viernes, 12 de abril de 2013
Encuentro con Mendoza en Milán
Concluida la introducción, Eduardo Mendoza toma la palabra en español (un alivio, porque no habría soportado a Mendoza en itañol) y lo hace con un "inciso protocolario" de agradecimiento a sus anfitriones; basta la precisión de su expresión para recordarme la del innombrado protagonista de su descacharrante serie detectivesca, esa por la que soy un incondicional suyo y cuya última entrega, "El enredo de la bolsa y la vida", traigo conmigo. Me entero poco después que de que el encuentro sirve para presentar la reciente traducción al italiano de esta novela, a cargo del profesor de peinado persa. Guiado por el dicharachero periodista, Mendoza habla de la inspiración que supusieron los cómics de su infancia, plagados (hasta que llegó Superman, cuya fascinación aún recuerda y sobre quien querría escribir algo) de personajes de verbo florido a los que todo les salía mal. Un poco como le pasa al protagonista de su novela, el investigador accidental salido de un psiquiátrico, un loco entre cuerdos que muchas veces se siente como un cuerdo entre locos, como se sintió el propio Mendoza cuando volvió desde Nueva York a la despendolada Barcelona de los años de la Transición. Habla también de su inconfundible sentido del humor y de cómo sus ocurrencias surgen naturalmente y que hasta él mismo se ríe con ellas, pero reconoce que la tarea de ponerlas por escrito es un asunto más serio y más sufrido porque el humor, dice, exige la precisión de un reloj suizo. Y explica que en su tarea le ayudan un puñado de lectores de confianza a los que pasa la novela cuando está terminada para que le digan si algún chiste falla o si hay algún pasaje que se podría mejorar: una confesión de este tipo en las letras españolas se la recuerdo sólo a César Vidal, o no. El traductor toma entonces la palabra para explicar sus dificultades para traducir el peculiar humor del barcelonés, en particular los nombres de los personajes. Se ve que el asunto le ha costado unas cuantas canas (contra las que sin duda ha luchado afanosamente): que su italianización más lograda sea la de Ali Aaron Pistolino por Ali Aaron Pilila muestra que el resultado es desigual, aunque reconozco que la tarea no era fácil (no quiero imaginar por lo que pasó quien tuvo que italianizar al Gumersindo Marranón de 'Riña de gatos').
Avanzando en la charla se toca el tema de la crisis, algo que me sorprende menos y no sólo porque estemos todo el puñetero día hablando de la crisis, sino porque el título del encuentro era, precisamente, 'La novela en tiempos de crisis'. Aquí por un momento el semblante de Mendoza se vuelve más serio: explica que escribió una novela ambientada en una Barcelona en crisis cuando ésta apenas estaba empezando (eso entonces no lo sabíamos) y no podía imaginar que se agravaría tanto. Parece casi arrepentido de haberlo hecho y dice estar muy preocupado por la situación actual, ante la cual se confiesa perplejo: dice que en los últimos años sólo ha crecido en su perplejidad y que ya le gustaría saber cómo salir de esta. Y que por eso, a diferencia de otros escritores que cultivan el género detectivesco como excusa para explicarnos las contradicciones del capitalismo (la frase, naturalmente, es mía), él no pretendía en absoluto dar claves sobre tan complejo asunto con su novela. Como cabía esperar de él, añade que en su opinión el humor no sirve absolutamente para nada frente a la crisis, ni siquiera como herramienta crítica. Pese a todo, sus contertulios intentan encontrar algún trasfondo político en la aparición de Angela Merkel en la novela, intento que Eduardo Mendoza despacha diciendo que la elección fue por motivos puramente literarios. De hecho, evocando con gracia el episodio en el que la Merkel se encuentra con su ex-novio español, Mendoza logra arrancar las últimas cacajadas del personal. Con una sonrisa de oreja a oreja le ovacionamos ruidosamente al concluir el acto.
El escritor se queda entonces para firmar libros y decido que esta es una buena ocasión para, por primera vez en mi vida, pedir a un autor que me firme su libro, algo que nunca había hecho por una mezcla de altivez y timidez (si es que ambas cualidades no están mezcladas ya) y porque siempre me había parecido algo cursi. Como hay unas cuantas personas delante de mí, aprovecho para pensar en qué le quiero decir en tan especial ocasión - soy muy de ensayar mentalmente mis parlamentos importantes- y decido que le daré las gracias por dos motivos y le haré una pregunta. Llegado mi turno Mendoza me recibe con una sonrisa, si bien advierto en sus ojos el destello de preocupación del escritor experimentado que ha intuido que soy un pelma de los que se preparan los parlamentos. Ya que voy a hacer algo tan cursi como pedirle que me firme su libro, decido cursilear al máximo y para empezar le doy las gracias por sus novelas, con las que me lo he pasado tan bien ("me lo he pasado pipa", me escucho decir con horror). Noto que la sonrisa persiste pero que el destello de preocupación en su mirada va en aumento, y me doy cuenta de que me he apoyado demasiado en su mesa y estoy comenzando a desplazarla, cosa que logro corregir a tiempo. Recuperada la compostura, la segunda cosa que le quiero agradecer, digo, es que haya dicho que en estos años de crisis ha crecido su perplejidad, porque a mí me pasa lo mismo y reconforta saber que es algo que puede ocurrirle hasta a alguien como él. Mendoza asiente y reitera que sí, que está muy perplejo ante todo lo que está ocurriendo. Entonces le alcanzo el libro y le pido que me lo firme (evito decir "que me lo dedique") y aunque no quiero mirarle directamente mientras escribe, porque me parece descortés, me parece notar que se toma unos segundos para pensar qué escribir. Entonces caigo en que se me había olvidado la pregunta: si le tienta volver a escribir columnas, aunque sea para intentar sacarnos a todos un poco de nuestra perplejidad o para plasmar las suyas. Me dice que no, que le daría mucha pereza. Haciendo un esfuerzo sobrehumano para no dar nombres le digo que es una pena porque se le echa mucho de menos en las contraportadas de El País. Le doy las gracias y le dejo atendiendo al resto de personas cuyas miradas me llevo clavadas en la nuca.
Salgo a la Via Dante y antes de tomar el tranvía me paro para abrir el libro y ver qué ha escrito. Como he dicho, era la primera vez que pedía que me firmasen un libro y decido que será la última, porque es difícil que otro escritor pueda superar esta dedicatoria.
sábado, 6 de abril de 2013
Segundo aniversario y Greatest Hits del cuaderno.
1. Los ricos son más ricos. Los pobres, también, donde se advierte claramente que mi caída al lado oscuro es inminente.
2. Una renuncia inexplicable, donde queda patente que pese a estar a punto de echarme a los brazos de Darth Vader, en el fondo soy un ingenuo y cuento con que algún día cierta izquierda empiece a usar la lógica.
3. Bersani - Renzi a vuelapluma donde contaba las primarias del PD pensando que en ellas se dirimía quién sería el próximo primer ministro de Italia. Un ingenuo, lo dicho.
4. La ficción y yo, donde explico por qué leo menos novelas, aunque el verdadero motivo por el que leo menos de todo seguramente sea el jodío tuíster.
5. Aviermen nos habla de las desigualdades, donde mi buen amigo y sin embargo lector aviermen hacía unas importantes matizaciones a lo afirmado en mi Greatest Hit.
Aquí los dejo, y de paso les agradezco que se dejen caer de vez en cuando por aquí. Nos vemos por aquí, de cuando en cuando, irregularmente. Como siempre.
martes, 19 de marzo de 2013
Réplicas trascendentes
Ha habido alguno notable, como el de Félix Ovejero, quien antes del cónclave se dedicó a desentrañar los truquillos filosóficos del Papa saliente para que los del nuevo Papa no nos pillen desprevenidos. Pero también ha habido notables patinazos. Por ejemplo el del abogado Ruiz Soroa (autor por lo general de artículos de lo más razonables), quien poco menos que viene a decirnos que, dado que nadie ha podido probar como un teorema o entre probetas que la democracia es un sistema de gobierno bastante decente, ésta está basada en mitos como la dignidad del hombre (como si la Biología y la Psicología no nos hubieran enseñado nada sobre nuestras comunes capacidades de sufrir y gozar, como si la Historia y la Ciencia Política no nos hubieran enseñado nada sobre cómo organizar una sociedad donde la vida merece la pena ser vivida). Y hace pocas horas ha vuelto a las andadas Arcadi Espada, punta de lanza del ateísmo patrio, declarándose molesto porque un físico ha dicho que 'la ciencia no podrá ofrecer nunca respuestas a las cuestiones religiosas' (no deja de sorprenderme que esto siga siendo noticioso, cuando casi me parece más noticia encontrar a un científico que defienda que la Ciencia puede dar respuesta a esas preguntas). Entiendo que Espada considere que es mejor manejarse por la vida como si no hubiera Dios (le entiendo tanto...¡que yo mismo lo hago!) pero eso no nos dice nada acerca de su existencia. Por cierto que más cerca de sacarme de mi agnosticismo ateizante estuvo Tsevanrabtan, que hace no mucho se nos declaró ignóstico (decubriéndonos de paso el término). Pero su postura tampoco me acaba de cuadrar: que haya definiciones de Dios no falsables lo que prueba precisamente es que la Ciencia, donde la falsabilidad es un criterio supremo, no tiene nada que decir al respecto...
Ya ven, he empezado con la elección del Papa y he acabado hablando de la existencia de Dios. No sabe nada la Iglesia.
jueves, 28 de febrero de 2013
Elecciones italianas (IV): posibilidades después del "tsunami"
Aunque esto de opinar sobre política (sí, amigos) no sea más que un hobby, como para otros lo son la filatelia y la colombofilia, hace tiempo que creo que sólo merece la pena hacerlo con un mínimo de seriedad: el que marca tener en cuenta verdaderamente qué ocurriría si el propio criterio se impusiera en la realidad. Creo que es un buen modo de acercarse con algo de honestidad intelectual a estos asuntos, y de obligarse a abarcar en lo posible todas las dimensiones de un determinado problema. Esta premisa puede parecer trivial por universal, pero creo que no lo es tanto, es más: sospecho que la mayoría no se la aplica ni de lejos, y tengo varias razones para creerlo, que paso a citar mientras esquivo los tomatazos. Por ejemplo, conozco de primerísima mano a alguien que se dedicó a opinar bastante tiempo saltándose en lo esencial esta premisa: yo mismo. Por otro lado, creo haber leído a suficientes sabios como para captar la particular consistencia que adquiere una opinión cuando su autor ha considerado con seriedad los diversos ángulos de aquello sobre lo que opina, y mi impresión es que la mayoría de las opiniones que circulan por ahí son de otra pasta. Y, sobre todo, creo que la mayoría se salta esta premisa porque hacerlo tiene el premio gordo de evitar una verdad de lo más incómida: que existen asuntos en los que sólo es posible un mal menor, o un compromiso imperfecto entre nuestros valores. Vivir de espaldas a esta verdad debe de resultar tan reconfortante como la fe para los religiosos; así, por poner un par de ejemplos recientes, uno puede indignarse a fondo porque un terrorista ultra haya colaborado con la policía tras su condena, obviando que quizás casos así sean el peaje que paga una sociedad que aspira a la reinserción de sus presos, o puede darse el gusto de pedir que rueden cabezas por los deshaucios que afectan a tantas familias humildes, sin considerar que quizás prohibirlos podría tener consecuencias aún más funestas para otros más humildes aún. Ya, ya sé que mi punto de vista tiene un punto arrogante, que puede ser simplemente una rebuscada excusa para el conservadurismo, o para ser indulgente con ciertas injusticias. Es posible. Pero en estos tiempos de incertidumbre, en el que problemas enormes atenazan Europa, pocas cosas me gustarían más que participar en la gran fiesta de los que nos explican a voces que serían capaces de resolverlos con su varita mágica, con un puñado de ideas simplonas pero seductoras porque son intuitivas a primera vista, una fiesta que tuvo su momento álgido en España el 15-M. Pero, ay, lamentablemente la música que suena en su guateque no me convence.
Todo esto viene a cuento del "tsunami" italiano, de la irrupción del Movimiento Cinco Estrellas de Grillo. Aunque me consta que hay motivaciones de todo tipo tras esos votos (el infantil voto de protesta, ya se sabe), muchos han votado a Grillo porque realmente creen que sus recetas son válidas, como seguramente lo creen los miembros del Movimiento Cinco Estrellas que en unos días se sentarán en el Congreso y el Senado italianos (quizás los representantes que más se parecen a sus representados). Se abrirán entonces varias posibilidades. Una es que Bersani y Berlusconi lleguen a un acuerdo de mínimos muy mínimos que deje a i grillini fuera del juego político y por ello de las responsabilidades, aunque veo difícil que Italia pudiera aguantar mucho tiempo así: en ese caso habría pronto nuevas elecciones y muy posiblemente en ellas los Cinco Estrellas se harían con el poder. Otra posibilidad es que empiecen a participar en la toma de decisiones. Y ahí será interesante ver si los muchachos del Movimiento Cinco Estrellas me dan la razón y corrigen sus propuestas más descabelladas, al descubrir que éstas sólo pueden funcionar en la particular realidad que dibuja el cómico genovés en sus monólogos. También es posible que logren imponer el grueso de su disparatada agenda más o menos intacta. Entonces creo que asistiríamos al desastre, o en el mejor de los casos a su rápido hundimiento político. Pero no descarto estar totalmente equivocado, así que también es posible que los hechos me demuestren que esas ideas que me parecían demasiado simplonas (quizás por ser intuitivas) realmente son capaces de resolver los graves problemas de Italia y de Europa. Entonces se me caerá la venda de los ojos, reconoceré que estoy equivocado y sin duda me uniré con gusto a esa fiesta cuya música nos lleva dando la tabarra desde hace tanto tiempo, la fiesta de los que saben cómo arreglar el mundo.
lunes, 18 de febrero de 2013
Despedida de Don Fabrizio
Pero hace falta algo más para que una novela logre la altura de Il Gattopardo. Hay quien sostiene que la novela de Tomasi di Lampedusa es una novela sobre la muerte, porque Don Fabrizio empieza a ser verdaderamente consciente de que su tiempo se acaba cuando constata que el mundo avanza sin su permiso y que no le deja más opciones que adaptarse a él: quizás por tratar magistralmente un tema tan universal esta obra, pese a ser relativamente reciente, es considerada un clásico. Pero yo creo que la novela encierra un tema aún más cálido, más humano y por ello aún más universal si cabe. Algo que está cifrado en la mirada que Burt Lancaster, interpretando a Don Fabrizio, dedica a Alain Delon, quien encarna al ambicioso sobrino Tancredi, de quien oímos por primera vez la frase más famosa de la novela. Una mirada por la que perdonamos a Visconti que eligiera a un yanqui para interpretar a un príncipe siciliano y que por sí sola justifica la adaptación cinematográfica, la mirada que un padre cualquiera dedicaría a su hijo aunque ese hijo no sea verdaderamente suyo (y de esto di Lampedusa, padre adoptivo, debía saber un rato), una mirada con la que el príncipe Don Fabrizio dice a su sobrino: "aquí te dejo el mundo, hijo mío, yo ya me estoy yendo de él: en tus manos queda, y es justo que así sea". Echaré de menos esa mirada del Gatopardo.
domingo, 3 de febrero de 2013
Elecciones italianas (III): Diciendo lo que algunos habrían querido escuchar a Rajoy
"...Sin embargo sentimos que con todo lo que ha pasado y está pasando es necesario algo más. Es necesario, cómo decirlo, un acto de sutura, un acto de acercamiento, un acto que rehaga las costuras civiles, un acto de paz del Estado y del Fisco hacia nuestras familias; diría un acto simbólico, pero concretísimo, que abra una página nueva, que vuelva a dar la confianza de los ciudadanos en el Estado. Que consienta, es decir, instaurar una nueva relación entre el Estado y sus ciudadanos. Algo que he escrito aquí, después de habérmelo pensado, de haber pensado en lo que es verdaderamente necesario para nuestro país, un acto que permita un nuevo inicio..."
Pero no fue así, para decepción de muchos. Estas palabras, capaces de llenar a cualquier organismo sensible de una democrática emoción regeneradora, son las que ha utilizado Berlusconi para hacer un anuncio de gran calado: que la primera medida de su gobierno sería devolver el importe del impuesto sobre la primera vivienda pagado en 2012. Un impuesto similar a otro que él mismo abolió hace años para cumplir con una promesa electoral de última hora, ocurrencia que (en opinión de muchos) le dio su última victoria electoral. Un impuesto que naturalmente Monti tuvo que reestablecer de urgencia para evitar el colapso de las deterioradas cuentas públicas italianas.
"...vuestros aplausos, vuestra standing ovation, demuestran que habéis entendido bien..."
Claro, don Berlusconi. Hace tiempo que le entiendo perfectamente. Pero yo escribo con un pie aquí y otro en España, y no puedo evitar preguntarme si quienes echaron de menos afirmaciones tan campanudas como las suyas ayer, en la comparecencia de nuestro gris presidente del Gobierno, saben realmente lo que desean.
sábado, 2 de febrero de 2013
Desafiando mi infalibilidad con Rajoy
Dos días después, intolerablemente tarde para los que creen que los gobiernos deberían actuar siguiendo los trending topics, habló Rajoy sobre los presuntos sobres de Bárcenas. El asunto es bien conocido: El País había publicado unos supuestos documentos del ex-tesorero del PP, de los que se deducía que el partido había recibido sumas de dinero de diversas fuentes, que en la mayoría de los casos supondrían financiación ilegal, y lo que es igualmente grave: que ese dinero había sido distribuido en forma de sobres (de dinero negro) a varios dirigentes del partido, incluido el propio Rajoy.
Pues bien, hoy Rajoy ha dicho que todo esto es falso. Por supuesto, la palabra de Rajoy no basta, pero no había mucho más que el presidente del gobierno pudiera decir. Personalmente yo no sé qué creer, la verdad. Por un lado, no me fío ni un pelo de un partido cuyo tesorero, una figura que no es precisamente la del conserje, estuvo mandando centenares de miles de euros a una cuenta secreta en Suiza durante muchos años. Y es difícil imaginarse a alguien inventándose una contabilidad falsa del Partido Popular. Pero por otro lado Rajoy me ha parecido convencido de sus afirmaciones (creo que hoy ha batido su récord negativo de tics por minuto en una comparecencia). Y hay algo en lo que estoy de acuerdo con él: todo está por probar. Ha anunciado medidas y ha concretado sólo unas pocas, como la de mostrar sus declaraciones de la renta, que por sí solas no sirven para demostrar si recibió pasta en negro (por definición), pero que complementadas con su declaración de patrimonio algo de información darán. Parece que ya ha habido una auditoría interna, pero esto me parece insuficiente: este asunto sólo podrá aclararse a través de una investigación judicial, que apuesto a que se abrirá en breve (lo contrario me parecería muy grave). En ella presumiblemente participarán unos tíos especializados en delitos financieros, que seguramente saben cómo detectar los movimientos de dinero negro mucho mejor que todos los que estamos opinando desaforadamente sobre este tema, y que se dedicarán a analizar la veracidad de los documentos que publicó El País. Sólo cuando sepamos si esos documentos son verdaderos podremos saber si el Partido Popular ha delinquido y pedir dimisiones y demás, porque para mí está claro que de ser cierto todo esto el presidente debería dimitir y convocar elecciones. Hasta entonces, como ocurre en los países civilizados, habrá que respetar la presunción de inocencia y la acción de la Justicia. Que es lo que seguramente haremos la mayoría porque, en contra de lo que podamos creer, el Pueblo no es Twitter.
miércoles, 16 de enero de 2013
Elecciones italianas (II): "Berlusconi show"
Se me van los días y no comento el momento preelectoral de la semana pasada, y es imperdonable porque bien podría ser El Momento Preelectoral. Vean las imágenes las veces que haga falta. El núcleo de lo que ocurre está en el momento en el que el ex-primer ministro Bersluconi limpia la silla en la que estaba sentado un periodista, Marco Travaglio. Creo que no ha habido líder en Occidente en las últimas décadas capaz de dar un espectáculo tan bochornoso: la anomalía berlusconiana está sintetizada en la sonrisa gamberra que esboza mientras hace uso del fazzoletto.
Pero merece la pena abrir el encuadre y fijarse en el resto de participantes de la bufonada. Berlusconi nos ofreció este impagable momento en el programa de Santoro, un periodista al que se dice que largaron de Rai 3 por ser demasiado crítico con Berlusconi (Italia tiene un curioso sistema para evitar la manipulación de las cadenas públicas de televisión, que es repartirlas entre los partidos: así cada canal tiene su sesgo y todos contentos). Tiempo después, Santoro montó un programa online que bautizó con gran modestia Servizio Pubblico, uno de esos programas de género política-espectáculo que tanto abundan en Italia, donde retomó sus temas predilectos. De hecho, la participación de Berlusconi en esta edición se publicitó como una especie de duelo al sol y, quizás porque Santoro sabía que no le estaba yendo bien, el vídeo recoge cómo pierde los papeles en su interambio de reproches con Berlusconi, que se encarga de devolvérselos sin perder la sonrisa: pocas armas dialécticas hay más desquiciantes que esa. Sorpresas te da la vida: el hombre que montó Mediaset, el hombre al que debemos las mamachicho, supo desenvolverse en una contienda televisiva mejor que su anfitrión. La audiencia, por cierto, rozó máximos históricos.
Y luego está Marco Travaglio, el tercer participante en la bufonada, colaborador fijo de Servizio Pubblico y amigo de Santoro. Es un personaje paradójico. Siendo como es discípulo de Montanelli, uno se esperaría de él que fuera una rareza como su mentor, que al ser liberal y ateo en Italia parecía venido de Raticulín. Y raro es, pero de raro resulta incomprensible. Fundador de un periódico con pretensiones factuales, Travaglio lo mismo elogia a la Merkel que hace guiños a Beppe Grillo, un tipo que dice liderar un movimiento antipolítico cuyos principios valdrían tanto al 15M como a los jóvenes fachas que frecuentan la Casa Pound, pasando por el asombroso Partido X. Por eso no puedo evitar encontrar siempre un fondo frívolo e irresponsable en sus agudos monólogos contra el establishment político; monólogos con los que, por cierto, Travaglio ha recorrido los teatros italianos: de nuevo, la política como espectáculo. Quizás ahí esté la diferencia esencial con su maestro.
Por lo demás, acaso por efecto del ruido que ha hecho la actuación de Berlusconi en Servizio Pubblico, se dice que Bersani y Monti están desaparecidos, demasiado silenciosos. A lo mejor sólo están intentando hacer algo inaudito en la Italia de los últimos años: no dar el espectáculo.
martes, 8 de enero de 2013
Elecciones italianas (I): incógnitas despejadas
Con el acuerdo entre el Popolo della Libertà de Berlusconi y la Lega Nord para presentar listas conjuntas en las próximas elecciones generales italianas, apenas quedan incógnitas serias por resolver. PdL y Lega son como esa pareja que anda juntándose y separándose periódicamente y que con la crisis ha decido que les conviene aguantarse mutuamente, aunque sea para compartir gastos. El problema, claro, es que por el camino todos hemos cambiado, y la Lega es ahora un partido liderado por un señor pulcro y educado, Maroni, cuyos sueños de una Padania libre y civilizada emocionarían hasta a Artur Mas, mientras que Berlusconi ha pasado demasiados meses living la vida loca como para seguir siendo ese yerno encantador que todas las suegras italianas querrían tener. Quedan aún flecos menores por resolver en esta alianza, como el reparto de puestos en las listas, pero a buen seguro va a deparar momentos interesantes.
Otro que despejó la incógnita sobre su futuro político hace no mucho fue Monti. Al final se decidió por apoyar una lista cívica y parece que la decisión ha sido acogida con cierta frialdad. La culpa no es tanto de Monti; el problema es que un partido político no se monta de la noche a la mañana, por lo que il professore ha tenido que echar mano de los dos políticos profesionales que más se le parecían: Fini y Casini, dos tipos cuyos armarios más bien parecen osarios. Su alianza con estos dos clásicos de la política italiana ha dañado su imagen de figura por encima de las trifulcas políticas. Pero aún así el conjunto resultante es un partido de centro derecha de lo más aceptable, a una distancia sideral de lo que representan PdL y Lega. Haciendo las sumas y restas, la decisión de Monti me parece una buena noticia y, aquí va mi primera apuesta: creo que tendrá un resultado electoral mucho mejor que Berlusconi y sus aliados.
En casa del Partito Democratico no ha habido grandes sobresaltos. Todos les dan como ganadores, es más: basta ver la sonrisa beatífica que luce Pierluigi Bersani en los carteles electorales para darse cuenta de que el primero en verse ganador es él mismo. La verdad es que las cosas le han salido a pedir de boca, desde que ganara las primarias a Renzi (quien, por cierto, se está comportando de un modo ejemplar), el único acontecimiento reciente que le ha pillado algo a contrapié ha sido la decisión de Monti. Pero yo creo que Bersani ha echado sus cuentas y sabe que en el fondo es un movimiento que le beneficia. Y aquí va mi segunda apuesta, que es fuerte y en dos tiempos: ganará las elecciones el PD y Bersani será primer ministro unos cuantos años. Y lo será incluso si su aliado, el díscolo Vendola, cumple con el ritual periódico de la izquierda italiana más izquierdosa y decide retirar su apoyo al futuro gobierno progresista porque no sabe a qué huelen las nubes. Si puedo, me explicaré en otra ocasión.
Y luego están los demás que, como es sabido, en Italia son muchos. Está Di Pietro, que se quedó colgado por no sé muy bien qué motivo y que muy mal debe ver la cosa cuando ha decidido unirse a una lista liderada por otro ex-magistrado para intentar entrar en el parlamento. Está Beppe Grillo, cuyo Movimento Cinque Stelle es un anticipo de lo que podría ser el 15-M en España si se organizase como partido político y se hiciera con un líder carismático (al que no tardarían en equiparar a Jesucristo). Y quedan algunos personajes por ahí sueltos, como La Russa, el mefistotélico ex-ministro ex-fascita. Sobre todos ellos, si puedo, intentaré escribir aquí estas semanas.
domingo, 30 de diciembre de 2012
Columnistas y peluqueros
Ha sido éste un año de cambios trascendentales. Por ejemplo, mi cambio de peluquero. El actual se llama Rocco, y me fío de su talento desde que vi con qué salero combinaba su zidanesca alopecia con unas greñitas y un cuidado ciuffo (léase chufo: flequillo-una de esas palabras de las que prefiero la versión italiana). No hablo de él sólo porque me apetecía dejar por escrito esta descripción, que también, sino porque ayer fui a verle y, entre unas cosas y otras, agotados ya los temas de conversación habituales (fútbol, mujeres, arsenales nucleares), acabamos hablando de política, y en ese contexto Rocco me expresó sus sinceros deseos de que este 2013 una plaga se lleve por delante a la clase política y, de paso, al actual gobierno, empezando por Monti. Bravuconadas como estas han sido siempre habituales, aunque me queda la duda de si últimamente lo son más: en cualquier caso la encajé como la encaja cualquier persona normal, consciente de que al peluquero uno va a que le recorten el ciuffo y no a intercambiar impresiones sobre cómo regenerar la democracia. Lo raro sería que un peluquero se expresara como un sesudo columnista, pero lo que empieza a ser menos raro es que los sesudos columnistas se expresen como un peluquero. Si la crisis está siendo dura con varios colectivos, con los columnistas está siendo sencillamente devastadora. Así, ha sido una experiencia habitual este 2012 encontrarse con columnistas que uno tenía por finos e inteligentes descolgarse con textos faltos de la más elemental ponderación, que en el mejor de los casos denotan simplismo, y en el peor una alarmante deshonestidad intelectual. Habrá que ser indulgentes: estar obligado a opinar de todo y regularmente, especialmente en la desconcertante coyuntura actual, debe ser difícil. Pero mucho me temo que, de seguir así, acabaremos prestando menos atención a nuestros columnistas que a nuestros peluqueros. Si es que no lo hacemos ya.




