que se pedía prudencia y respeto a la justicia (para casos en los que estaban involucrados socialistas, claro), a mí me sirvieron como triste recordatorio de los tiempos en los que el PP necesitaba que le recordaran ciertas cosas, y más en general de que en España el respeto por el Estado de Derecho va por rachas y por barrios. Y todo esto sin aclarar nada sobre hechos probados y controvertidos, como la extraña vinculación contractual de Bárcenas con el PP. En definitiva, fue un discurso decepcionante políticamente (como la columna de Espada) y que me hace creer menos en la inocencia de Rajoy que hace unos meses.

Qué decir de los otros. Rubalcaba insistió en el irritante error de El País y El Mundo de tomar como hechos probados lo que sólo son indicios, invalidando así sus argumentos. Rosa Díez, por su parte, por lo menos tuvo el acierto de afearle a Rajoy su "Contra España", si bien no puedo evitar caer en el mismo error que Rubalcaba unas cuantas veces: esa pulsión populista es lo que más me irrita de UPD. Las de PP, PSOE y UPD fueron las únicas intervenciones que leí: a buen seguro las intervenciones de los nacionalistas y de los ecosocialistas me habrían deparado momentos aún más inolvidables, pero el verano es corto y las lecturas pendientes, muchas.

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Habrá quien tema que ni en las playas turcas he logrado desconectar. Se equivocan, por suerte. Para desconectar me bastaba con coger mis cutregafas de nadador (las aletas y los equipos de submarinismo las dejo para los que tengan pretensiones anfibias) y echarme al agua. Hay veces que me gusta nadar buscando peces, cerca de las rocas: siempre me sorpende cómo aparecen, como materializándose exclusivamente para mí, para que yo los vea. Pero otras veces simplemente me gusta nadar hasta donde no se ve el fondo y ahí, solo, bucear y bucear hasta donde los pulmones y los oídos aguanten, un esfuerzo que no sirve más que para verse más y más envuelto en el silencioso azul: el tipo de esfuerzos inútiles que a mí me gustan.